Bienvenidos al infierno

Fotografía de Gervasio Sánchez

 

Si no se es vecino del barrio, no se ha tenido buen cuidado en anotar el número exacto de la calle y es la primera vez que se busca, hay muchas posibilidades de que uno se extravíe y trate de dar inútilmente con algo parecido a una exposición en lo que parece un viejo seminario sin vocaciones, un hospicio abandonado a su suerte o quizá un instituto de segunda enseñanza cuya mera existencia hubiese caído en el olvido. Durante un rato, el visitante que busca las fotografías aguerridas de Gervasio Sánchez deambula perdido por enormes espacios destartalados que conducen a pasillos con puertas despintadas, tras las que se almacenan decenas de ordenadores desfasados, y a más pasillos que llevan a sótanos lúgubres que parecen no ir a sitio alguno. En un momento dado, cuando alguien se decide a hacer la pregunta imprescindible,  la información deshace la niebla del equívoco. No, no hay que buscar la muestra antológica del Premio Nacional de Fotografía 2009 en estas dependencias, convertidas hoy en centro sociocultural autogestionado, sino treinta metros más arriba, en el mismo edificio dieciochesco que fue fábrica de tabaco, pero bajo los gallardetes y pendones que anuncian la proximidad de lo oficial.

Hay obras de arte que lucen admirablemente en impolutas salas de exposiciones, en viejas iglesias desamortizadas, en selectos palacetes que son sinónimo de lujo y poder. Las fotografías que Gervasio Sánchez ha ido tomando a lo largo de casi treinta años por los lugares más desgraciados del planeta no podrían encontrar un espacio más idóneo que estas estancias desvencijadas, inhóspitas, frías y destartaladas. Estas imágenes que ponen ante nuestros ojos el espanto de la guerra, la barbarie siempre al acecho, que retratan tantas vidas doloridas, truncadas o desaparecidas, en pocos sitios podrían mostrarse con mayor convicción que bajo esta polvorienta arquitectura industrial que parece el escenario ruinoso en el que Sánchez tomó sus fotografías durante la guerra de los Balcanes. Imágenes que, en blanco y negro o en color, reflejan edificios corroídos por los proyectiles; hospitales precarios en los que alguien aúlla de dolor o intenta aferrarse a una vida que se desvanece; quizá esa Biblioteca Nacional de Sarajevo que una bomba incendiaria dejó en agosto de 1992 reducida a escombros y en cuyas estanterías los libros convertidos en ceniza se desmoronaban para siempre al contacto con la mano.

Pisar cadáveres

La imagen de ese espacio del saber y el conocimiento sobre cuyos restos se abre paso un haz de luz, y que en nuestra escandalizada comodidad occidental es el símbolo preclaro de la barbarie que vence sobre el diálogo y la razón, palidece ante otras en las que se refleja a alguien capaz de acuchillar a un fallecido, se recomponen los restos óseos de un ser humano asesinado o se entierran en fosas comunes los muertos de una masacre.  A lo largo de todos estos años Gervasio Sánchez ha ido construyendo un catálogo del mal que incluye casi cualquier ejemplo de perversidad humana. El Salvador, Guatemala, Panamá, Perú, los Balcanes, Ruanda, Sierra Leona o Sudán son algunos de los jalones en la trayectoria de este curtido fotoperiodista que no tiene reparo en confesar que su mayor sufrimiento, su particular corazón de las tinieblas, lo vivió en Goma durante el genocidio ruandés del verano de 1994. “Literalmente tuvimos que pisar cadáveres para poder movernos”, asegura.

En una fotografía suya sobre el cerco de Sarajevo que no recuerdo haber visto en el deambular por estos espacios olvidados, un hombre atemorizado camina deprisa pegado a un muro en el que, al lado de unas tibias cruzadas y una calavera, alguien ha escrito en inglés ‘Bienvenido al infierno’. Gervasio  Sánchez ha visitado muchos infiernos para poder contarnos que existen y enseñarnos los documentos gráficos que lo atestiguan. El relato de otros que, como él, también viajaron hasta la esencia del mal ha quedado inconcluso, interrumpido. En una placa colocada al inicio de la muestra y a la que casi nadie presta atención, de tan discreta, el autor no ha olviddoa dedicar esta antológica de su trabajo a gente como Juantxu Rodríguez, Jordi Pujol, Luis Valtueña, Miguel Gil, Julio Fuente, José Couso, Julio Anguita Parrado o Ricardo Ortega, asesinados mientras ejercían un periodismo de alto riesgo.

Aunque muchas parezcan crónicas o se metamorfoseen, las guerras también llegan un día a su fin, y la normalidad –o lo que pueda parecerse a ella- vuelve a enseñorearse de la vida. Gervasio Sánchez ha regresado a los sitios del horror y ha fotografiado a algunos de los protagonistas de sus imágenes en los mismos escenarios que en otro tiempo quedaron signados por la metralla, o ha querido ver en sus rostros la huella del dolor dejada por una mina antipersona, fabricada tal vez por una respetable empresa de un respetado país europeo. A simple vista parece imposible detectar qué queda en ellos de aquel espanto. Sin mucho esfuerzo, podemos adivinar el cúmulo de penalidades y sufrimientos que se esconden detrás de esas vidas de las que no tenemos más noticia cuando pasamos distraídamente las páginas de un periódico, vemos las imágenes de un telediario sin prestarles atención o contemplamos en una exposición unas fotografías que por unas horas logran remover nuestra conciencia y se resisten a desvanecerse de la memoria una vez dejamos atrás las estancias inhóspitas y frías de una antigua fábrica de cigarros y salimos a la calle.

Publicado en Escuela nº 3.937 (15 marzo 2012)

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