El libro sale a la calle

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Si mayo es el de las flores, abril necesariamente ha de ser el mes más cruel. Y el más pluvioso. En eso, la paremiología, los poetas y los servicios meteorológicos, a su modo y con su saber, tienen siempre la última palabra. Si hay un día para cada cosa, y el agua, el sueño, el recuerdo del comercio de esclavos, la depresión, el uso prudente de antibióticos y la prevención del suicidio disponen de una jornada reservada en el calendario, el libro no podía ser menos. La fecha en la que se conmemoran las muertes de Cervantes y Shakespeare, pero también la de Josep Pla, constituye el pistoletazo de salida para una fiesta que, hasta que lleguen el invierno y el frío, se prolongará por parques, plazas o paseos verdaderamente dignos de esos nombres.  A partir del 23 de abril las calles empiezan a adornarse con casetas o tenderetes que ofrecen su mercancía de papel. Cataluña, que compensa el impulso a la deforestación de los bosques noruegos con la importación de rosas fabricadas en algún invernadero de Colombia o Ecuador, ha adherido el día del libro a su identidad. Como ha hecho con la sardana, Pep Guardiola, la coca de llardons o Copito de nieve, que en paz descanse. En Barcelona, ese día, La Rambla se convierte en una inmensa librería a cielo abierto que exhibe el mayor número de escritores por metro cuadrado decididos a estampar una firma, aunque sea en un libro. Del mismo modo, miles de compradores compulsivos se muestran dispuestos a conseguir, pese a quien pese, el garabato del autor de moda esta temporada primavera-verano: Eduardo Mendoza, Almudena Grandes, Álvaro Pombo, Mario Vaquerizo… En Madrid, algunas calles de anchas aceras no colonizadas al completo por las motos son tomadas por libreros ocasionales o por profesionales del saldo o el lance, que obran el milagro. Libros de escaso valor duplican ese día su precio. La oferta y la demanda. Pero esos vendedores artesanales no parecen contar en La noche de los libros. En esa jornada los editores, libreros, escritores y programadores culturales echan el resto para no dejar vacío ni el más pequeño espacio susceptible de acoger alguna tertulia, debate, presentación, conferencia, recital o brindis con cava por el placer de la lectura. Cualquier cosa que contribuya a vender un ejemplar más. En el lema elegido, la sugerencia competía con la aplastadora realidad. “¿Me regalas un libro? Te regalo un libro”. Una transacción sentimental pasada por la caja registradora y adornada de complacencia, resignación o aceptación estoica. A estas alturas, el gozo de leer ha dejado paso al disfrute de comprar y al placer de vender. Todo es ya pasto de los mercados, de modo que parece improcedente anteponer la lectura a la supervivencia. Cuando las librerías sortean cada final de mes su cierre, las editoriales adelgazan su ramillete de lanzamientos y los escritores trafican con influencias para que se acuerde de ellos algún ayuntamiento, diputación, consejería o asociación benéfica a punto de ser intervenido por San Cristóbal Montoro, patrón de las cuentas descarriadas, el tráfico comercial no puede disimular con el aroma distinguido de la cultura.

Rastros de vida

Con el buen tiempo, el libro sale de la librería y se ofrece en cuerpo y alma al paseante. A la mercadería de segunda mano, le sucederán las ferias de títulos novatos, olorosos a tinta fresca, obra de autores primerizamente empavonados que mirarán con envidia a los veteranos que ponen en riesgo su muñeca por desparramar autógrafos a millares, a los editores que sonreirán en proporción a las ventas y a los paseantes que los mirarán estabulados entre la curiosidad y la lástima. A los libros que se aventuran en la intemperie les pasará el tiempo por encima, se descolorarán sus chillonas portadas, se tostará su papel, se ajarán, se poblarán de polvo y ácaros y, antes o después, volverán con humildad cabizbaja a la librería de ocasión, al costroso zaquizamí. Quién sabe si para entonces aún retendrán sus autores algo de la gloria que una vez los alzó. Si únicamente quedarán al alcance de la achacosa memoria de sus coetáneos. Si serán capaces de decir algo todavía a un lector futuro que un día abra sus páginas movido por la curiosidad o una tibia indiferencia. Tal vez ese lector encuentre en ellas alguno de esos objetos que a menudo esconden los libros entre el papel y los ríos de tinta. Rastros de una vida de la que nadie sabrá qué secretos escondió. Al hojearlas, olvidado o fiel mojón de una fecha, desenterrará un billete ferroviario, una dedicatoria a la que la vida habrá desengañado, la programación de un cine en la Rue du Temple de París el agosto de 1975, un recorte de periódico rescatado de la tumba de las hemerotecas, un nombre estampillado hasta la desesperación, fantasiosos ex libris, pétalos disecados, frases que movieron a un subrayado fervoroso o advertencias a un lector desconocido como pruebas de sincera derrota: “¡Me rindo! Me desespera tanto concepto poético ruso”.

Nada que puedan decirnos los libros electrónicos. ¿Cómo se firmarán? ¿Qué los hará valiosos y codiciados? ¿Cómo se secará en ellos la hoja de un sauce o se conservará la fragancia de una flor? ¿Quién guardará allí el boleto de un viaje inolvidable o un artículo que muchos años después aún será capaz de destilar algo de inteligencia? Prosperan y se multiplican en los viajes subterráneos y en los autobuses, en los andenes ferroviarios y en los aeropuertos. Pero los libros electrónicos siguen ausentes de las ferias, de los puestos ambulantes, de las casetas custodiadas por castaños y plataneros, del día del libro y la rosa. Aunque parezca imposible, el calendario de conmemoraciones todavía dispone de algunas pocas fechas libres. Quizá una de ellas se destine al Día Internacional del Libro Electrónico. O tal vez pronto todos los libros lo sean y haya que echar mano de nuevo de los meteorólogos, los poetas y la paremiología para fijar de forma sentenciosa la memoria del libro de papel.

Publicado en Escuela, 3 mayo 2012

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