Del pizarrín, a la pizarra digital

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Los cimientos de nuestro sistema educativo se tambalean de manera inexorable cada vez que la OCDE publica una nueva edición del informe Pisa. Con menor frecuencia, alguien pregunta a los alumnos de 2º de Bachillerato por los estudios universitarios que les gustaría cursar y pone sobre la mesa el dato de que, tres meses antes de verse obligados a tomar una decisión tan crucial para sus vidas, la mitad de los jóvenes no sabe aún qué carrera elegirá. Una desorientación tal no cabe considerarla más que un fracaso mayúsculo del sistema educativo. Pero, en contra de lo que ocurre con las competencias lectoras, matemáticas o científicas de los alumnos quinceañeros, nadie se alarma por tamaña indecisión entre los de 17 o 18. No cunde la preocupación. Parece que diera lo mismo.

Se acuerda uno de este dato inquietante leyendo el último libro de Carmen Guaita, que lleva por título Memorias de la pizarra. Enseñanzas para hoy de los maestros de ayer (San Pablo). El volumen, prologado por Fernando Savater, recoge las vivencias, los recuerdos y las reflexiones de nueve docentes sobre lo que ha sido su trabajo en las aulas. Y en esa rememoración, que se extiende desde la guerra civil hasta casi ayer mismo, surge una y otra vez una palabra hoy prácticamente en desuso y sin embargo tan importante: la vocación.

Frente a los jóvenes bachilleres que se examinan de selectividad esperando que sus dudas las resuelvan a medias la nota obtenida en la prueba de acceso y la que, a modo de cancerbero, establece cada facultad, estos docentes generosos en años y experiencias no dejan de subrayar la importancia de esa inclinación especial hacia unos estudios, una carrera, una profesión determinada. Nos lo recuerda uno de ellos, José María Parra, maestro, licenciado en Pedagogía, doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación y profesor titular durante muchos años en la Universidad Complutense y en la Escuela de Magisterio Pablo Montesino, cuando dice que la vocación es la condición primera y prioritaria del verdadero educador. Según Parra, la vocación implica disfrutar con la enseñanza, “gozar comprendiendo e indagando, gozar descubriendo algo y ofreciéndoselo a otro”.

Tampoco está de más la advertencia de Joaquín Campillo, que empezó como maestro de escuela en 1938 y tras jubilarse en 1986 como Inspector General de Servicios del Ministerio de Educación aún siguió en las aulas como profesor de Filosofía en la Universidad San Pablo CEU. Este antiguo colaborador de aquella ESCUELA a la que en otros tiempos acompañaba un adjetivo toponímico y lucía cabecera de raigambre imperial asegura que la aptitud y la vocación son conceptos inseparables e irremplazables en la docencia, y que, mientras la primera se calibra en las pruebas de acceso a la universidad, no ocurre lo mismo con la segunda, a la que nadie tiene en cuenta ni en esta ni en ninguna otra profesión. Lo dice bien claro para que quien quiera lo entienda: “Tal vez el descrédito actual de la profesión docente pueda provenir en parte del enorme aumento del número de profesores que han propiciado las reformas de los últimos años, ya que muchos tal vez han accedido al magisterio sin vocación”. Campillo se atreve a decir lo que muchos saben y no siempre dicen.

Esfuerzo colectivo

Pero Memorias de la pizarra no es un libro sobre la vocación docente. Es mucho más. Es un repaso a unas trayectorias profesionales, a sus temores y esperanzas, a esa errabundia por las aulas de nuestra geografía hasta conseguir un destino definitivo, a la capacidad de innovación y mejora, a los éxitos, pero también a los fracasos. Maestros y maestras que encarnan el esforzado tránsito de un país desde el pizarrín hasta el ordenador y la pizarra digital. Sus vidas hablan de un sistema educativo que corre en pos de una excelencia a la que nunca se le da alcance y que cada poco se burla de un esfuerzo colectivo que nunca resulta suficiente y siempre parece equivocado. Pero antes que nada, esos monólogos, que luego se completan con el comentario anejo de la autora, son el testimonio de unas vidas que tuvieron ante sí la responsabilidad de enseñar y educar a varias generaciones de alumnos y que probablemente habrán dejado una huella imborrable.

No es difícil sucumbir a la emoción en bastantes momentos. Como ese en el que Teresa Pérez recuerda el caso de Mari Jose, una niña “muy alta, muy madura, muy cercana y muy cariñosa” de Los Pizarrales, entonces uno de los barrios más deprimidos de Salamanca.  A aquella alumna que sobresalía de entre las demás y a la que los conocimientos de la Enciclopedia Dalmau se le quedaban cortos, la maestra le preguntó por unas intenciones profesionales que quedaban todavía muy lejos. Sin el titubeo de cualquier alumno de Bachillerato de hoy, ella respondió muy segura que quería ser médico. Se interesó por la profesión de su padre –albañil- y por la de su madre –vendedora de boletos de rifa-. En ese momento la maestra fue consciente de las dificultades casi insalvables que se presentarían para que Mari Jose pudiese llegar a cumplir su propósito, y que cualquiera comparte en este resumen de tres palabras: “Ave María Purísima”. Lejos de arredrarse, Teresa Pérez hizo todo lo habido y por haber y, llegado el momento, Mari Jose pudo entrar en la Facultad de Medicina y sacar adelante sus estudios con sobresaliente.

Cuántas veces no se habrá repetido este caso, y el futuro de un alumno no habrá dependido de la tenacidad de un maestro o una maestra, tanto como de la valía de un estudiante sin medios económicos a su alcance. Tampoco falta en estas páginas, no se crea, el desaliento y la frustración ante la incapacidad por ayudar adecuadamente a un alumno en dificultades. Pero en estas nueve historias sobrevuela esa definición que en un momento dado Carmen Guaita da de lo que es, para ella, la clave de la educación: “Ayudar a cualquier niño, sea cual sea su punto de partida, a convertirse en una persona completa, equilibrada, feliz y capaz de hacer felices a los demás. Es decir, una persona que sepa afrontar cada circunstancia de la vida con el sustrato de unos valores personales y sociales, y con el apoyo del conocimiento y la cultura”. Memorias de la pizarra es, sin duda, un libro de gran interés para todo aquel cuyo tiempo profesional transcurra en un aula llena de jóvenes alumnos, pero debiera ser de lectura obligatoria para quien quiera dedicarse a la enseñanza, porque en él encontrará el conocimiento, la sabiduría vital, la experiencia y las advertencias de quienes ya han recorrido esa trayectoria y desde la cúspide de unas vidas cumplidas pueden hablar con conocimiento de causa.

Publicado en Escuela, 28 junio 2012

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