La piel del libro

La piel del libro

Tan difícil resulta atribuir esa segunda juventud de los discos de vinilo solo a las generosas dimensiones de unas carátulas que a veces esconden pequeñas obras de arte, como cifrar la pervivencia futura del libro de papel en la bondad de una cubierta o en el esmerado diseño del objeto. La portada de un libro, o de un disco, contiene en sí misma la capacidad de atraer o repeler, de seducirnos o provocarnos rechazo o indiferencia. Si bien hay ya unos cuantos volúmenes que recopilan las de discos, escasean sin embargo los que reúnen cubiertas de libros. En un volumen reciente, un crítico literario, Ignacio Echevarría, ha recogido un centenar de títulos al abrigo de su papel esencial en el ancho panorama de la literatura en español de la segunda mitad del siglo XX. El volumen, que se inicia con La vida breve (1950), de Onetti; La muerte y la brújula (1951), de Borges, y La colmena (1951), de Cela, concluye con libros recentísimos como Missing (2009), de Alberto Fuguet; Cuentos de los 90 (2011), de Luis Magrinya, o Familias como la mía (2011), de Francisco Ferrer Lerín. ¿Son las mejores narraciones? ¿Son las obras más significativas de sus respectivos autores? Antes de que aparezca la tentación de cuestionar la condición central de tal o cual título, el autor, apresurándose a introducir matices que alejen la sospecha de un canon personal –y aun casi de un canon cualquiera-, se encarga de rebajar toda expectativa demasiado elevada. Algo que siempre puede terminar derivando en una atribución excesiva de responsabilidades.

En unas pocas líneas, Echevarría analiza el libro escogido y trata de enmarcarlo sucintamente en la producción de su autor. Esas pinceladas que nos recuerdan que algunos de los mejores cuentos de Borges se adelantaron 20 años al arranque de una fama internacional que empezó a alcanzarlo en los años 60, o que únicamente la rutina es capaz de negarle a Cela su condición de gran novelista, van acompañadas de las portadas, de la primera piel, con la que estos cien libros más o menos esenciales comparecieron ante sus lectores. No conviene olvidar que este canon –y eso termina siendo de una manera u otra, lo quiera o no Echevarría- atiende solo a bondades de naturaleza literaria. Pero, sin pretenderlo, el libro termina siendo también un repaso por el diseño editorial hispanoamericano. Lo que tampoco tiene por qué significar necesariamente el mejor diseño editorial hispanoamericano.

La plaga

Ese centenar de portadas, en donde hay un poco de todo, bueno y malo, ilustra muy bien el avance de la tecnología en el mundo de la imprenta, y en especial el tránsito hacia las bibliotecas ‘con brillo’. Andrés Trapiello, que conoce de primera mano el arte de la tipografía, asegura que el brillo en los libros ha sido la última de las plagas que ha sufrido este objeto casi perfecto, y compara esos barnices que plastifican las cubiertas y que les confiere una mayor protección a materiales ya bajo sospecha como el nailon o los platos de duralex. Él, que está convencido de que las facilidades técnicas lo único que han logrado ha sido propalar la fealdad tipográfica, establece la llegada de esa ‘plaga’ en torno a 1950, la fecha en la que casualmente arranca la selección de Ignacio Echevarría. Por más que las reproducciones puedan mover a engaño, no cabe duda de que los primeros títulos, esos de Onetti, Borges, Cela, Arreola o Rulfo, pertenecen todavía al mundo de los libros sin brillo, un mundo que, para bien o para mal, ha sido arrasado casi por completo y que tiene en el propio Trapiello a uno de los más conspicuos supervivientes. Poeta, novelista y ensayista, Trapiello es también editor, y al cuidado de editoriales como Los libros de la ventura, primero; de Trieste, después, y de La veleta aún hoy, ha hecho libros que, carentes de brillo, emparentaban con los que hicieron otros escritores atraídos igualmente por el olor a tinta de las viejas imprentas, como Juan Ramón Jiménez o Manuel Altolaguirre. Trapiello ha pasado muchas horas entre tipos de plomo, minervas y chibaletes, y todo ese saber lo ha dejado plasmado en un libro, Imprenta moderna, que sigue constituyendo una lectura imprescindible para quien tenga interés por la edición de libros, al menos de los que se han hecho por estos lares desde 1874. Además de un enorme caudal de saber tipográfico, Imprenta moderna es el espacio en el que convergen el poeta, el articulista, el novelista, el ensayista, el editor y el tipógrafo. Pero, sobre todo, el bibliófilo que rebusca incansablemente en rastros y almonedas, como sobradamente saben los muchos lectores de sus diarios, a los que no deja de sorprender que pueda haber todavía algún libro codiciado que no esté ya en su biblioteca sin brillo. Imprenta moderna es, pues, un amplio repertorio de libros seleccionados, esta vez, sí, por sus bondades tipográficas, que en buena medida van parejas a las literarias.

Aunque el estudio abarca hasta 2005, Trapiello muestra un menor interés por la edición actual, en parte porque se siente implicado en el proceso y en parte porque añora otros tiempos y otros modos de hacer. Donde su capacidad de emoción empieza a dar muestras de debilitamiento, en ese preciso momento en el que el barniz y el brillo empiezan a apoderarse de portadas y camisas, la selección de Ignacio Echevarría toma el relevo. Puede que entre ambos no haya mucha más coincidencia que el grafismo de Ricard Giralt Miracle. Pero los dos volúmenes, a falta de uno solo que cubra con decisión el empeño, ofrecen un festín para quien ama los libros no solo por su contenido, sino también por su acabado físico. Hay quien asegura que el libro de papel no desaparecerá arrollado por el digital. Que ambos convivirán. Pero con lo que de momento no puede competir el electrónico es con una portada bien ejecutada y con un interior bien diseñado. Como dice Trapiello, todo el misterio radica en un libro bien hecho para un libro bien escrito sobre un asunto bien traído. Visto así no parece tan difícil.

Publicado en Escuela nº 3.936  (8 marzo 2012)

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