Cine grande

Chico y Rita

Una película no empieza a existir de verdad cuando alguien escribe el guión. Ni cuando un productor se deja convencer para financiarla. Y ni siquiera cuando el director da por concluido el montaje de lo que ha rodado. Una película comienza su andadura de verdad cuando se estrena en una sala. Aunque los primeros pasos de la comercialización de un filme se asemejen hoy cada vez más a una electrizante prueba de velocidad necesitada de plusmarca, y su vida llegue a ser una larguísima carrera de fondo, el cine sigue naciendo con la voluntad de mostrarse en una gran pantalla. Pero, por considerable que sea su éxito, una película no permanecerá en las carteleras más allá de unos pocos meses, y si bien a partir de ese momento emprenderá una nueva vida por todo tipo de medios y soportes conocidos o por inventar, pocas veces volverá a proyectarse en una sala de cine.

En vísperas de poder recibir el espaldarazo del mayor galardón del género, Chico y Rita únicamente puede verse hoy en una ciudad como Madrid en cuatro sesiones de otras tantas salas de cine. Al estreno hace un año de la película de Fernando Trueba y Javier Mariscal lo precedió un enorme despliegue promocional, del que también formaba parte su pase previo por varios festivales internacionales. Una omnipresencia tan apabullante cabe temer a veces que sirva para enmascarar alguna debilidad, alguna deficiencia. En poco tiempo el estruendo publicitario cesó y dio la impresión de que ese silencio sobrevenido servía de valoración final de la película. Arrollada por otros estrenos que reclamaban paso, desapareció de los cines, y con ese desvanecimiento languideció también el deseo inicial de contemplarla. Su pase meses después en la programación de una institución cultural con vocación iberoamericana le permitió a uno recuperarla y rendirse para siempre ante el prodigio urdido por estos dos magos que, por fortuna, no se arredraron ante la locura de  hacer una cinta de animación que durante seis años requirió un presupuesto de diez millones de euros, unidades de producción en Filipinas, Hungría, Letonia, Brasil, Madrid y Barcelona o la realización de 144.000 dibujos, “que hubo que ejecutar al menos cinco veces”.

Bebo Valdés

En los primeros minutos de Calle 54, la cinta que estrenó en el año 2000, Fernando Trueba confiesa que lo que realmente consiguió un amigo suyo al regalarle a principios de los 80 un disco de Paquito d´Rivera fue, además de hacerle un adicto al jazz, complicarle la vida. De la frecuentación devota de ese hábito, Trueba ha dejado asimismo su impronta en una docena de discos como productor musical. Y sobre todo ha sido el gran artífice de la impagable recuperación de Bebo Valdés, olvidado durante demasiados años en algún hotel del frío Estocolmo. Junto a Tito Puente, Michel Camilo, Cachao o el mismo Paquito d´Rivera, el pianista cubano fue uno de los elegidos por Trueba para comparecer en ese repertorio del jazz latino que es Calle 54, y quien, junto a Diego ‘El Cigala’, logró romper todas las barreras imaginables con Lágrimas negras. Y es, sobre todo, el gran homenajeado en Chico y Rita, en el que sus autores han tomado del Bebo de hoy su caracterización y aun sus maneras para crear al anciano protagonista de esta historia de encuentros y desencuentros al que en su vejez nostálgica le llega el momento de cumplir su sueño.

Quien haya visto la película no habrá podido sino asombrarse ante el talento de ese lúdico dibujante que es Javier Mariscal, que aquí despliega, plano tras plano, la enorme potencia de su trazo, tan personal. Los paisajes urbanos de La Habana, Nueva York o París y  el esfuerzo de documentación y detallismo que hay detrás maravillan y fascinan, y contribuyen junto a la música a hacer de Chico y Rita un fime memorable. No ha tenido una trayectoria de la que hayan estado precisamente ausentes los premios. Aquí se alzó con el Goya a la mejor película de animación, y cada poco añade un nuevo galardón a su trayectoria. El Óscar puede coronar el domingo 26 este ambicioso trabajo y devolverlo a las salas de cine, para que lo contemplemos otra vez en todo su esplendor. Chico y Rita, que puede leerse en su versión de cómic y contemplarse en formato digital, reclama, como todas las películas, y más aún las grandes, una enorme pantalla desde la que recordar su inequívoca condición de gran cine.

Publicado en Escuela 3.934 (23 febrero 2012)

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