Una geografía personal

Isabel_Nunez

 

Las ciudades en las que se ha vivido están repletas de pequeños recuerdos, de minúsculas teselas que forman el mosaico de nuestra memoria y que para nadie más que para nosotros tendrán significado. A veces esos recuerdos diminutos se desgajan, se echan a rodar y nos asaltan de improviso al recorrer una calle, al pasar ante un portal, al divisar una ventana, al abrir de nuevo un libro o al contemplar otra vez una película. Si algo es la vida, es memoria, y esa calle que alguien transita ahora despreocupadamente, el portal por el que pasa de largo o aquella ventana indistinta serán para otros el reencuentro con un momento preciso de su vida pasada. Pero en ese reencuentro ya nosotros no somos los mismos. Si acaso, espectros que quisieran regresar a un tiempo que ya no existe.

‘Aquí vivía yo’ es un cuento brevísimo que su autora, Jean Rhys, dictó siendo ya octogenaria y que se publicó originalmente en 1976 en un libro de relatos traducido aquí como Que usted la duerma bien, señora. En dos páginas escasas, una mujer que recuerda bien cada una de las piedras que aún permiten vadear el río avanza por una carretera más ancha que la de antaño, aunque bordeada por los mismos árboles, y siente cómo su corazón late con una fuerza inusitada al detenerse ante los escalones de una casa desprovista ya del ciprés, pero no del árbol tropical, que no ha olvidado. Saluda sin encontrar respuesta a un niño y a una niña que encuentra junto al frondoso mango, y sospecha que su falta de cortesía no es sino la propia de los europeos nacidos en el Caribe. Se acerca a ellos y les dice: ¡Aquí vivía yo! Tampoco encuentra esta vez réplica y, al sentir el irreprimible deseo de tocarlos, el niño y la niña solo perciben el frío que se ha levantado de repente y que hace conveniente la entrada en casa.

Isabel Núñez menciona el cuento de la escritora antillana en las líneas finales de Mis postales de Barcelona (Triangle) y recuerda cómo Enrique Vila-Matas se refería a él y a un personaje de Los papeles póstumos del club Pickwick en un capítulo de fantasmas de El viajero más lento. ‘Aquí vivía yo’, debió pensar también Núñez al ver que se alquilaba un piso en un edificio que le traía viejos recuerdos. Sintió el impulso de visitarlo, como si eso le restituyera por un momento aquel otro tiempo. Fue entonces cuando descubrió que un falso parqué había sustituido al espléndido mosaico del suelo y que con la desaparición de los cristales biselados de estilo art-decó de las puertas se había desvanecido también la mágica luz antigua que aquel espacio contenía.

La ciudad y la biografía

Mis postales de Barcelona es un recorrido por los lugares de la memoria, a los que confronta con la realidad del presente. Traductora y escritora, Isabel Núñez (1957) se sitúa frente a aquella casa de la calle Herzegovina para desplegar su propio mapa de los rincones queridos de la ciudad a la que llegó con cinco años desde su Figueres natal. En ese trayecto la trama de la ciudad y su propia biografía se mezclan en una urdimbre por la que asoman el barranco infantilmente misterioso de la Torre Castañer –allí donde Antonio Machado se refugió camino del exilio al final de la guerra civil-; el pequeño paraíso libre que, frente a la opresión del hogar paterno, constituía la casa de un grupo de estudiantes mallorquinas; el Zeleste de la calle Platería, la vieja sala de fiestas en la que lo mismo tocaba Bill Evans que Jaume Sisa; la calle Tuset, cuando no quería diferenciarse de Carnaby; la vivienda en la que puede que Cervantes se acogiera en su huída a Roma, o la última casa en la que vivió el poeta Mossén Cinto Verdaguer. Y, junto a esos edificios, la materia humana que les dio vida y que los vinculó para siempre a Isabel Núñez.

Mis postales de Barcelona no es un libro para turistas. Nadie encontrará en sus páginas la relación de lugares que ha de visitar obligatoriamente en la ciudad para atestiguar a su regreso una estancia en la ciudad de los prodigios, sea la de Marsé, la de Eduardo Mendoza, la de Ruiz Zafón o la de Ildefonso Falcones. Isabel Núñez huye de la ciudad arrasada por el turismo y encuentra refugio en una cartografía personal de la que forman parte una tienda de artesanía popular que regentó quien fue para ella una figura ‘energéticamente materna’, el cementerio casi marino de Poblenou, el puesto del Mercat de Sant Antoni en el que compraba a bajo precio piedras de azabache o hebillas modernistas o la casa que fue su escondite cuando su militancia comunista era motivo de persecución política. Hay una búsqueda de su propia trayectoria vital en este desordenado recorrido por la ciudad, pero también la necesidad de disfrutar con la hermosura de una fachada, la decoración de una puerta, el coqueto detalle de unos balcones, el trazo de un esgrafiado, la luz filtrada de unas persianas de madera, o con la esperanza que da el saber que hay edificios bellos que nos hablan de otro tiempo y que no han sucumbido todavía a la inclemencia de la piqueta y la especulación, esos ángeles siniestros que con parsimonia modifican la fisonomía urbana. Núñez reivindica esos destellos que no están en los libros, ni al alcance de los turistas de zancada rápida, sino de quien tiene la paciencia de buscar, mirar y disfrutar con lo que está al alcance de la vista. Y también de recordar y añorar. Por la arquitectura anodina que tantas veces suplanta la belleza de antaño, siente la autora poco aprecio, tan escaso como el que demuestra por esas brigadas municipales de Parques y Jardines que talan árboles añosos, una acacia, una palmera, un tilo, para sustituirlos por retoños que tardarán muchos años en dar algo parecido a la sombra.

“Siento nostalgia de los paisajes físicos del pasado, de los escenarios donde todo ocurría”, escribe Isabel Núñez, “pero no exactamente de lo que ocurría”. Sucede a veces que esos lugares nos traen la evocación del pasado, pero se trata de un pasado que quizá esté bien donde está, recluido en un tiempo que ya no existe. Volvemos a las ciudades en la que se ha vivido, y hay casas, ventanas, portales y calles que sabemos reconocer y que nos hablan de lo que ya sucedió, de lo desaparecido, de ese tiempo que nos acogió una vez y nos convirtió luego en espectros a los que nadie puede ver y que solo son capaces de suscitar involuntariamente un poco de frío. ‘Aquí vivía yo’, nos decimos acompañados de Jean Rhys y de Isabel Núñez. Todas las casas están repletas de fantasmas.

Publicado en Escuela, 13 septiembre 2012

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