Un viaje de invierno

Paul Auster

Paul Auster forma parte de ese grupo de escritores de cierta edad reñidos con las nuevas tecnologías. No hace uso de Internet, ni del correo electrónico y mucho menos de las redes sociales. En La historia de mi máquina de escribir, un librito aparecido en 2002, cuenta cómo en algún momento tuvo la tentación de comprarse un ordenador y cómo desistió de ello ante los relatos terroríficos que le advertían sobre la manera en que uno de esos aparatos diabólicos podía borrar de improviso el laborioso trabajo de muchas horas. Mientras sus amigos sucumbían a las multinacionales de la informática, él se mantenía fiel a una máquina de escribir de segunda mano que adquirió a su regreso a Nueva York en 1974, después de una estancia de tres años en Francia. Varias décadas después de esa fecha y previendo que las nuevas tecnologías terminarían un día u otro por arrumbar su vieja Olympia portátil fabricada en Alemania occidental, hizo acopio de cintas que le permitieran seguir escribiendo al viejo modo durante bastante más que una larga temporada. A día de hoy sigue sin utilizar el ordenador, pero Diario de invierno, su más reciente libro, no está escrito en esa Olympia tan retratado por el pintor Sam Messer, sino con una pluma estilográfica negra, según confiesa en una de las páginas mientras mira cómo su mano va dando forma a las palabras y piensa en John Keats en el momento de componer uno de sus últimos poemas.

Todo el libro está atravesado por una demorada sensación de despedida. Cuando termina de componerlo, Auster ha cumplido ya los 64 años y sabe que empieza a adentrarse en la etapa final de la vida. “Habla ya antes de que sea demasiado tarde”, anota en las primeras líneas, “y confía luego en seguir hablando hasta que ya no haya más que decir”. A pesar de su título, Diario de invierno no es propiamente un diario. No es un relato al día y más o menos pormenorizado de sus vivencias, de sus impresiones sobre esto o aquello. No es tampoco un libro de memorias. Es más bien un libro de recuerdos, un repaso cronológicamente desordenado a algunos momentos de su vida que giran sobre un eje central que no es sino su propio cuerpo. Un catálogo de datos corporales, una fenomenología de la respiración, en definición suya.

Sin pudor, ni reservas

Más allá de referencias vitales esparcidas por algunas de sus novelas, Paul Auster había escrito ya varias narraciones de tinte autobiográfico. En A salto de mata habló de sus inicios en la literatura, y en La invención de la soledad, nacida a raíz de la muerte del padre, indagaba, entre otras cosas, en un asesinato ocurrido muchos años atrás en el seno de su familia. Ahora, en Diario de invierno, hace arqueo de los más personales recuerdos y, sin pudor ni reservas, los pone al alcance del lector. Mientras Brooklyn se sumerge en el nevado paisaje del invierno neoyorquino, Auster hace recuento de las cicatrices dejadas en su cuerpo, de los accidentes sufridos, de los pasajes más o menos honorables de su sexualidad, del inventario de las muchas casas que ha habitado y cuyo recuerdo le ayuda a recuperar momentos importantes, como sus dos matrimonios o el nacimiento de sus dos hijos. Un lector asiduo suyo reconocerá algunas historias. Por ejemplo, la que se relataba en El cuaderno rojo sobre cómo el azar hizo que fuera el compañero que un tormentoso día de excursión juvenil lo precedía en la tarea de pasar bajo una alambrada el que cayera fulminado por la acción de un rayo, y no él. Aquel recuerdo imborrable lo aborda ahora con mayor hondura. Y si la muerte del padre servía para poner en marcha La invención de la soledad, la de la madre tendrá un tratamiento destacado en Diario de invierno. Ante esa desaparición, el autor admite su absoluta incapacidad emocional para traducirla en lágrimas, en aullidos de angustia o simplemente en dolor. “Solo una vaga sensación de horror creciendo en tu interior”, que marcará el inicio de sus ataques de pánico.

No cuesta identificar la imagen de un escritor con la de alguien que pasa muchas horas de su vida en torno a una mesa de trabajo en la que siempre hay útiles con los que escribir. Cuando piensa en sí mismo, Paul Auster no se ve escribiendo, ni siquiera leyendo. Curiosamente, se recuerda como un hombre que camina y que se ha pasado la vida andando por las calles de la ciudad. Alguien que considera que todos somos extraños para nosotros mismos y que si tenemos alguna sensación de quiénes somos “es solo porque vivimos dentro de la mirada de los demás”. Auster, para quien el antes y el ahora son en esencia lo mismo, dice no echar de menos los viejos tiempos. Aun así, sí hay ciertas cosas que admite añorar: el timbre de los teléfonos antiguos, la leche en botellas de cristal, los discos de vinilo, el repiqueteo de las máquinas de escribir…

Recordando la frase del moralista francés Joseph Joubert, se muestra convencido de que el fin de la vida es amargo. En las líneas finales de Diario de invierno se retrata frente a la ventana, descalzo sobre el suelo frío, en un día grisáceo, sin sol. Tiene 64 años y se hace la pregunta inevitable al adentrarse en el invierno de la vida: ¿Cuántas mañanas quedan? Al término del Viaje de invierno de Schubert, el caminante le inquiere al organillero si cuando cante su canción le acompañará con el instrumento. Como en la pregunta que se hace Auster, tampoco aquí hay respuesta.

Publicado en Escuela nº 3.935 (1 marzo 2012)

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