Dos estilos

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El artista ahonda en las obsesiones de las que mana su obra y lucha en cada pieza por dar una forma nueva a ese nutriente. No se dará por contento hasta conseguir un estilo en el que se reconozca, que lo identifique, que sea cifra de su mundo interior y de su búsqueda de lo sublime. Pero ese hallazgo contiene en sí mismo los demonios de la repetición y la rutina. La lucha por seguir fiel al manantial de su creación, mientras esta se formula de un modo que ni él ni nadie haya utilizado antes: ese es el combate que a diario libra el artista. Cómo ser el mismo, siendo uno distinto cada vez. Cuando se acude a la Galería Juana de Aizpuru para contemplar una exposición de Alberto García-Alix, el espectador, por poco avezado que esté, lleva en su memoria unas cuantas imágenes suyas. Sabe reconocer su estilo, su predilección por el blanco y negro, el formato cuadrado de su Hasselblad analógica. Por las paredes blancas de unas salas que en otro tiempo debieron ser el reducto vital de alguna familia burguesa madrileña se suceden piezas realizadas en los últimos años que parecen un compendio de su obra. Están los retratos -un género que domina-, y los autorretratos: con camiseta blanca y titulado irónicamente Una vez más; adivinado al contraluz tras el tamiz de una cortina de cañas en Formentera; más allá de un cristal embadurnado de blanco, del que surge difusamente su rostro enmarcado en un círculo, o en ese vetusto y demediado maniquí médico en el que adivina un recuerdo de infancia. Aparecen esos edificios cuyas moles macizas se han prodigado en su obra desde hace una década, con su presencia inquietante. No falta la naturaleza a punto de revivir: el hermoso ramaje entrecruzado en ese momento preciso que dista por igual de su poda de invierno que de su renacimiento primaveral –Entrada al Purgatorio-; o el árbol ahorquillado que se le antoja una nota musical. También hay animales: una perra con su abriguito y el vendaje que acentúa la mutilación de una de sus patas, la crucifixión incruenta de un pájaro que abre sus alas muertas o ese cuervo amenazador captado en el momento de posar sus espolones. El mismo García-Alix, pero siempre distinto. El que se aferra a la Hasselblad y al blanco y negro, y el que cae seducido ante las posibilidades narrativas de la cámara de vídeo. El que crea los Tres vídeos tristes mostrados hace seis años en el antiguo depósito de agua del Canal de Isabel II y el que queda cautivado por el color para el que ya tiene en marcha. El que sigue buscando la emoción de la fotografía y el que se adentra en el mundo de las palabras.

Sonogramas

En la Galería Soledad Lorenzo trato de vincular entre sí las piezas que componen la exposición de José María Sicilia. ¿Qué tienen en común este burladero de la Real Maestranza de Sevilla y las dos esculturas móviles hechas en fibra de vidrio? ¿Qué relación guardan las tablas protectoras en las que los toros han dejado la huella de sus derrotes y esas incisiones indescifrables talladas sobre su superficie? Aún más: ¿qué conexión cabe establecer entre la guitarra eléctrica sobre cuya madera se han esculpido unos signos que parecen no responder a código alguno y esos trípticos de gran formato en papel japonés y tinta que nos reconcilian con lo que entendemos por el trabajo de un pintor? Y así y todo, ¿qué une esta obra con, por ejemplo, aquellas prodigiosas ceras y aquellas flores que vimos hace años en esta misma galería?

¿Hay un estilo que anude todo ello? ¿Pretende Sicilia huir precisamente de eso, de un estilo, de ser fácilmente identificable? A pocos metros, en una galería contigua, Gordillo se nos revela de una manera inconfundible en sus obras sobre papel y, enfrente, Chillida es el mismo de los papeles recortados y silueteados o de sus esculturas en terracota. En cambio, Sicilia parece escapar de sí mismo. En su obra hay una evolución acelerada, un tránsito que puede parecer radical pero que se realiza poco a poco, entre una muestra y otra, por más que desconcierte a quien se salte uno de los pasos y se encuentre al cabo de un tiempo con otro Sicilia muy distinto, olvidadas ya la cera de abeja sobre óleo licuado, las flores, la luz que se apaga, las puertas de bronce con inscripciones borrosas o las losas de mármol blanco. Pero entre una obra y otra suele haber un fino hilo de continuidad, algún elemento que en las nuevas remite a una anterior. Así, la representación visual del canto de los pájaros (sonogramas) que aparecía en la muestra anterior tiene ahora su continuidad en los tres trípticos de papel japón y tinta y en las dos piezas de fibra de vidrio que penden del techo, con el octógono como representación del pájaro y símbolo del alma.  O en el enigmático burladero, en donde se ha grabado sobre la madera la ‘transcripción’ de los mugidos de los toros en el momento preciso del apareamiento. El instante anterior a la vida y el momento previo a la muerte.

Probablemente la próxima muestra de José María Sicilia tenga un antecedente en esta exposición, acaso en las piezas sobre corian, ese resistente material sintético usado para cocinas y baños, sobre el que ha impresionado los sonogramas de las voces de gente viendo en Youtube el tsunami que en 2011 arrasó la coste noreste de Japón. Más allá de las advertencias de los críticos, tanto José María Sicilia, con Accidens, como Alberto García-Alix, con Un horizonte falso, prosiguen su búsqueda de lo artístico, la conquista de un estilo, ahondando en sus obsesiones: lo que sobreviene de improviso, el uno; el otro, las presencias atrapadas en un instante de eterno silencio.

Publicado en Escuela, 27 septiembre 2012

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