El retorno de Umbral

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Casi nunca los buenos personajes de una película o de una novela son trasunto de un solo individuo, sino fruto de la amalgama de varios, más el aporte perfeccionista de la imaginación. Sin embargo, no se hace extraño que tras el escritor y columnista que David Trueba ha retratado en esa película arriesgada, valiente e imperfecta que es Madrid, 1987 se haya querido adivinar la personalidad de Francisco Umbral. No es solo esa voz grave, ni el gesto adusto o la manera de detener unas gafas que huyen por el caballete de la nariz, ni tampoco que escriba un artículo cada día desde hace 25 años o haga uso de un pseudónimo literario con el que abrillantar un apellido corriente. Es también una manera sentenciosa de hablar, desengañada, ególatra, brillantemente repleta de metáforas, un modo de ver la escritura, la literatura. Sin gran dificultad se reconocen las correspondencias con su probable modelo, avezado practicante de ese género rápido, deslumbrante y fugaz como un fuego de artificio que es el artículo de periódico. El pequeño de los Trueba no ha querido apropiarse del todo de las frases que Miguel dispara a quemarropa en el duelo claustrofóbico que mantiene con Ángela, la ingenua estudiante de periodismo que no sabe todavía si es a eso a lo quiere dedicarse en la vida. En esos diálogos en el encierro de un cuarto de baño digno de Antonio López comparecen algunos de los mejores escritores de periódico, desde Josep Pla hasta Manuel Vicent, pero el personaje que interpreta un sabio José Sacristán no deja de recordar de un modo indefectible a Francisco Umbral.

Umbral murió hace ya cinco años, adornado con los premios mayores de la lotería literaria española y sin haber querido despegarse ni por un momento del culto a sí mismo al que se entregó con perseverancia durante décadas. No es seguro que al final de sus días, cuando lo jaleaban secretarios de Estado y muñidores de premios cervantinos y cuando, al igual que su padrino Cela, el escritor había sucumbido ante la magnitud del personaje, fuera Umbral el modelo a imitar por los jóvenes que se aventuraban en la modesta artesanía de escribir en la prensa. Lo había sido, años atrás. A comienzos de los 80 todos los aprendices de periodistas querían ser Umbral. Disfrutar, como él, de un espacio reservado a diario en el mejor de los periódicos. Escribir en todas las revistas imaginables. Codearse con gente importante. Ser influyente. Arbitrario. Temido. Publicar libros. Muchos, muchos libros. Ganar dinero. Tener éxito. Un éxito que siempre sabía a poco. Una necesidad permanente de mayor reconocimiento y más premios, ante la que no se detenía la riada de artículos con su firma, la catarata de novedades con su nombre en las mesas de las librerías. Algunos de aquellos discípulos de la negrita, el lenguaje callejero y el desaire presto conseguirían ser casi como él y mimetizarse de tal modo con su ídolo que harían imposible distinguir la copia del original. Lo peor que le puede ocurrir al epígono.

Un delirio

La de Umbral fue una vida poseída por la escritura. En un volumen suyo de 1970 se asegura que escribía todos los años mil artículos y un libro. La cifra valentona llegó empequeñecida a la imprenta: ese año publicaría cuatro libros y quién sabe cuántos miles de artículos. Aunque algunos son recopilaciones de textos nacidos en lo efímero de los periódicos, su producción literaria no baja de los 114 títulos, amén de otros de autoría colectiva o antologías. Tampoco la muerte fue capaz de detener de inmediato ese aluvión de palabras. Tras su fallecimiento todavía aparecerían algunos inéditos. Pero quien acudía ahora a una librería más que mediana apenas podía encontrar otra obra suya que no fuera Mortal y rosa. Ese libro que empieza siendo el retrato de un hombre y termina por ser la elegía del hijo, y que al cabo de los años le arrancaría aquel titular incrédulo: “Quedaré por Mortal y rosa. Es un delirio”. Este diario, esta prosa poética, esta novela sin género ha sido la elegida para abrir su camino de vuelta a las librerías, mientras su nombre regresa a los periódicos, a las revistas y a la actualidad. La fundación que vela por su legado literario organiza un congreso internacional, un premio con su nombre reconoce los méritos de un colega, el Instituto Cervantes pasea su memoria por el mundo y una revista como Mercurio le dedica un dossier en el que Anna Caballé sintetiza en dos páginas aquella magnífica biografía titulada El frío de una vida. Tras ser galardonado Umbral en 1997 con el Premio Fernando Lara, la profesora de la Universidad de Barcelona se hizo una pregunta a la que necesitaba dar respuesta: por qué un autor como él volvía una y otra vez a escribir sobre su infancia, sobre el Valladolid de los años 40, la posguerra y, en especial, sobre su madre. De ese interrogante habría de nacer la pesquisa que revelaría una condición, la de ser hijo secreto de soltera, que, según su biógrafa, marcaría para siempre la vida y la escritura de Umbral. Tras la aparición del libro en 2004 Francisco Pérez Martínez, Francisco Umbral, ya no pudo seguir enmascarando la irrealidad de un padre al que no conoció y al que en las entrevistas atribuía estancias en la cárcel que habrían entorpecido su relación con él durante la infancia. Es a través de estos datos como Caballé relee a un autor que durante toda su vida reelaboró sin tregua un relato con el que ocultar un origen deshonroso para la sociedad franquista y que sería también la causa de una personalidad insaciable que solo en el éxito social encontraría su particular venganza.

La obra de Francisco Umbral es torrencial, inabarcable, objeto todavía y siempre de las críticas y los halagos más extremados. Su retorno a las librerías es una feliz noticia, como también su hallazgo encubierto en una película de David Trueba. Cómo no acordarse de él cuando el personaje de José Sacristán extiende por la espalda de la joven un dedo untado en óleo, se detiene un segundo a contemplar su obra y, lleno de melancolía, la ve marchar desnuda mientras su mano se aferra a la camisa de la ninfa como a aquello que ya nunca volverá. Cómo no acordarse de Madrid, 1987 al leer un fragmento de A la sombra de las muchachas rojas (1981): “Y trastea por la casa, mojada y niña, esbelta y silenciosa (…), desnuda, chorreante, levísima, mientras miro colmado sus ojos de relámpago negro y el planetario ingenuo de sus glúteos”.

Publicado en Escuela, 17 mayo 2012

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