El ladrón de imágenes

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Tal vez vivió deprisa y despreocupado por la belleza de su cadáver, pero no cabe duda de que murió joven. Diego Lara falleció en 1990, a los 44 años, una edad a todas luces prematura, dejando un reguero de admiración por el sólido trabajo que como diseñador gráfico había realizado en el mundo editorial desde los años 70. Su temprana desaparición hizo de él algo parecido a un mito, y hoy aquellas portadas de libros o los catálogos de arte cuya imagen cuidó gozan de un gran aprecio entre los coleccionistas.

Llevado de su gusto por el dibujo y sin otra formación artística, Lara, que no llegó a completar sus estudios de Filosofía y Letras, enseguida empezó a dibujar carteles y algún cómic que no vería la luz, pero cuyo guión llevaba la firma de Vicente Molina Foix. Ambos nombres comparecerían juntos en la primera novela del escritor ilicitano, Museo provincial de los horrores (Seix-Barral), aparecida en 1970, cuya portada lucía un monstruoso dibujo de Diego Lara. No tenía, pues, más que 24 años cuando emprendió una carrera que acabaría por proporcionarle un notable prestigio. Las cubiertas de Fundamentos o Siglo XXI llevaron en seguida su firma y, en 1972, puso en marcha con Mauricio d´Ors La Fontana Literaria, de cuya breve existencia tomará el relevo la editorial que terminaría asociándose indefectiblemente a su nombre. Con La búsqueda de interlocutor, Carmen Martín Gaite haría de madrina de Nostromo, y entre títulos de Agustín García Calvo (Cartas de negocios de Agustín Requejo) o Rafael Sánchez Ferlosio (Las semanas del jardín), la editorial mostrará su gusto por los relatos de misterio y terror. La impronta de Lara queda igualmente en colecciones como las de Turner o Trece de nieve, así como en La Ventura, de la que después reclamaría su cuota de responsabilidad Andrés Trapiello, con la aquiescencia de Juan Manuel Bonet. Su trabajo gráfico en Poesía, la revista que en 1977 creó Gonzalo Armero para el Ministerio de Cultura de Pío Cabanillas, supone un capítulo aparte. Bajo una protección estatal que les garantizaba un presupuesto generoso y una libertad absoluta en la elección de temas y autores, los 16 números que aparecieron bajo su responsabilidad suponen un despliegue absoluto de medios y recursos gráficos. La relación entre ambos daría otros frutos, como la breve colección de poesía nacida al amparo de Editora Nacional, cuyas portadas produce una especial satisfacción ver reunidas ahora.

Obra personal

Es raro que quien posee una innegable pericia para el dibujo y una nítida sensibilidad artística reduzca esas virtudes a un ámbito estrictamente profesional. En paralelo al trabajo público con el que se ganaba la vida, Lara cultivó en secreto una obra personal que solo salió a la luz a los pocos meses de su muerte, cuando Armero y otros amigos le rindieron un homenaje póstumo con una amplia exposición en las salas de La Caixa. Al lado del magnífico trabajo editorial, afloró una abundante producción privada de la que solo los más cercanos habían sabido. La muestra que puede contemplarse ahora en La Casa Encendida y que lleva como título Be a comercial artist conjuga de nuevo, doce años después de aquella primera muestra, esas dos facetas, y permite contemplar los viajes de ida y vuelta por los que las imágenes empleadas en el diseño editorial encontrarían luego su hueco en esos collages que preservó celosamente toda su vida. Tenía predilección por viejas fotografías rescatadas de revistas americanas de los años 50, que luego llevaba a sus cartulinas para insertarlas en su propio mundo visual. De todas esas reproducciones a las que este ladrón de imágenes, como se definía, otorgaba una nueva vida, hay dos que durante años debieron de convertirse en su obsesión. Son los rostros frontales de dos varones. Los juntó por primera vez para la portada de Baudelaire por Gautier/Gautier por Baudelaire, un libro de Nostromo que recoge las biografías que los dos escritores franceses escribieron el uno sobre el otro. No hay unanimidad sobre su procedencia. Alguien ha hablado de retratos de corte policial, lo que da pie a todo tipo de teorías. Otro, un testigo presencial que rebate esa idea, recordará cómo estaban sobre la mesa de trabajo de Lara una noche en la que era urgente concluir una portada. Sea como fuere, y bajo la denominación genérica de BG, él las convirtió durante un tiempo largo en motivo recurrente de su producción particular.

Al repasar aquel catálogo de 1990, se encuentra una muestra de una serie correspondiente a sus últimos años, agrupada bajo el nombre de ‘Chinos’. La exposición de ahora recoge un número mayor de estos collages en los que sobre un papel de plata serpentean unas manchas oscuras que conforman piezas con títulos como Desnudos en el ‘Paraíso’, Flor de Sicilia o El Siciliano. En cada uno de los ensayos del catálogo, diseñado por su hijo Bruno, sus autores no dejan de referirse de soslayo a algún vicio tenaz o a una segunda vida de Diego Lara. En estos 15 collages la comisaria de la exposición, Amaranta Ariño, ve una de las más bellas y enigmáticas series de este genial creador, pero también un homenaje a esa pasión privada con la que Diego Lara convivió durante muchos años, hasta su fallecimiento tan temprano. Quienes fueron sus amigos lo recuerdan como un tipo cáustico, seductor, ingenioso y bohemio.

Publicado en Escuela, 24 mayo 2012

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