El otro Ullán

Ciclon

A la exposición que sobre el periodista y poeta José-Miguel Ullán (Villarino de los Aires, Salamanca, 1944-Madrid, 2009) ha organizado en Madrid La Casa Encendida, acude uno como a una cita con un viejo conocido cuya pista nos habíamos acostumbrado a perder y a recuperar una y otra vez. O como al encuentro de un paisano o un familiar remoto que no ha dejado nunca de sorprendernos y a quien, de lejos, hemos admirado mucho, sin que esa alta estima estuviera exenta con frecuencia de topetazos desorientadores que conducían a la perplejidad, la incomprensión o la desilusión. Para alguien que en 1981 se asomaba a la mayoría de edad ávido de letra impresa, el hallazgo en los suplementos culturales de El PaísArtes, el sábado, o Libros, el domingo- de unos textos que rezumaban gracia y zumba y en los que se mezclaban por igual Lezama Lima y Lina Morgan, Góngora y El Fary o María Zambrano y Miguel de Molina no podía dejar de suponer una absoluta revelación.

Perseguimos su rastro por Radio Nacional, por Televisión Española, por aquel Tatuaje en el que catalizó todos sus intereses: la poesía, la pintura, la canción, y que iba de Octavio Paz y Juan Goytisolo a Zush y Néstor Almendros, y de estos a Concha Piquer o Los Chunguitos… La cultura más selecta y la que queda más a mano de las mayorías. En Diario 16, en donde sería subdirector, fundó el suplemento ‘Culturas’, que, a su modo, tomaría el relevo de aquel  ‘Disidencias’ que había comandado Fernando Sánchez Dragó. Inaugurado un 14 de abril de 1985 con textos de María Zambrano y Octavio Paz y una pintura de Antoni Tàpies, tres de sus grandes devociones, Ullán volvería allí a poner en práctica su aversión a la rutina, la búsqueda continuada de la sorpresa, esa mezcolanza cultural en la que unas páginas dedicadas a Borges hacían luego hueco a Pedro Almodóvar o a Javier Mariscal. Seguir su pista no era tarea sencilla. Lo mismo se le podía suponer oculto bajo un pseudónimo tomado de Edmond Jabès, el autor de El libro de las preguntas, como leerle una pieza en Cambio 16 sobre la muerte en el ruedo de El Yiyo o verlo reaparecer convertido en singularísimo comentarista de Eurovisión.

Radical libertad poética

Nada de todo eso tiene cabida en esta exposición de La Casa Encendida. Lo que no deja de ser una lástima, porque hubiera constituido una excelente oportunidad de presentar una figura de José-Miguel Ullán más completa de lo que logra esta muestra. Su actividad periodística, que fue sumamente intensa y abarcó tantos ámbitos y publicaciones, queda reducida aquí a la proyección de algunos vídeos de sus programas televisivos. Entre ellos, una entrevista con el semiólogo francés Roland Barthes. Manuel Ferro, comisario de la exposición y su compañero, ha obviado esta faceta de Ullán y ha privilegiado su trabajo como poeta, editor y pintor. Siendo todavía un estudiante de Filosofía y Letras, José-Miguel Ullán empezó a colaborar con numerosas revistas culturales y a dar a conocer una poesía marcada inicialmente por unas preocupaciones políticas y sociales muy propias de los años 60, que dejaría pronto atrás para ir en busca de una radical libertad poética. Por si el infructuoso asedio a algunos de sus libros no fuera suficiente, en Palabras iluminadas se comprueba otra vez que acercarse a su obra poética no constituye una tarea precisamente sencilla. La poesía al uso, la que sigue una tradición eminentemente literaria, queda lejos. En la de Ullán, el texto y la imagen, lo visual y lo experimental alzan el vuelo hasta dejar en tierra, abandonado a su suerte, al profano incapaz de compartir esa experiencia. Según el novelista Gustavo Martín Garzo, se trata una poesía de ruptura y de difícil comprensión en la que nada es arbitrario, pues sus juegos de lenguaje no serían sino “formas de conjurar la desgracia y la muerte”.

De su contacto temprano con artistas de primer orden como Antonio Saura, Eduardo Chillida, Antoni Tàpies o Pablo Palazuelo, entre otros muchos, nacieron numerosos libros de artista en los que la imagen y la palabra escrita se buscan en los ecos y las correspondencias. Basta asomarse a estas vitrinas para intuir en esos libros una poesía a la que resulta difícil acceder sin intérpretes, una escritura descoyuntada y caprichosa en la que, llegado el caso, la palabra puede desaparecer para ser sustituida por signos sin código pero sometidos a la disciplina del soneto. Fracasado lector de sus poemas casi siempre, uno se sorprende al creer que empieza a entenderlo de la mano segura de alguno de sus hermeneutas. Quizá todo consista en aprender a leer de otra manera.

Creador de la editorial de poesía Ave del Paraíso y comisario de numerosas exposiciones, tuvo también la tentación de los pinceles. Aunque en 1982 había mostrado alguna de sus obras en la primera edición de Arco, después rechazó toda invitación para exponer en galerías comerciales. Solo en 2008, y después de muchas dudas, aceptó mostrar en la Escuela de Arte y Diseño de Mérida lo que él denominó agrafismos, pequeños dibujos a tinta o acuarela en la estela de los de Henry Michaux, creados en las esperas de la escritura. Junto a sus volúmenes de poesía y sus libros de bibliófilo, Palabras iluminadas recoge esos papeles manchados, “pausas materializadas en miniatura”, como alguna vez los definió y que, al decir de sus comentaristas, no serían sino otra forma de materializar su idea poética. Para el catedrático de Teoría de la Literatura de la Universidad Pompeu Fabra Antonio Monegal, la continuidad entre poesía y pintura o dibujo, al igual que en Rafael Alberti o Joan Miró, suponen manifestaciones de un único impulso poético, “formas distintas de materializar una ausencia, de capturar lo que se escapa”.

Sin duda, esta suma de dibujos sobre papeles menudos no deja de engrandecer la rica personalidad de Ullán. Pero no sabe uno muy bien si, para quien nada sepa de él, esta exposición no le terminará proporcionando más estampa que la de un escritor amigo de artistas importantes, que emborronaba pequeñas cartulinas con garabatos capaces de alcanzar una gran belleza y que componía libros raros. Junto al pintor discreto, al editor selecto y al poeta hermético que fue José-Miguel Ullán, había también un periodista ingenioso, culto, irónico y zumbón cuya producción alguien debería tomarse el trabajo de recopilar, seleccionar y dar de nuevo a conocer. Solo entonces, cuando no falte ninguna de todas las piezas posibles, podrá recomponerse de verdad su figura única.

Publicado en Escuela, 10 mayo 2012

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