Una revista y un gato negro

Portada de 'Libre'

 

El correo postal casi nunca funciona como debiera, pero no siempre se le puede culpar de que haya revistas que demoren cuarenta años su encuentro con el lector. Desde que salieron de la imprenta, estas que ahora tengo a mano llevan más de veinte rodando por el mundo y recorriendo el camino que va de las librerías de novedades a los almacenes, y de los almacenes a las librerías de saldos. Durante todo este tiempo el retractilado que acompaña a su encuadernación las ha preservado del roce, el polvo y la suciedad, así como de las miradas curiosas que quisieran ir más allá de una portada que solo con dificultad podría haber sido más sobria. Sobre un cartoné verde limón, impresos con una tipografía de gran predicamento entre las publicaciones ‘progres’ de los años 70, apenas unos datos que tienen mucho de epigrafía en la losa de una tumba: “Libre. París 1971-1972”. ¿Qué esconderá este volumen que desde su mismo nombre enarbola una condición liberal o libertaria, remite al espíritu efervescente de la capital francesa y traza una existencia tan sumamente breve? Lo que hay bajo el cartoné verde limón es la edición facsimilar de los cuatro números que llegaron a editarse de Libre, una publicación que quiso ser una ‘revista crítica trimestral del mundo hispano’. Y si cada día nacen y mueren multitud de revistas, ¿qué hacía especial a esta como para que al cabo de otros veinte años, y al calor de una conmemoración oficial como el descubrimiento de América, se aliaran una sociedad estatal, una editorial mexicana y otra española y decidieran reeditarla tras una vida tan efímera que parecería no haber dejado huella?

 

Sobre el fondo morado del primer número, los apellidos en blanco de sus colaboradores construyen una portada enteramente tipográfica que avanza lo más novedoso de la literatura hispanoamericana del momento: Cortázar, Vargas Llosa, Fuentes, Luis Goytisolo, Donoso… Pero también referencias a los debates políticos del momento, como la polémica que suscitó la detención por el régimen castrista del poeta cubano Heberto Padilla, a quien se acusó de críticar la revolución y  por lo que fue torturado y obligado a retractarse. El ‘caso Padilla’, que supuso la primera ruptura entre el castrismo y una serie de escritores e intelectuales que hasta ese momento le habían dado apoyo, saltó a la opinión pública cuando se preparaba el primer número de Libre, lo que llevó a sus artífices a retrasar su aparición a fin de dar cabida a todo el material recopilado. A la postre fue, en palabras de uno de sus promotores, Juan Goytisolo, el gato negro que atravesó inopinadamente la redacción de la rue de Biévre, dejando a su paso un reguero de mal fario.

Plataforma de lanzamiento

Además de una periodicidad trimestral, un formato casi cuadrado, un centenar y medio de páginas y una aversión absoluta a cualquier imagen o ilustración, la publicación, que desde París quería llegar a  todo el mundo hispano, contó con la singularidad de una dirección periodística rotatoria. Juan Goytisolo cedió el testigo a Jorge Semprún, este a Teodoro Petkoff y el político y exguerrillero venezolano a Mario Vargas Llosa. En su primer editorial, Libre, que pretendía dar la palabra a “los escritores que luchan por una emancipación no solo política y económica, sino también artística, moral, religiosa, sexual”, aspiraba a ser no una revista de intelectuales exiliados, “sino una plataforma de lanzamiento para los mejores escritores de habla española”. Su propósito era defender las “aspiraciones liberadoras de la época en que vivimos”, y en su búsqueda de la más alta libertad individual y estética modelada por el ideal revolucionario, añadía, “someter iglesias y sistemas a una crítica necesaria y purificadora”.

La revista ha quedado como una muestra de la pugna entre intelectuales ‘revolucionarios’ e intelectuales ‘libres’, entre escritores que defendían un compromiso político y aquellos otros para los que el arte debía gozar de una autonomía absoluta. El análisis político, con ese vocabulario de inmediatez guerrillera, no encuentra hoy el mejor escenario para su lectura. Pero la literatura que serpentea por sus páginas permite disfrutar de lo que era el adelanto de un capítulo de Historia de un deicidio, un poema de Jaime Gil de Biedma o Pere Gimferrer, o relatos de Alfredo Bryce Echenique, Julio Ramón Ribeyro o Julio Cortázar. Cada número incluía una entrevista. Al José Donoso que acababa de publicar El obsceno pájaro de la noche y que abría la sección en el número uno, lo seguiría Jean Genet, y antes de que Jean Paul Sartre cerrase el número cuatro, el tres incluía una entrevista con Jorge Luis Borges y, por si no fuera suficiente, otra, espléndida, con García Márquez.

Con el tiempo, la parisina revista con vocación hispanoamericana resultaría una referencia insoslayable en la trayectoria vital e intelectual de cuantos tuvieron que ver con ella. En uno de sus libros memorialísticos, En los reinos de taifa, Juan Goytisolo dedica un capítulo entero a aquella publicación que, financiada por una adinerada productora cinematográfica, Albina du Boisrouvray, debía haber aglutinado a todos aquellos escritores y que, por el contrario, se convirtió “en el arma de nuestro enfrentamiento y, a la postre, de nuestra enemistad”. En otro libro de recuerdos, ordenados en torno a la figura de su viejo amigo García Márquez, quien fue el redactor jefe de Libre, el colombiano Plinio Apuleyo Mendoza, escribió  que el ‘caso Padilla’ había sido una granada que les estalló en las manos antes de que apareciera el primer número y que dividió para siempre en dos bandos a los escritores en lengua castellana. A uno lado quedaban para siempre Julio Cortázar y García Márquez. Al otro, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Jorge Semprún o Juan Goytisolo.

Hace cuarenta años, Libre fue una revista que marcó un antes y un después en la relación de los intelectuales hispanoamericanos con el poder y la política. Con dificultades para su difusión y prohibida en España y en otros países sometidos a dictaduras, Libre volvió a reaparecer en forma de facsímil hace veinte años en busca de nuevos lectores. Otras dos décadas después y desde las librerías de saldos, salta de nuevo al encuentro de quienes estuvieron desatentos en 1992, o en 1971 no tenían edad aún para esas lecturas. Solo en algunas ocasiones llama dos veces el cartero, y no siempre se le puede echar la culpa por el retraso.

Publicado en Escuela nº 3.938 (22 marzo 2012)

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