Joyas narrativas

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Hay libros escritos en esta misma lengua y publicados al otro lado del océano que tardan en llegar a nuestras librerías lo mismo que si precisaran de una ardua tarea de traducción que se prolongara durante años. Yo no sé en qué momento empezó a serme familiar el nombre de Leila Guerriero, ni tampoco cuándo supe de la aparición de un libro suyo que recogía algunos de sus reportajes. Tras buscarlo infructuosamente, recuerdo haberlo encontrado a mucha altura en las manos de un pasajero de avión y no poder sustraerme a la tentación de preguntarle cómo se había hecho con él. Internet, claro.

Podía haber caído en el olvido a causa de un precio que entraba en territorios prohibidos, y no lo hice, aunque sí pasó algún tiempo hasta que decidí probar suerte en la tienda virtual de una librería que hasta entonces siempre había cumplido a plena satisfacción mis encargos. Si lo que finalmente me decidió a intentarlo fue el precio sensiblemente menor que prometía, ya dentro de mis posibilidades, la esperanza se desvaneció en cuanto la tramitación embarrancó en las aguas cenagosas de la distribuidora. Ya había olvidado esa adquisición fallida, cuando el último día de mis vacaciones recibí un correo de la librería lamentando comunicarme la retirada del volumen una vez convertido en cuatro meses el plazo de quince días de reserva.

Tan pronto como logré deshacer el equívoco y bajar del avión, conseguí por fin tener el libro en mis manos. Pero la vida gusta de jugar con el azar y la casualidad, y ese mismo día supe que Frutos extraños, el libro de Leila Guerriero publicado por la editorial Aguilar en 2009 en Buenos Aires, Argentina, e impreso en Montevideo, Uruguay, aparecería al cabo de unos pocos días en el catálogo español de Alfaguara. Así, tres años después, sin la necesidad de una laboriosa traducción que justificara la demora y con una portada que adapta al formato de la editorial ese extraño injerto de una naranja y una manzana unidas con imperdibles, Frutos extraños. Crónicas reunidas 2001-2008, está por fin en las mesas de las librerías españolas.

Y bien, ¿quién es Leila Guerriero y qué tienen de particular estos reportajes? Leila Guerriero es una periodista argentina de 45 años que nunca estudió periodismo ni pasó por ninguna facultad ni escuela, ni taller alguno, pero que a cada poco es requerida aquí y allá para que explique cómo es eso que ella práctica, eso a lo que llama periodismo narrativo. En Frutos extraños reúne una serie de reportajes, o crónicas, o perfiles –puede discutirse el género-, que llaman la atención por su alta calidad literaria y su cuidada elaboración. Da igual que escriba sobre un hiperactivo magnate de la carne poseído por las ínfulas políticas, sobre un humilde gigante para el que el baloncesto fue un éxito efímero o sobre un ilusionista de un solo brazo que hizo de la magia el sentido de su vida. Da lo mismo si escribe sobre la transformación que encima de un escenario experimenta un médico cardiólogo que se convierte en un doble de Freddy Mercuri; sobre un equipo de forenses capaces de devolver la identidad a un manojo de huesos; sobre las empresas de venta directa que, convertidas en una suerte de secta, transforman la existencia de sus seguidoras; sobre un crítico de cine como Homero Alsina Thevenet, o sobre la vida de un intelectual eternamente fuera de sitio como Pedro Henríquez Ureña. Esos reportajes, esas crónicas, esos perfiles publicados en algunas de las mejores revistas de España, Argentina o Colombia, resultan fascinantes y devuelven al lector el respeto por el mejor periodismo.

Meses de trabajo

En una tarea privilegiada que expulsa las prisas o las urgencias que tan consustanciales son a este oficio, la exhaustividad lo domina todo. Cuando Guerriero elige a alguien sobre el que escribir, no le basta con someterlo a una entrevista sin tiempo tasado, ni a dos, ni a tres. Rastrea cuanto se sabe de él, lo acompaña hasta hacerse tan familiar que se vuelve invisible, habla con quien pueda proporcionarle ese pequeño detalle que se concretará luego en una frase, una línea, un adjetivo. Por más que en el momento decisivo de ponerse a escribir Guerriero prefiriera ser cantante de rock, diseñadora de moda o doble en escenas de riesgo, muchos periodistas envidiarían sus condiciones de trabajo. Sin contar los preparativos, en la escritura de uno de sus textos emplea entre veinte días y un mes y medio, en jornadas de doce, quince o dieciséis horas. “La crónica”, escribe, “es un género que necesita tiempo para producirse, tiempo para escribirse y mucho espacio para publicarse: ninguna crónica que lleva meses de trabajo puede publicarse en media página”.

Con todo, este periodismo narrativo de Guerriero, que toma recursos de la ficción para contar una historia real y que bebe tanto de la literatura y el cine como de otro tipo de relatos, tampoco es enteramente nuevo. Hace treinta años alguien lo hubiera denominado periodismo informativo de creación o periodismo literario, y antes nuevo periodismo, y aun antes de eso… Posiblemente todo se reduzca, como dice uno de los mandamientos de la reportera argentina, a descubrir cuál es la mejor forma de contar una historia concreta. Algo que en otro momento ya hicieron gentes llamadas Manuel Vicent, Maruja Torres, Montserrat Roig, Joseph Mitchell, Gay Talese, Tom Wolfe, Gabriel García Márquez, Truman Capote o Manuel Chaves Nogales.

Igual que ellos, Leila Guerriero hace un despliegue de talento con el que cautiva al lector de estas piezas periodísticas, de estas joyas narrativas. Aunque a veces los libros se hacen esperar, vale la pena. Si se demoran en otros paisajes, en climas distintos, y si en ocasiones atraviesan los océanos sin necesidad de otras lenguas, y si superan toda suerte de impedimentos y obstáculos, el azar hará que a la postre su disfrute sea todavía un poco mayor.

Publicado en Escuela, 4 octubre 2012

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