Personajes movedizos

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Al cerrar las páginas de una novela cuya lectura nos ha arrebatado, apenas nos queda de ella un regusto, una valoración instantánea, el recuerdo de una atmósfera, de unos personajes que por un momento han cobrado vida, de cuyas vivencias hemos sido testigos y en cuya compañía hemos dejado transcurrir días o semanas. Por más que pensemos en una huella indeleble, su recuerdo se irá deshilachando hasta terminar desdibujado al cabo del tiempo. Acaso conservemos un detalle, un pormenor que habrá quedado adherido a nuestra memoria, la idea borrosa de un protagonista, un tono. El acto de leer, como el de vivir, va parejo al olvido. Como no somos Ireneo Funes, el memorioso personaje borgiano, vivimos y leemos, y terminamos por olvidar buena parte de lo vivido y de lo leído. En un libro de Luis Landero que lleva como título Entre líneas: el cuento o la vida, se refiere uno de esos casos en los que la memoria lectora se mistifica y extravía. En sus clases de literatura, el profesor del relato habla con entusiasmo de un personaje fascinante: un anarquista italiano que vende helados en Hyde Park y que aparece en algún momento en El agente secreto. Un alumno fervoroso se adentra en la novela de Joseph Conrad, pero en ninguna de sus páginas encuentra al anarquista que vende helados mientras trafica con panfletos subversivos. Desconcertado, el profesor relee la novela y confirma con sus propios ojos que no hay el menor rastro del italiano. Lo busca con ahínco y sin éxito en otras novelas, y solo la casualidad le permitirá saber el verdadero origen de quien tenía por un personaje novelesco sumamente atractivo.

Sin que puedan intuirlo sus autores, a veces los personajes y las situaciones que viven transitan de una novela a otra en la memoria de los lectores. De Corazón tan blanco, a uno le había quedado el mejor de los recuerdos desde que la leyó al poco de publicarse en 1992. En estas dos décadas había sido objeto de una revisión no hará más de tres o cuatro años, y ahora una relectura reciente no ha hecho sino revalidar aquella excelente impresión acuñada entonces. La séptima novela de Javier Marías, siempre que se tenga por tal a El monarca del tiempo, no ha perdido en estos veinte años transcurridos su grandísima capacidad de fascinación. La obra tuvo pronto el reconocimiento del público, al igual que el de la crítica más exigente, que no dudó en destacar el absoluto dominio de una prosa envolvente y tampoco ahorró valoraciones entusiásticas. En ese momento arrancó una trayectoria internacional que, lejos de haberse aminorado, ha convertido a Javier Marías en uno de los grandes de la novela de hoy. A los diez años de su aparición, la obra, que había tenido su germen en el incomprensible suicidio de una mujer recién casada próxima al entorno familiar de los padres del autor, había sido traducida ya a más de una treintena de lenguas y solo en Alemania había vendido para entonces más de un millón de ejemplares. Aunque es sabido que no siempre asegura una alta calidad literaria, el éxito comercial iba acompañado en este caso por los parabienes del gran pope de la crítica germana.

Estilo serpenteante

Entre aquellos que ya habían convertido su anterior novela, Todas las almas, en eso que se denomina una obra de culto, la publicación de Corazón tan blanco suscitó el temor a la repetición, a la imitación de sí mismo. Javier Marías no solo no se vio atenazado por el éxito, sino que, siendo fiel a ese estilo reflexivo, demorado y serpenteante, ha podido seguir entregando obras de una altísima calidad. Ahí están las más de 1.300 páginas de la ambiciosa Tu rostro mañana, publicadas inicialmente en tres entregas sucesivas, como antes las de Mañana en la batalla piensa en mí y Negra espalda del tiempo, y ahora las de la recentísima Los enamoramientos. Si en esta última hay una voz que susurra al oído e incita a cometer un crimen, como también la hay en Corazón tan blanco, quizá no resulte demasiado extraño que a algún lector de Javier Marías se le terminen por mezclar al cabo de los años algunos personajes secundarios de sus novelas. Además de un redescubrimiento, esta nueva lectura ha supuesto una sorpresa, al comprobar que alojaba pasajes que ubicábamos más bien en Mañana en la batalla piensa en mí  o alguno que creíamos propio de Todas las almas.

Es lo que tienen las novelas: que los lectores también participan en su construcción, a espaldas de los autores, y cuando la lectura ha quedado muy atrás mueven con su imaginación el deambular inseguro de unos personajes movedizos. Solo de ese modo pueden saltar de una novela a otra un organillero que aviva un recuerdo de infancia pero cuya cantilena causa incordio, humorísticos diálogos a su pesar entre adalides británicos y españoles sin mucho que decirse o anarquistas italianos que venden helados en las praderas de Hyde Park. Si, como decía Goya, el tiempo también pinta, cabe pensar que el olvido también escribe.

Publicado en Escuela, 26 abril 2012

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