Las siete vidas de los libros

Las siete vidas de los libros

Que también los libros tienen siete vidas, se comprueba a diario en cualquiera de los muchos mercadillos en los que antes o después desemboca la vida. Junto a objetos a los que los nuevos tiempos privaron de utilidad, cuadros de pintores ignorados por el éxito, muebles en espera de otra sensibilidad acorde con su viejo estilo o restos cinematográficos de películas que solo perduran en la memoria de cinéfilos sesudos, miles de libros aspiran cada semana a estrenar otra vida y unos nuevos dueños, que acaso les prodiguen mimos y atenciones semejantes a las conocidas con anterioridad, o acaso los maltraten sin consideración, o los pongan otra vez a la venta en una rueda que parezca no tener fin. Volúmenes que eran joyas preciadas entre las manos de sus expertos dueños, que durante años poblaron soberbias librerías de nobles maderas y acaso fueron el argumento de autoridad con el que el fiel de una discusión cambió de bando, hoy pueden compartir sus días en cajas de plástico rígido con ejemplares nacidos por millones, pero también con otros muchos en los que no reparó apenas nadie, pese a haber sido a menudo depósito de mucho trabajo, esfuerzo y ambición.

Los libros que hoy nos rodean, esos que forman parte de nuestras vidas y sin los cuales nos sentiríamos poco menos que amputados, también acabarán un día u otro en estos depósitos sin honor, y es probable que un lector futuro se acerque hasta ellos, husmee sus páginas, adivine una dedicatoria, se sonría por la ingenuidad y piense solo un segundo en las vidas que se ocultan en él. Entonces, alguien que acaso lo persiguió sin éxito durante años lo encuentre al fin expuesto al sol y a la lluvia y tal vez se sienta por un segundo conmovido. Lo mismo que existen curiosos que un día se dejan caer por esos mercadillos y llevados por el azar deciden adquirir un libro, los hay también dotados de una perseverancia incansable rayana con lo enfermizo. Qué, si no, es levantarse un domingo a las seis o las siete de la mañana, cruzar una gran ciudad, sobrellevar el frío insoportable, la lluvia impertinente o un sol falto de compasión y ponerse a rebuscar en un muladar de papel viejo con la ilusión, vana tantas veces, de que la tarea se vea recompensada con un hallazgo mínimamente valioso capaz de hacer olvidar todo padecimiento. Esa es la “única disciplina que es capaz de sacarme de la cama, del cansancio, del desaliento, como a un niño chico lo pone en pie la aurora y sus regalos”, escribe José Carlos Cataño al inicio de un volumen, De rastros y encantes (Universidad de Sevilla), que es el diario de un cazador de libros, de un aventurero urbano que agarra el cedazo con la confianza de que la corriente turbia deposité en él una pepita de oro.

Primeras ediciones

Novelista y poeta, Cataño había publicado ya una entrega de sus diarios, Los que cruzan el mar, 1974-2004, y ahora ha dado forma de libro de papel al recuento específico de sus pesquisas bibliográficas, adelantadas ya en los mundos electrónicos de Internet. Cataño, un canario (La Laguna, 1954) afincado desde largo tiempo en Barcelona y uno de esos selectos buscadores de oro que desdeñan la ganga de sus contemporáneos y a los que está reservado el encuentro con una primera edición de Lorca o de Juan Ramón Jiménez, va relatando el fruto de sus pesquisas por el mercado dominical de libros de Sant Antoni o por Los Encantes, sin que falten tampoco las incursiones por los rastros de ciudades como Madrid, Las Palmas, París, Trieste o Estocolmo, entre otras. Es un diario de búsquedas y hallazgos, de emociones y decepciones, pero no de lecturas. A veces se diría que, antes que la frecuentación de sus páginas, que el deleite de las palabras, importa más la sorpresa, el descubrimiento de una gema, el botín sabroso que se echa al morral. Sería, sin duda, una impresión falsa, pero el lector se encuentra en ocasiones con el deseo de saber algo más de los títulos que se repescan de las bateas, de adentrarse en las vidas de esos otros que, junto a Cataño, compran o venden en Sant Antoni o en Els Encants o pululan por los bares en los que el autor aguarda a que la mercancía esté lista para la venta o busca descanso al término de la recolección.

Como nunca la mochila vuelve de vacío, sino las más de las veces repleta de lecturas gustosas, el lector adivina una casa convertida en un templo del papel, algo que el propio autor terminará admitiendo llegado el momento, y no una casa, sino dos: “Tengo ya más libros por los suelos que en los estantes. En la casa del Carmelo crecen apoyándose en las paredes. En la casa de la Plaza, en las dos buhardas, forman laberintos. Avanzan por los pasillos, trepan, se asoman a los cuartos de baño y sin pedir permiso ocupan sitio”. Y no en vano tal acumulación termina por ser causa de cierta preocupación: “A veces, desde la cama, causa pavor contemplar uno cualquiera de los flancos de la habitación, como si el momento del desplome fuese inminente y nos condujera al sueño eterno sin darnos cuenta”. Ante una acumulación que raya en lo temerario, Cataño confiesa no dejar de recurrir a fórmulas que le permiten desprenderse de algunos de esos ejemplares, como dejarlos en bolsas en la esquina de su calle o, “con cierta timidez”, en los bares, sin que falte tampoco la solución de arrojarlos sin remilgos a la basura. Todo ello bajo el principio invocado de que nada que no sea necesario franquee el umbral de su casa.

Cabe sospechar que, igual que aparecen hoy en esos mercadillos las sobras de las estanterías de algún premio Cervantes o las bibliotecas enteras que pertenecieron a ilustres escritores ya desaparecidos, los libros que turban el sueño de José Carlos Cataño volverán otra vez a Sant Antoni o a Els Encants en busca de una nueva vida. Y quizá nos guste soñar con una primera edición de Lorca o de Juan Ramón en nuestras manos.

Publicado en Escuela nº 3.933 (16 febrero 2012)

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