De ferias, libros y reliquias

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Al caer la tarde de uno de estos fines de semana de entre mayo y junio, el Paseo de Coches del Retiro se convierte en un caudaloso río de gente que deambula, mira, revuelve, ojea, pregunta, duda y compra (o desiste de ello) entre casetas repletas de libros. El sol comienza a declinar y la calorina se atempera, pero acaso no sea el mejor momento para ir de una barraca a otra y detenerse a contemplar sin agobios ni apreturas su oferta abrumadora. Como tampoco lo son esas horas centrales del mediodía en que el bochorno se convierte en un elemento disuasivo y alejarse de la sombra, en una decisión temeraria. No importa. El pronóstico termina por cumplirse y, contra todas las aglomeraciones y molestias, esos tramos horarios se convierten otro año más en los de mayor afluencia. Como las editoriales y los libreros lo saben, es a esas horas cuando programan la presencia de unos autores que, ayudados de una dedicatoria y una firma, les ayuden a vender algunos volúmenes más en unos tiempos como estos, no sé si pueriles, pero sí necesitados.

Además de a ver libros, la gente va a la Feria a curiosear, a comparar la realidad que tiene ante sus ojos con la imagen que el escritor proyecta desde el cartel que sirve de reclamo o a intentar establecer un simulacro de conversación, pero también a chismorrear sobre el poder de atracción que tiene un mediocre cantante mediático frente a autores de renombre cuya más reciente obra atrae a poco más que un grupito de seguidores; novelistas que aún retienen algo de su antigua popularidad televisiva, o poetas a la espera de alguno de sus 175 lectores. Da igual el propósito con el que se acuda hasta aquí. Nadie pedirá cuentas al final del recorrido, ni dirigirá una mirada aviesa si las manos no agarran pesadas bolsas de papel, o se interesa por esto o por aquello y finalmente renuncia a lo uno y lo otro, igual que nadie tampoco se examinará de gustos o preferencias lectoras.

En un sitio como este en el que todo el mundo parece bienvenido conviene acudir con la cartera a medio llenar. Ni demasiado repleta como para que las muchas tentaciones por las que uno se puede dejar vencer causen preocupantes  estragos en una economía dominada por el pánico, ni tampoco tan sumariamente escasa como para no poder responder a la segura sorpresa capaz de inocularnos durante unos segundos terroríficos el tempestuoso virus de la duda. Pero también es bueno acercarse con el ánimo macerado en uno de esos magníficos artículos sabatinos de Antonio Muñoz Molina en los que renueva su entusiasmo lector, nos recuerda que la literatura es el reino de la libertad y nos consuela con que “el mismo libro que no nos llega a una cierta edad se apoderará de nosotros solo unos años más tarde. Y si no ese, otro”.

Gustos y azares

Del mismo modo que la más modesta de las librerías, la Feria nos afronta con nuestras carencias lectoras, con los libros que aún no hemos leído, con los que querríamos leer si las urgencias de cada día no nos distrajeran de ello, y mientras pasamos revista anotamos en la memoria algunos de esos títulos con la promesa de no dejarlos escapar en otra oportunidad. Y, sin embargo, una biblioteca personal no puede ser otra cosa que una selección, una suma de gustos y azares que se enredan como ramos de cerezas, un inextricable laberinto en el que un libro nos conduce a otro mediante pasadizos y códigos secretos que terminamos por no ser capaces de descifrar y que, al cabo, nos conducen a territorios en los que nunca nos habríamos imaginado.

En lo más íntimo de cada uno de estos miles y miles de títulos que aguardan un comprador, hay oculto un propósito distinto: tal vez el ganarse un hueco en la historia de la literatura, dejar un testimonio único, satisfacer una vanidad, cumplir un sueño, ganar un dinero, mantener el brillo de un nombre, renovar un duelo, transmitir una verdad, obtener provecho de una fama pasajera. Probablemente, tantos como autores. Pero todos esos libros contienen una sorpresa que es necesario desvelar. Un libro es un cofre cerrado que solo revela su contenido a quien lo abre. ¿Qué buscamos en uno de esos que nos tientan como la serpiente a Adán? En una publicación sobre libros universitarios que recojo en una caseta en la que nadie firma ni ningún otro visitante agobia con su cercanía encuentro una entrevista con Gustavo Martín Garzo en la que, valiéndose de la opinión de Isak Dinesen, el novelista vallisoletano sostiene que el verdadero lector es aquel que piensa que en un libro va a encontrar algo que tendrá el poder de cambiar su vida. Cambiar la vida. Lo que pedía Rimbaud a la poesía.

Sigo mi paseo por la Feria. Veo cómo uno de mis vecinos de página, Antonio Rodríguez Almodóvar, charla con algunos lectores de sus libros y oigo relatar a un bienhumorado Juan Manuel Bonet, el verdadero autor de Café des exilés, cómo se le escapó hace unos días en El Rastro un ejemplar de las Poesías completas de Antonio Machado en la edición de 1917 de la Residencia de Estudiantes. Aquí ya los libros nuevos se mezclan con los viejos. Mientras él se dispone a firmar su remota edición de las poesías de Lasso de la Vega, recuerdo que Rodríguez Almódovar editó unos papeles inéditos de Machado  y rememoro cómo en ese otro rastro que es Internet se me escapó de los dedos Café des exilés, primero, y La patria oscura, después. Mientras los sigo buscando, me contento con la edición facsímil de un suplemento que la revista Las Españas dedicó en México, en abril de 1948, a Machado en el IX aniversario de su muerte. Continúo mi ronda y voy en busca de uno de los novelistas que más me importan. Compro un libro suyo que ya tengo, aunque a la hora de pedirle su firma le acerco otro. Una primera edición de Los dominios del lobo, la primera novela que publicó, en 1971. “Para Javier Sanz, esta reliquia de casi infancia. Javier Marías”. Probablemente haya mucha gente y haga calor en la Feria del Libro de Madrid, pero yo ya no noto ni una cosa ni otra.

Publicado en Escuela, 31 mayo 2012

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