Entre Eros y Tánatos

philip-roth

En un país como Estados Unidos tan propenso a la iniciativa privada, los admiradores de un escritor consagrado se reúnen en ‘sociedades’ sustentadas no por instituciones públicas, como aquí, sino por una nutrida corte de fieles seguidores que sufragan esa tribuna en honor de su literato favorito. Al igual que otros autores de renombre, Philip Roth también cuenta con una dedicada a venerar su obra. Pero a los miembros de la Philip Roth Society, que tiene su sede en Connecticut, no les ha debido impresionar demasiado el hecho de que un jurado de periodistas, novelistas y profesores le conceda en una mediana ciudad de un país lejano y en serios apuros económicos un premio al escritor cuya obra los convoca. Al fin y al cabo, el Príncipe de Asturias de las Letras no es el Nobel de Literatura. El galardón que se otorga en Oviedo juega desde hace años a imitarlo y ahora parece haberse adelantado a un fallo al que los únicos que se muestran algo remisos son los propios sabios suecos.

Tal vez por eso los miembros de la Sociedad Philip Roth no se hayan dado prisa a la hora de incorporar el premio asturiano a la larga lista de galardones en la que figuran el Pulitzer de ficción, el Prix Médicis étranger, el PEN/Faulkner o el Man Booker International Prize. En justa correspondencia, tampoco se puede decir que los sabios españoles se hayan devanado mucho las neuronas a la hora de justificar el merecimiento del premio. Aparte de la obviedad de incluirlo en la gran novelística estadounidense y de enlazar uno tras otro los nombres de John Dos Passos, Francis Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, William Faulkner, Saul Bellow o Bernard Malamud, el jurado español ha recurrido a una suerte de plantilla válida para casi cualquier escritor con algo de mérito: “Personajes, hechos, tramas conforman una compleja visión de la realidad contemporánea que se debate entre la razón y los sentimientos, como el signo de los tiempos y el desasosiego del presente. Posee una calidad literaria que se muestra en una escritura fluida e incisiva”. Pídanle a alguien que cierre los ojos, leánle el dictamen, pregúntenle por el posible merecedor de esos elogios y se darán cuenta de la hondura del razonamiento viendo la cara del interrogado. Con todo, eso tampoco carece de ventajas. Si la flor y nata de nuestra intelectualidad, reunida a comisión para desbrozar el panorama literario internacional, no va más allá de unos conceptos avulgarados, nada más lógico que este humilde cronista quede eximido desde ahora mismo de cualquier esfuerzo por igualar siquiera el juicio de tan docto tribunal.

Largo monólogo

Para el lector español Roth no es precisamente un desconocido. Desde que a finales de los años 60 Plaza y Janés incluyera en su colección Reno Niños y hombres (renombrada hace poco como Deudas y dolores), sus obras no han dejado de traducirse, bien que en un ir y venir fugitivo por distintas colecciones. En los últimos tiempos se han repartido entre dos o tres editoriales, en lo que parece la estudiada política de un agente literario al que basta saber que se le conoce internacionalmente como El Chacal. A Roth, que publicó su primera colección de relatos, Goodbye, Columbus, con apenas 26 años, y a la que seguirían Deudas y dolores y Cuando ella era buena, la resonancia internacional le alcanzaría tras la polémica aparición en 1969 de su tercera novela, El mal de Portnoy –traducida aquí en 1977 con la palabra mal convertida en lamento-. El relato, que es un largo monólogo de uno de sus personajes recurrentes, el escritor Nathan Zuckerman, desde el diván del psicoanalista, quedó definido por el propio autor como un texto “escandaloso, agresivo, áspero, cuya concepción y composición estuvieron indudablemente  influidas por el ambiente de la época”. El libro ahondaba sin reservas en una visión desinhibida y cómica del sexo y generó tal polémica que logró multiplicar fabulosamente la venta de sus libros, y con ella los ingresos económicos. Una fama desmesurada le movió a abandonar Nueva York para escapar del protagonismo de los más disparatados rumores y poder encontrar en el campo el sosiego necesario para seguir escribiendo. Ahora, cuando la edad le vuelve insoportable el crudo invierno de Warren (Connecticut), regresa a Nueva York para pasar largas temporadas. Su producción literaria es amplia y, como sucede a menudo en estos casos, no todas las obras alcanzan la altura de las mejores. Dicen sus especialistas que Pastoral americana es su novela más lograda, pero es seguro que tampoco estará muy lejos de esa valoración La mancha humana, en la que indaga en las consecuencias de la corrección política en un entorno universitario, y que junto a Me casé con un comunista componen la Trilogía americana, que protagoniza de nuevo Nathan Zuckerman y que recientemente ha sido recopilada en un solo volumen por Galaxia Gutenberg.

Roth, que tiene ahora 79 años y ha visto arrancar la publicación en 28 volúmenes de su obra completa en la prestigiosa Library of America, un honor que solo han recibido en vida dos autores, su amigo Saul Bellow y Eudora Welty, ha venido entregando en los últimos años una serie de magníficas novelas cortas que no solo no han obrado en contra de una fama ya atesorada, sino que han permitido comprobar otra vez el buen estado de su altísima sabiduría narrativa. Además de Elegía, títulos como Sale el espectro, Indignación o Némesis, la más reciente de todas, revelan a Roth como un auténtico maestro de un género, el de la novela corta, en el que también hay que añadir Humillación, un relato que, no obstante, suscitó dudas entre la crítica. Estas últimas obras componen una tetralogía inesperada –“una extraña serie”, dice él- en las que aparecen la muerte, la vejez, el declinar de la existencia humana al que acompañan la enfermedad y las limitaciones de todo tipo. Tras haber abordado obras de enorme calado, Roth sintió la necesidad de embarcarse en un formato más reducido que entonces era un enigma para él. Los frutos demuestran que salió más que bien parado del empeño y ahora, cansado de ese descubrimiento formal, ha anunciado entre bromas y veras su voluntad de escribir un largo libro que le tenga ocupado hasta su muerte. Con un punto de humor negro añade que intentará acabarlo en su último día. Si eso resulta más o menos así, podemos sospechar que muy probablemente Roth volverá de nuevo a ese viejo barrio judío de Newark en el que transcurrió su infancia y que, para incomodidad de otros judíos y deleite de sus muchos lectores, ha dado forma a todo su mundo literario. Un mundo literario que ahora ha sido recompensado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y quién sabe si pronto con el Nobel de Literatura. Es seguro que si llega ese día sus partidarios de la Philip Roth Society dejarán todo para comunicárselo rápidamente al mundo entero.

Publicado en Escuela, 14 junio 2012

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s