Un diálogo aplazado

juan malpartida

 

Al igual que la novela, el diario literario es un género proteico, multiforme. Pareciendo el mismo, está siempre en continua renovación. Si en esencia no es sino una relación de reflexiones, vivencias o impresiones adheridas a un determinado momento, en la práctica termina por dar cabida a todo aquello que se pueda acoger bajo esa denominación. Es decir, a casi todo. Como la novela. En el que Juan Malpartida ha publicado en Fórcola bajo el título Al vuelo de la página. Diario 1990-2000 conviven el ensayo y el poema, la reflexión intelectual y la carta personal, la vida cotidiana y la memoria, el desahogo y el recuerdo familiar. En un momento determinado, Malpartida repara en el hecho de que su diario quiera parecerse al de Amiel o a los de Anaïs Nin, oscile otras veces entre los de Mariá Manent y Josep Pla, y en ocasiones vaya de Pavese a Kafka, sin que falte alguna anotación a lo Thomas Mann. En otra entrada asume que lo que está escribiendo no constituye ni unas memorias ni un diario, como tampoco una reunión de reflexiones, y sin embargo es todo ello a un tiempo. Al considerar su propia tarea, deja escrito cómo en sus páginas “cambian los niveles de lenguaje como cambiamos al cabo del día según nos ocupemos de la cocina o de la lectura de San Agustín, según hablemos con los niños o con un crítico literario muy preocupado por sumar mil notas al Ulysses”.

Malpartida concibe el diario como el aplazamiento de un diálogo con un lector futuro, pero también como un procedimiento de restitución, como una mano que se alza para advertir de que las cosas no sucedieron realmente como se quiso hacer creer en su momento. El autor extiende su mirada sobre la última década del siglo XX, y esa visión que se quiere diversa en temas y procedimientos va desde el apunte de política internacional hasta los pormenores domésticos o laborales. Esa voluntad de restitución, de rescate de datos, la formula al hilo del cese del poeta Félix Grande como director de Cuadernos Hispanoamericanos tras la victoria electoral de José María Aznar en 1996.  Testigo privilegiado por su cargo como redactor jefe de la publicación del Instituto de Cooperación Iberoamericana, Juan Malpartida avisa a ese lector futuro de que todo lo aparecido en la prensa de esos días fue una “gran mentira”. Acusa a Grande de victimismo, cuestiona el papel de algunos de los intelectuales que suscribieron el manifiesto de apoyo al autor de Las rubáiyatas de Horacio Martín y exhibe el caso como una prueba de la “facilidad de las personas para entregarse a la mentira” y de cómo ese asunto “revela que en cierto sentido seguimos creyendo en una sociedad estamental”. Tal vez todo ello sea cierto, como no lo es menos que, tras el recurso por despido improcedente, el Ministerio de Asuntos Exteriores tuvo que indemnizar a Félix Grande con 14 millones de pesetas. En cualquier caso, hay aquí algunos datos para quien siga interesado en este asunto.

Humildad y prestigio

Como no puede ser de otra manera en un libro de apuntes que cubre un largo periodo de tiempo, todo lo que rodea el trabajo intelectual del autor cobra un protagonismo destacado: sus lecturas, el trabajo de la redacción, la escritura de una novela, la elaboración alimenticia de voces para una enciclopedia, la traducción de un libro de poemas, un prólogo, el artículo urgente que el periódico mutilará mañana, un viaje con motivo de una lectura de poemas o una conferencia. Un pasaje entrañable: Malpartida acude a Marbella, el lugar de su infancia y juventud, para impartir su primera conferencia allí. La poesía de Dámaso Alonso. En primera fila, sus familiares. “No entendían, pero eso no importaba. Oían al hijo y al hermano, al niño que una vez fui, de familia ‘humilde’ y ajena a los libros, y que ahora gozaba de un cierto prestigio, suficiente, digamos, como para salir en los periódicos”.

Por Al vuelo de la página aparecen multitud de poetas, novelistas, ensayistas, críticos y periodistas, con nombre o sin él, enjuiciados en ocasiones y otras solo citados. Pero hay una figura casi tutelar que sobrevuela todo el libro, Octavio Paz. Malpartida conoció al poeta y ensayista mexicano en 1986, cuando este tenía 72 años y él 30. Se vieron aquí y allá, y durante doce años mantuvieron por teléfono o carta una relación de amistad que solo concluyó con la muerte del premio Nobel de Literatura. Sin otra formación académica que los estudios primarios, Malpartida lo empezó a leer con 19 años, y desde entonces, según escribe casi al comienzo del libro, su interés por la obra del autor de Libertad bajo palabra o El arco y la lira fue creciendo sin tregua. Paz es prácticamente el único autor que escapa a la más mínima discrepancia, que no es cuestionado en ningún momento y al que se le tributa toda la admiración, más allá de la amistad. La inquietud ante el incendio que en 1998 sufrió su casa de Ciudad de México y que acabó con parte de su biblioteca personal y con muchas de las primeras ediciones de sus libros queda patente en estas páginas, como también ante el avance de la enfermedad que acabaría poco después con su vida. La desaparición del escritor mexicano se condensa en una entrada de una sola línea: “20 de abril: Ha muerto Octavio Paz”. Después, en el intento de asimilar el hecho fatal y tras recordar su amistad, anota: “Amontoné los periódicos y salí a pasear. Ha hecho un día limpio y tibio. Mientras caminaba pensaba en el amigo ido, en el escritor leído con tanta constancia y amor desde los diecinueve años, y poco a poco me venían ideas suyas y versos, cada vez más, como si Octavio estuviera caminando a mi lado y me dijera: Juan, ‘conversar es humano’”.

A diferencia de la novela convencional, un diario literario no tiene un progreso que lo haga evolucionar hasta un desenlace. Un diario acaba cuando cesa su escritura o cuando una fecha le pone fin. Este reúne una dedicación sostenida a lo largo de una década y tiene como término el año 2000. Desde entonces ha transcurrido ya un tiempo largo durante el cual es probable que su autor haya seguido poniendo por escrito sus nuevas vivencias, sus inquietudes y sus reflexiones intelectuales. Si así fuera, podríamos empezar a reclamar la continuación de Al vuelo de la página. En algún autor es costumbre que la publicación de sus diarios se demore cinco años respecto a su escritura. Tras la aparición del suyo 12 años después de darlo por acabado, cabe desear que Malpartida no haga de esta distancia temporal un hábito. Quizá podamos convenir que un diario sea un diálogo aplazado. Pero cualquier conversación necesita de nuevos estímulos que la alimenten.

Publicado en Escuela, 19 abril 2012

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