El mal imborrable

hitler

 

El aborrecible legado de Hitler resulta tan indeleble que aún hoy, 67 años después de su suicidio en el búnker de la Cancillería berlinesa, no hay semana en que el periódico no traiga alguna noticia con su nombre ni la televisión deje de emitir reportajes, series o películas sobre su ominoso régimen. Si se acomete una pesquisa en una hemeroteca digital, sin ninguna dificultad afloran informaciones recientes que hablan de la aparición de un álbum de fotos inéditas, los derechos de autor que sobre Mi lucha mantiene hasta 2016 el Estado de Baviera, la subasta de uno de los cuadros con los que aspiró a convertirse en pintor o una exposición con la que el Museo Histórico Alemán pretendía desentrañar dos enormes incógnitas: cómo un hombre sin estudios pudo desencadenar la más devastadora guerra al frente de un país culto y avanzado y, sobre todo, cómo logró la complicidad de la ciudadanía para perseguir primero y aniquilar después a seis millones de judíos en los campos de exterminio. La crueldad de Hitler sigue siendo un misterio de tal magnitud, un enigma tan difícil de esclarecer, que no es extraño que cada poco aparezca un nuevo libro que sume su esfuerzo al de una legión de estudiosos e investigadores que llevan décadas intentando desentrañar el por qué de una perversidad tan aniquiladora.

“La derrota del nazismo y del atroz mundo encarnado por su fundador conviven junto a la amarga sensación de que no se lo ha vencido por completo, que su fantasmal recuerdo nos persigue así sea en forma en advertencia”, escribe Jaime Fernández, vecino de esta página, en su nuevo libro, Hitler, el artista del mal (Arcopress Ediciones). Fernández, que es un periodista de hondo e infrecuente saber, ha querido indagar en la naturaleza de una mentalidad tan sectaria como destructiva, y en su empeño no ha dejado de plantear análisis, hipótesis y comparaciones de interés. El autor acompaña a los lectores por el periplo biográfico del dictador nazi, por una infancia y una juventud marcadas por los enfrentamientos con su padre, fallecido cuando él no había cumplido aún los 14 años, y el desprecio hacia los profesores de un sistema escolar que abandonó sin obtener título alguno. Frente al intento paterno por que adoptara su profesión de agente de aduanas, el hijo se propuso ser pintor, pero, como se sabe, fue rechazado repetidamente para mal de la humanidad en su intento por acceder a la Academia de Bellas Artes de Viena. Para entonces se había aficionado a la ópera y convertido en un voraz lector que buscaba aprender de los libros sin la necesidad de maestros. Un amigo de juventud, August Kubizek, escribiría muchos años después que no tuvo la impresión de que Hitler buscara nada concreto en esos montones de libros, sino solo “la confirmación de principios e ideas que ya tenía”. En Viena se convirtió en un vagabundo que vivía a salto de mata, malviviendo de sus acuarelas y empleado en trabajos de ínfima categoría, y fue allí donde terminó de empaparse de un antisemitismo que llevaba varias décadas contaminando el centro de Europa. Huido a Munich y declarado no apto para un servicio militar que había intentado eludir previamente, se alistó como soldado voluntario al declararse lo que la historia conocería luego como la I Guerra Mundial. Tras la derrota alemana, en un ambiente de desmoralización, habría de convertirse en un tenaz propagandista antisemita, en un enfermizo perseguidor de una raza pura y finalmente en un sangriento asesino. Toda esa suma de locura y fanatismo imparable, que lo llevó a la cárcel por un fallido golpe de Estado, lo conduciría años después a la Cancillería alemana, desde donde tendría la oportunidad de materializar ese ingente cúmulo de odio y terror que había preconizado en su acción política como creciente líder de masas.

Bovarismo

En su trabajo, Jaime Fernández habla de cómo el joven Adolf Hitler estaba poseído por una “insatisfacción permanente consigo mismo que proyectaba también hacia cuanto le rodeaba”. En ese estado anímico ve una suerte de correspondencia con aquel con el que Gustave Flaubert dotó a uno de sus más célebres personajes de ficción, la Emma Rouault de Madame Bovary. El autor de Hitler, el artista del mal identifica con ese bovarismo, un término acuñado treinta y cinco años después de la publicación de la novela, el estilo estridente del jerarca nazi, sus delirios de grandeza, su gusto por el monumentalismo o la teatralidad de sus apariciones públicas. Pero, además de con el personaje flaubertiano, establece también analogías con otro personaje de ficción, la invisible Rebecca de Winter de la novela de Dafne du Maurier que en 1940 trasladaría al cine Alfred Hitchcock. Si, como nos dice el autor, en 1938, cuando apareció Rebecca, el nombre de Hitler y la cruz gamada invadían todos los rincones de Alemania, también en la novela el de Rebecca ocupa hasta el último rincón de la mansión Manderley y amenaza con borrar bajo sus soberbias letras iniciales a los supervivientes que luchan contra su opresivo recuerdo. Por su dogmática manera de afrontar la vida, Fernández sitúa a Rebecca bajo la estela de los tiranos, para los cuales solo existe la dualidad de los opuestos: la victoria o la derrota, el dominio o la sumisión. Pero también iguala la entrega seducida de Maxim ante la promesa de Rebecca de devolver su antiguo esplendor a Manderley con el modo en que millones de alemanes cayeron embelesados ante aquel desaforado dirigente que les prometía restaurar una gloria patriótica arrasada en 1918.

En ese ejercicio comparativo, establece, no obstante, una diferencia sustancial entre Rebecca y Hitler. Mientras el personaje novelesco triunfó en vida y ningún obstáculo frenó el cumplimiento de sus sueños, la estrella de Hitler comenzó a apagarse con la invasión de Rusia y la declaración de guerra por Estados Unidos. El sabor amargo de la derrota lo palió ordenando el exterminio sistemático de los judíos recluidos en los campos de concentración. Hitler, el artista del mal nos recuerda que, aunque el sangriento III Reich que había de prolongarse mil años solo duró doce, el recuerdo terrible de su fundador no se ha borrado todavía de la conciencia contemporánea. Como esos pecios que la resaca deposita en la playa, el nombre de Hitler retorna una y otra vez a la actualidad, pero solo estaremos a salvo de veras mientras nos siga pareciendo un recuerdo repugnante y veamos en su trágico legado una advertencia terrible.

Publicado en Escuela, 1 junio 2012

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