La exitosa soledad de Hopper

Lejos de borrarse de la memoria en la inmediatez de la muerte, como afirmaba que sucedía con la mayor parte de los pintores, Edward Hopper (1882-1967) ocupa 45 años después de su fallecimiento un lugar destacadísimo en nuestra apreciación artística. Algo a lo que no es ajena, desde luego, la atención dispensada en estas últimas décadas por importantes centros de poder artístico, como el  Whitney Museum of American Art de Nueva York, con su retrospectiva de 1980; la Tate Gallery de Londres (2004), o la National Gallery of Art de Washington (2007), entre otros museos. En España la muestra de la Fundación Juan March  (Madrid) de 1989 hizo de Hopper un artista muy popular y convirtió en recurrente la voluntad de no pocas editoriales por incorporar reproducciones suyas a las portadas de libros, algo en lo que la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi ya se había adelantado al elegir en 1983 Oficina en Nueva York para la cubierta de aquellos cuentos de El museo de los esfuerzos inútiles (Seix-Barral), a los que tan bien sentaba la pintura del artista por excelencia de la soledad y la incomunicación. Sus óleos encontraban acomodo en las portadas de los libros, como muchos años antes sus ilustraciones habían iluminado las de las revistas ilustradas.

Desde muy joven había sentido Hopper inclinación por el dibujo y la expresión artística y, tras sus estudios en la Escuela de Arte de Nueva York, alternará durante varios años su trabajo como ilustrador y artista publicitario con viajes a París, en donde pinta y conoce de cerca la obra de los grandes maestros. Aprovechando su presencia en la capital francesa se desplaza hasta Londres, Amsterdam, Madrid o Toledo, y a su paso por España no deja de visitar el Museo del Prado y de asistir a una corrida de toros, de la que no extrae una impresión precisamente favorable. De vuelta en Nueva York, retomará su trabajo como ilustrador de revistas comerciales y empezará a mostrar algunos cuadros en exposiciones colectivas. Pero, como esa le parece una tarea menor, no tardará en quejarse del trabajo que le procura el sustento, mientras le constriñe la dedicación que quisiera para la pintura. Aunque la primera venta de un cuadro suyo se formaliza en 1913, no será hasta 1925 cuando eso que se suele denominar éxito le permita prescindir de su trabajo mercenario y dedicarse por entero a su auténtica pasión. Para entonces, el solitario y lacónico Edward Hopper ha contraído ya matrimonio con una sociable pintora, Josephine Nivison (1883-1968), muy atraída también por la cultura francesa, a la que hacía años que había conocido, pero de la que solo muy recientemente se habría enamorado.

Resentimiento

Josephine tendrá un papel destacado en uno de sus primeros triunfos. Pocos meses antes de la boda, Jo recibe una invitación para participar en una colectiva del Brooklyn Museum of Art de Nueva York y, por mediación suya, se hace extensiva a Hopper. La obra de su marido recibe los mejores elogios y por primera vez un museo adquiere uno de sus lienzos. Durante toda su vida Jo sería víctima de un resentimiento tenaz hacia Edward, que la llevaría a acusarlo de menospreciar su tarea artística y de no hacer nada por un trabajo pictórico que cada vez se distanciaba más del creciente prestigio que rodeaba a su marido. Quizá no sea arriesgado suponer que ese rencor pudo empezar a echar raíces ese día en aquel museo de Brooklyn.

A lo largo de esa convivencia con la que solo pudo la muerte de Hopper en 1967, un año antes de la de Josephine, y a pesar de esa especie de rencor profesional que habría de originar más de una escena violenta entre ellos, Jo se convertirá en el único modelo femenino de su marido. En estas salas del Museo Thyssen-Bornemisza, en donde en un rincón se proyectan las ilustraciones que a Edward Hopper se le antojaban de poco mérito, la figura de Josephine Nivison se repite en la mayor parte de los cuadros en los que aparece representada una mujer. Es la joven que sentada en la cama de un hotel al que acaba de llegar lee una guía de trenes después de despojarse del vestido, de sus zapatos y de su sombrero. La que pulsa aburridamente con un dedo las teclas de un piano mientras su marido presta atención al periódico en el salón de una casa de grandes ventanales abiertos. Aquella a la que no le importa posar desnuda  para Mañana en la ciudad, la que lee un libro sentada en una butaca azul mientras su acompañante masculino fuma un cigarro frente a otra ventana, la misma que incorporada sobre el lecho abraza sus piernas mientras se deja acariciar por el sol e idéntica, en suma, a la que, disfrazados los dos de arlequín, se acerca al proscenio del teatro para despedirse de la vida en Dos cómicos, el último cuadro que pintó Hopper. El autorretrato del artista es uno de los primeros con los que se encuentra el visitante, pero por las salas del museo voy en busca de alguno de esos contadísimos cuadros en los que él la retrató expresamente, no como la modelo con la que componer un personaje de mujer, sino como Josephine Nivison. O, simplemente, como Jo. En una exposición espléndida como esta en la que no obstante se echan a faltar muchas piezas, no encuentro tampoco ni la acuarela ni los dos óleos que he logrado identificar en mis pesquisas cibernéticas. Las tres obras tienen muchos rasgos en común. En las tres está Jo de espaldas. En dos de ellas el escorzo oblicuo no permite apreciar su rostro, y en la restante aparece en la playa cubierta por un sombrero que tapa su cara por completo. Curiosamente, en las tres está haciendo aquello que Hopper tanto subestimaba en ella, pintar. Trabajo, sin duda, para psicoanalistas.

También la posteridad intervino contra ella. Una vez fallecida, los herederos legaron obras y el archivo de ambos al Whitney Museum of American Art, pero sus responsables valoraron en poco el legado artístico de Josephine y se deshicieron de él. Mientras su obra sigue siendo una gran desconocida, la de su marido goza de una enorme reputación y es reclamada por importantes museos de todo el mundo. Además de en muchísimas portadas de revistas y libros, la obra de Edward Hopper se reproduce a cada momento en multitud de soportes materiales, pero también en los inmateriales. Para que se despliegue ante mis ojos un carrusel con imágenes de esos cuadros suyos en los que como en ningún otro sitio habita la soledad, me basta con poco más que ponerle a esta crónica su punto final. Este.

Publicado en Escuela, 21 junio 2012

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s