El texto y sus enemigos

‘La maldición de releerse’, lo denominó Carlos Barral, y cualquiera que tenga trato más o menos frecuente con la escritura adivinará a qué se refería el poeta y editor catalán. El de escribir es un proceso salpicado de dudas e incertidumbres, en donde a cada momento hay que elegir y descartar. En el camino quedan las palabras rechazadas, los verbos arrinconados, los adjetivos desechados. Se puede dar por buena una frase, un párrafo, un folio. Se puede recorrer ese espacio y corregirlo cada vez. Se puede limar cada frase, pulir cada uno de los párrafos, dar por bueno un texto que nos deje más o menos satisfechos por su parecido con el propósito inicial. Solo entonces pulsaremos la tecla de enviar y nos olvidaremos de él. Luego, leyendo el periódico en el que se inserta, acaso tengamos la tentación de repasarlo para comprobar cómo fluye en el papel aquello que se escribió sobre un folio electrónico. Es entonces cuando uno se acuerda de Carlos Barral y, salvadas todas las distancias, se sabe víctima de la maldición de releerse. El adjetivo que tantas dudas suscitó revela su improcedencia de una sola vez. El verbo que venció a los cambios reconoce su derrota ante alguno de los que fueron desechados. Y la frase sobre la que pasamos una y otra vez sin que los ojos supieran advertirnos a tiempo se nos muestra al primer golpe de vista deforme y cojitranca.

El poeta y novelista Felipe Benítez Reyes aseguraba en un artículo recogido en su libro Papel de envoltorio que el principal enemigo de un escritor -y entiéndase aquí el término de manera generosa- suele ser él mismo. Pese a ello, añadía, su tarea no está exenta de otros contrarios, como los críticos malhumorados, el virus de la gripe, los ruidos ambientales y los correctores de estilo. En ese texto Benítez Reyes la toma con estos últimos, esos profesionales que suscitan su enojo, además de por poner una tilde a exegeta cuando el autor la prefiere sin ella (y de las dos formas lo permite la Real Academia), por transformar una azotea en un terrado o sustituir de manera sistemática un verbo como ‘coger’ que en otras latitudes no quiere decir exactamente lo mismo que en España. “Y así, en fin”, concluye melancólicamente el autor de Escaparate de venenos, “entre meteduras de pata propias y ajenas, lo escrito permanece y dura”.

Picadura irreparable

Camino de la imprenta, cualquier texto se expone a sufrir lapsus de todo tipo, errores de diverso calado y gazapos de cualquier especie. Las erratas son tan consustanciales a la escritura que nada ni nadie ha podido con ellas. Ramón Gómez de la Serna las consideró una suerte de microbios de origen desconocido y de picadura irreparable. El fuego interior de las linotipias funde en vano el metal de la composición, escribió, “porque la errata es un microbio que vive en el fuego”. Las imprentas de hoy hace mucho que dejaron de albergar linotipias, chibaletes y tipos de plomo. Los libros y los periódicos nacen ahora en sofisticadas computadoras dotadas de procesadores de textos y sagaces correctores ortográficos que sacan los colores a una palabra mal escrita, a un término que se aleja de lo gramaticalmente convenido, a una concordancia imposible. Podemos prescindir del teclista y ejercer nosotros mismos esa función con nuestros textos, pero es probable que ni así evitemos la presencia inoportuna de ese virus terrible.

La reprobación de Gómez de la Serna aparece recogida en Vituperio (y algún elogio) de la errata, un libro que puede proporcionar algún consuelo en el momento de pasar por uno de esos trances apurados, sea fruto de errores propios o ajenos. El libro de José Esteban es un repaso por algunas de esas meteduras de pata imposibles de domeñar. Como aquella nota con la que el poeta dedicó su jocosa obra a una señorita “anhelando que estos versos hagan reír a la boca más graciosa del mundo”, sin sospechar que el tipógrafo cambiaría la ‘b’ por una ‘l’. O como aquella otra deslizada en un poema de Ramón de Garciasol del que desapareció una ‘n’ en el verso que decía: “Y Mariuca [María del Pilar Falcó, su esposa] se duerme y yo me voy de puntillas”. Como una errata posiblemente no sea sino la precursora de otra, esa moderna imprenta que es internet ha traspasado la anécdota sufrida por Garciasol nada menos que a Garcilaso.

Cuando el lector no es testigo presencial, las erratas han de luchar contra la incredulidad. ¿Decía de verdad el periódico en el que Blasco Ibáñez publicó por entregas Arroz y Tartana lo que los cronistas aseguran del coño fruncido con el que aquella mañana se levantó doña Manuela? Hay que suponer que sí. Pero, ¿de verdad el nombre de la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica es una errata en la que el adjetivo debía ser en realidad Ecuménica, como asegura Esteban? ¿No será más bien un desliz del autor del vituperio…? Otras veces el lector del día se las encuentra recién despachadas. Hay que imaginar la cara de estupor de quien el pasado 29 de agosto se adentrara en la lectura de un artículo sobre los acontecimientos de 1812 en la solemne tercera página del periódico monárquico. Una fe de errores asumía un día después el fallo de edición que había llevado a publicar lo siguiente: «El mismo Napoleón así lo reconoce en Santa Elena: Esta guarra desgraciada me ha destruido». Quién sabe si divertido o indignado, el autor de la corrección se vio obligado a apostillar: “Aunque el contexto general del artículo permite asumir que el término correcto sería «guerra» conviene aclararlo para evitar los equívocos históricos a los que se presta el error”.

En estos tiempos inciertos, el oficio que tiene como meta la erradicación de estos deslenguados enemigos bien podría constituirse en un trabajo seguro y hasta vitalicio. Por el contrario, la crisis económica ha hecho del corrector una figura inmerecidamente superflua, como puede comprobarse a diario. Desde hace unos años, y a iniciativa de la Fundación Litterae, de Argentina, el 27 de octubre, natalicio de Erasmo de Rotterdam, se celebra de manera oficiosa el Día Internacional de la Corrección de Estilo. Es una iniciativa plausible, pero cabe temer que las erratas no entiendan ni mucho ni poco de calendarios, patrones o fiestas de guardar.

Publicado en Escuela, 18 octubre 2012

 

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