La maleta de Capa

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En abril de 1954 Robert Capa pasa tres semanas en Japón. Allí, a sus 40 años, es aclamado como un héroe de la fotografía moderna. Un día recibe una llamada desde Nueva York. Uno  de los responsables de la revista Life le propone sustituir al fotógrafo que cubre para ellos la guerra de Indochina, que necesita ser relevado. Movido menos por el sentido del deber que por lo atractivo del encargo, Capa acepta. El 25 de mayo, después de fotografiar a una patrulla de soldados franceses que avanza en el camino de Thai Binh, estalla una mina antipersona que acaba con su vida. El nombre de Robert Capa se sitúa entonces definitivamente en los ámbitos de la leyenda. Casi sesenta años después, la vida y la obra del fundador de la agencia Magnum siguen suscitando un buen número de enigmas que no dejan de alimentar las pesquisas de una legión incesante de biógrafos, historiadores, novelistas, cineastas y estudiosos de la fotografía.

Estas dos cajas de fabricación artesanal cuyas celdillas de cartón contienen enrollados varios miles de negativos sobre la guerra civil española, y que yacen estos días de verano madrileño en la penumbra de una de las salas del Círculo de Bellas Artes, forman parte también de esa oscuridad que en ciertos momentos rodea la figura del fotógrafo húngaro. De estos 4.500 fotogramas conservados en lo que alguien bautizó libremente como ‘la maleta mexicana’ se conocen algunas cosas y se ignoran otras muchas. Se sabe que las cajas se confeccionaron en 1939 en París, a la vista del inquietante avance de las tropas nazis, y que fueron confiadas por Capa a su ayudante de laboratorio, Csiki Weisz, quien las metió en una mochila y viajó con ellas en bicicleta hasta Burdeos para intentar embarcarlas hacia México en un viaje que habría de demorarse algunos años y que tendría un porteador inesperado. En su periplo Weisz encontró a un chileno que aceptó llevarlas a su consulado para evitar así su requisa o su destrucción. En ese preciso momento la pista sobre estos 165 carretes que contienen una parte del trabajo  realizado en España por Robert Capa, Gerda Taro y David Seymour, Chim, desaparece por completo y no volverá a aflorar hasta 56 años más tarde, y en México. En esos meandros caprichosos del tiempo y del azar, que han permitido que estas imágenes de un país devastado vuelvan temporalmente al lugar en el que fueron captadas, tienen su lugar reservado un general, embajador mexicano ante el gobierno colaboracionista de Vichy; un director de cine mexicano que heredará décadas después el material a la muerte de una tía, amiga del general; un hermano obsesionado con preservar el legado y el buen nombre del famoso fotógrafo; otra cineasta mexicana; un escritor, un biógrafo y una larga negociación prolongada durante una década entera.

Semana Santa

Cuando en compañía de Gerda Taro viaja en tren a Barcelona a principios de agosto del 36, España no le es del todo desconocida a Capa. Exiliado en septiembre de 1933 en Francia, en donde se refugió huyendo desde Berlín del nazismo, había llegado por primera vez a nuestro país un año antes. Endre Ernö Friedmann aún no se hacía llamar Robert Capa y ni siquiera tenía la certeza de que la fotografía fuera a ser su medio de vida, pero venía a España a captar para los lectores franceses o alemanes el intento absurdo de un coronel que perseguía en traje de buzo un récord de elevación en globo o a los penitentes de la Semana Santa sevillana, que tanto le recordaban a los miembros del Ku Klux Klan. El mito que lo identifica como el gran fotoperiodista que acabaría siendo empieza a fraguar aquí, en este país que recorre junto a las tropas republicanas y en donde va retratando a los milicianos que en el frente sostienen sus fusiles entre los sacos terreros, a los voluntarios que llegan para defender la República, los momentos de descanso de los soldados, la huída de quienes temiendo la llegada de los fascistas toman un camino que los conducirá al exilio o uno de esos campos de internamiento que los franceses levantaron en Argelés-sur-Mer, Le Barcarès o Montolieu y cuya vigilancia encomendaron a siniestros senegaleses. En estas copias -inéditas algunas, muy conocidas otras-, como en esas hojas de contacto que nos obligan a acercar mucho los ojos para poder captar bien todo su contenido, y en este edificio que jugó su papel durante la guerra y en cuyo sótano hubo una checa republicana en los primeros días de la contienda, aflora de nuevo un pasado que sigue pesando como una losa de granito sobre un país incapaz todavía de dar sepultura a tantos muertos enterrados en cunetas y fosas comunes. Viendo estas imágenes tendemos a pensar que es una historia lejana, un material sepultado en los libros. Pero en la memoria de unos pocos octogenarios es el recuerdo vivo que los lleva, por ejemplo, a reconocerse entre el público atraído por un avión capturado y expuesto a la curiosidad en un paseo céntrico.

El Chim nacido en Varsovia en 1911 que fotografía en Badajoz a la madre que da el pecho a su hijo durante una reunión callejera sobre la reforma agraria, o que documenta la incautación de palacios y conventos y la preservación de su patrimonio artístico, morirá en 1956 por los disparos de la metralleta de un francotirador egipcio. Gerda Taro, la alemana a la que Fred Stein fotografía alegre junto a Capa en un café de Montparnasse o ante su máquina de escribir, pero también la que acude al frente o se adentra en un depósito de cadáveres en Valencia, fallecerá a los 27 años aplastada por un tanque mientras cubría en julio de 1937 la batalla de Brunete. El Robert Capa que nació en Budapest en 1913, que cubrió la guerra civil española, el desembarco de Normandía o el nacimiento de Israel en 1948, que creó la agencia Magnum y que un día de 1954 disfrutaba en Tokio de los placeres de la fama cuando recibió la propuesta de fotografiar una guerra cercana, morirá en lo que entonces era Indochina al pisar una mina antipersona. Capa dejó un legado fotográfico impresionante y un lema bien conocido que es un dogma para profesionales y aficionados: “Si las fotos no son suficientemente buenas, es que no te has acercado lo bastante”. Qué duda cabe de que los tres se acercaron más de lo imprescindible y de que sus fotos son excepcionalmente valiosas.

Publicado en Escuela,

 

 
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