En el taller del pintor

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La visita al taller del pintor ha parecido siempre algo propio de galeristas, coleccionistas o críticos de arte. Para acceder al sanctasanctórum de la creación había que portar las credenciales de la amistad o del dinero, o bien ir acompañado de alguna encomienda periodística. Solo con ellas se podía penetrar en ese espacio casi sagrado en el que el artista se debate con sus demonios a cambio de buscar un poco de belleza en un mundo tan falto a menudo de ella. Esos lugares reservados, en los que con frecuencia conviven en desorden las obras concluidas y los lienzos por pintar, en medio de abigarradas mesas repletas de botes con pinceles, han suscitado una fuerte atracción a muchos fotógrafos. Entre la pléyade de novelistas, dramaturgos, cineastas, pensadores, músicos y pintores que contiene Tête à Tête, de Henri Cartier-Bresson, aparece el rostro ligeramente desenfocado de un Picasso circunspecto que poco tiene que ver con el que capta en el taller David Douglas Duncan ensayando con Jacqueline un paso de baile ante ‘Bañistas en La Garoupe’ o jugando a la comba con sus hijos Paloma y Claude.

El primer estudio de un pintor que pisó Jean-Marie del Moral fue el que Joan Miró encargó a su amigo Josep Lluís Sert en Palma de Mallorca. Miró había soñado siempre con disponer de un espacio así, amplio y luminoso. En un artículo publicado en París en 1938 contaba que en España nunca había tenido un verdadero taller. Al principio, escribe, trabajaba en habitaciones donde casi no cabía. “Mi sueño, en cuanto pueda asentarme en algún sitio, es tener un gran taller (…) para tener espacio y muchas telas, ya que cuanto más trabajo más ganas tengo de trabajar”. El pintor, al que le gustaba poco la presencia de extraños, franqueó el paso en 1978 a ese hijo de republicanos exiliados y le permitió que, al igual que algún otro fotógrafo como Catalá-Roca, nos dejara un impagable testimonio de su mundo tan personal. La fascinación que Miró le produjo fue tan grande, que a partir de entonces Del Moral retrataría a otros muchos pintores y escultores. Entre ellos, a Miquel Barceló, de quien se convertirá en su sombra para fotografiarlo de manera incansable dentro y fuera del taller a lo largo de 17 años.

Ateliers

Esos ateliers, esos ámbitos secretos reservados a unos pocos, se han abierto estos días en Madrid para que los aficionados fuesen testigos de cómo y dónde nace el arte de nuestros días. Un total de 78 artistas, vinculados a 38 estudios, se han sumado a una iniciativa que pretendía acercar sus espacios de trabajo a un público formado no necesariamente por galeristas, coleccionistas y amigos, y al que explicarle cuál es su forma de trabajar y de concebir hoy el objeto artístico. Ayudarle, en suma, a mirar. “El arte enseña a mirar: a mirar el arte y a mirar con ojos más atentos el mundo”, escribe Antonio Muñoz Molina en Ventanas de Manhattan, un libro en el que acompaña al lector, además de por algunos museos y exposiciones, hasta los talleres neoyorquinos de Manolo Valdés y de Francisco Leiro.

Los artistas convocados en Open Studio no se llamaban Picasso, ni Miró, ni Barceló. Tampoco Valdés ni Leiro. Aunque el nombre de algunos fuese Chema Madoz o Darío Villalba, y estuvieran en posesión de premios nacionales, de medallas de oro, de reconocimientos académicos, la mayoría formaba parte de ese magma en ebullición al que hoy se le da trato de artista emergente y de entre el cual ha de surgir el arte que se estudiará mañana. Dado que algunos tenían sus talleres lejos de la ciudad y otros en las afueras de la urbe, y la proximidad geográfica puede ser un criterio de selección tan bueno como cualquier otro, el azar hace que uno se adentre sucesivamente en el anexo de una iglesia anglicana, en un bajo con aspecto de estudio de diseño gráfico, en un local que podría albergar la consulta de un psicoanalista y en un piso de un confortable barrio burgués a punto de terminar su reforma.

En el Estudio Beneficencia, los pinceles manchados de óleo conviven con variopintos elementos recortados en fotografías de periódicos y con intervenciones de Lacan, Hitler o Woody Allen que desde la pantalla de un Mac generan movimientos gestuales cuyo garabato final abandonará su condición digital para convertirse en pixeles dibujados a mano y pintados con acuarela. Los integrantes de Boa Mistura, que lo mismo usan el Rotring que el Mac, tienen su taller en la calle, y allí tratan de embellecer con imágenes surgidas del aerosol los mismos horrendos muros grises cuya fealdad el Ayuntamiento de Madrid se esfuerza a toda costa por preservar. Cuando no tienen que recurrir las multas de 3.000 euros que les impone el mismo Consistorio madrileño que patrocina Open Studio, intervienen en barrios pobres de Sao Paulo, en donde de la mano de sus habitantes convierten en una obra de arte un rincón que hasta entonces solo había acogido basura, pobreza y miseria. Sobre las copas de los árboles que fotografía, Fran Mohíno proyecta una animación digital que invita a reflexionar, lo mismo que su serie sobre el voyeurismo, en donde aúna lo audiovisual, lo técnico y lo narrativo, o en las instalaciones que el propio espectador puede componer a su antojo utilizando al modo de un puzle una serie de piezas conectadas con trazos que unas veces recuerdan figuras y otras no. Alejandra Icaza, por último, utiliza el lienzo como una superficie en la que pintar y pegar objetos planos, con los que compone unos collages abstractos salpicados a veces con referencias figurativas.

Además de a unos cuantos coleccionistas, galeristas y amigos, Pablo Picasso, Joan Miró o Miquel Barceló abrieron sus talleres a David Douglas Duncan, a Jean-Marie del Moral o a Francesc Catalá-Roca. Los integrantes del Estudio Beneficencia, los de Boa Mistura, Fran Mohíno y Alejandra Icaza, lo mismo que el resto que ha participado en esta espléndida iniciativa denominada Open Studio, han hecho otro tanto con los suyos para que los aficionados descubrieran cómo nace el arte que hoy nutre las galerías y que mañana, quién lo puede saber, acaso cuelgue en las salas de un museo, junto a cuadros de Miquel Barceló, Joan Miró o Pablo Picasso. ¿Quién será el fotógrafo que dé cuenta de cómo eran entonces sus talleres?

Publicado en Escuela, 11 octubre 2012

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