Suicidios ejemplares

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Hasta no hace mucho, al levantar los ojos del libro que uno leía en el vagón del suburbano que lo llevaba al trabajo, aparecía un enjambre humano que portaba pesadas novelas de consumo, se enfrascaba en el repaso compartido del periódico que un desconocido había adquirido en el quiosco, dormitaba sobre un hombro ajeno o dejaba pasar ese tiempo huero escuchando una música que se desbordaba con generosidad por minúsculos reproductores privados. Pero nada es eterno e imperecedero, y ese paisaje matutino en poco tiempo ya es otro. Ahora cuesta encontrar a alguien que lleve en sus manos un libro encuadernado, un periódico de pago -y casi alguno gratuito: la crisis se los ha llevado a prácticamente todos por delante-, que comparta aunque no quiera su música y aun quien dormite en el hombro de otro. Además de por unos pocos lectores embebidos en misteriosos libros que se encienden y se apagan, el paisaje cotidiano del suburbano lo dibuja hoy una muchedumbre dedicada de un modo frenético a revisar, leer, contestar y duplicar a la máxima velocidad posible cuanto asoma por la pantalla de la pequeña computadora que alberga su relumbrante teléfono móvil. Era cierto: los tiempos están cambiando. Pero cuándo no lo han hecho.

Según la encuesta de Hábitos de lectura y compra de libros en España, que a cada poco encargan los editores para no perder de vista ni un segundo el pulso de su negocio, el transporte público es el segundo lugar habitual de lectura. Llevado por cierta intuición, tiende uno a sospechar que tal vez sea también el único, pero esas investigaciones se obstinan en rebatir la suposición y marcar una diferencia de 80 puntos porcentuales respecto al espacio que se cita en primer lugar: la casa. Conviene creer en las encuestas, aunque solo sea para que los sociólogos no compitan con los ingenieros, los arquitectos y los periodistas por un espacio al sol en las rebosantes oficinas del desempleo. Esos estudios aseguran que el 61,4% de los españoles de más de 14 años dice que lee libros. Eso afirman, lo que no equivale necesariamente a que sea verdad. Ya sabemos cómo se responde en este país cuando nos preguntan si leemos libros, si existe una burbuja inmobiliaria, si se producirán recortes en educación y sanidad o si se necesitará un rescate. Lo decisivo no es la realidad, que siempre nos cambia el programa electoral, sino salir presentables ese día en la foto. Después, cuando se haya ido el fotógrafo, qué importará todo.

Sin armar ruido

Leemos algo, ni mucho ni poco, aunque no tanto como quisieran los editores, por más que se detecte un incremento en el número de lectores. Pero las librerías cierran. La clausura de una librería ya no es noticia. Acompañando el naufragio de un país a quien el dedo del Financial Times ya estigmatizó con su advertencia en 2008, en los últimos años han sucumbido muchas. Silenciosamente. Con discreción. Sin armar ruido, como suele ser el mundo de los libros. En un momento de desolación económica, de incertidumbre existencial, cuando la generación mejor preparada está en paro o huye de un país en quiebra, y un ministro de Educación que desconoce qué cosa sea el rubor afirma que ese exilio forzado no constituye un fenómeno negativo, el que abra una librería, una gran librería además, resulta una novedad estimulante. Supone tal hecho noticioso, que la misma televisión pública que traspapela en el fondo de su minutado lo que millón y medio de personas piden en esos momentos en una ciudad de ese país acepta hacerle un hueco en la escaleta de su informativo.

Hasta hace unos pocos años, Madrid tenía motivos para envidiar de Barcelona algunas cosas: su belleza, la racionalidad de su urbanismo, el mar, la Fundación Miró y las librerías de La Central. La de dos pisos de la calle Mallorca y, sobre todo, la que en el Raval ocupa el espacio privilegiado de una antigua iglesia, la Capilla de la Misericordia. Luego, La Central desembarcó en la capital de España, en el Museo Reina Sofía, y desde entonces Madrid tiene alguna cosa menos por la que sentir envidia de Barcelona. La nueva librería, que ocupa un céntrico edificio con solera en donde estuvo la primera legación de Cuba tras su independencia, es grandiosa, hermosa por dentro y por fuera, cuidada hasta en sus últimos detalles, selecta en sus propuestas, prometedora. Un ciprés evoca el sentido de la hospitalidad, y un futbolín que apela a lo lúdico homenajea a su inventor, el gallego republicano Alejandro Campos Ramírez, conocido como Alejandro Finisterre, y editor en el exilio de León Felipe. Pero no solo hay libros y en unos cuantos idiomas en este espacio cuya inauguración en momentos tan inquietantes parece un homenaje vilamatiano a la ejemplaridad de algunas búsquedas de la muerte por propia mano. También hay un bar, un local de copas y un sinfín de objetos curiosos que salen al paso de quien gusta de los libros.

Abrir en estos días turbios una gran librería que va a contracorriente y apuesta solo por el papel, y aunque lo haga un grupo sólido y de la mano de la editorial italiana Feltrinelli, es una hermosa manera de asomarse al precipicio. Como no lo es menos inaugurar una pequeña, pero, a su escala, no menos ambiciosa, en una calle de Malasaña y ponerle por nombre Cervantes y Compañía. Los escritores que siguieron la estela del autor del Quijote, pero también los que le precedieron, no tendrían probablemente ningún reparo en desfilar detrás de don Miguel y en su insigne compañía. Ambas, la librería grande y la pequeña, tienen como materia prima el libro, ese objeto que para Mario Vargas Llosa es el transmisor de la cultura y la civilización, “esa forma de luchar contra la barbarie y la violencia”.

Publicado en Escuela, 20 septiembre 2012

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