Lenguas en un espacio común

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Casi treinta y cinco años después de que la Constitución española empezara a perfilar una democracia que era entonces una costosa conquista diaria y que ha devenido en un simulacro repleto de fallas e imperfecciones, la nómina de asuntos para los que todavía no se ha encontrado una resolución digna es demasiado extensa como para no mover a la melancolía. Por citar nada más que algún ejemplo, casi siete lustros de democracia no han sido suficientes para desechar la idea de que no todos somos iguales ante la ley, para desenterrar sin cortapisas los muchos muertos que aún yacen en cunetas y en fosas comunes, para resolver la extemporánea presencia de la doctrina católica en la enseñanza de un país aconfesional o para lograr una armónica convivencia entre las lenguas que se hablan en el Estado.

Tantos años después de que el texto constitucional asumiera que la riqueza de las distintas lenguas españolas constituye un patrimonio cultural merecedor de especial respeto y protección, esos mismos idiomas siguen siendo objeto de enconadas polémicas, de combativos titulares periodísticos, de sentencias judiciales al máximo nivel. En las aulas, cada cierto tiempo son motivo de confrontación entre los partidarios de privilegiar la lengua vernácula y los defensores del castellano como idioma vehicular. Y en los tribunales los magistrados constitucionalistas dictaminan a día de hoy que la imposición de multas a los comercios que rotulen en uno de los dos idiomas cooficiales contraría la Carta Magna. Con altibajos, pero no sin que falten momentos de especial virulencia, próximos casi siempre a procesos electorales, la lengua, que es una herramienta de comunicación, no ha dejado de ser en todo este tiempo motivo de confrontación y discordia. En el Senado hubo que esperar hasta el año pasado para que por primera vez pudieran escucharse en la cámara de representación territorial el catalán, el euskera y el gallego. Con el Partido Popular en la oposición, la medida, que había aunado a socialistas y nacionalistas, fue tildada de pintoresca, espantosa, ridícula y disparatada. Con el PP aupado luego en la mayoría absoluta, la vuelta atrás dejaba de ser algo prioritario, por más que el presidente del Senado amagara con cargar contra el plurilingüismo ocasional de la Cámara Alta. En territorio amigo y con la excusa de la crisis económica y la necesidad de ahorrar, Pío García Escudero sugirió que los españoles quieren oír hablar a sus señorías “en la lengua que todos conocen”. Si se extendiera su tesis a otros ámbitos, los resignados espectadores de la televisión pública estatal dejarían de leer subtituladas las declaraciones que los políticos catalanes, gallegos y vascos realizan en sus respectivas lenguas y, en su lugar, escucharían una traducción al castellano, que es lo que, según la cuarta autoridad del Estado, parecen querer oír todos los españoles.

Fronteras y estigmas

Nuestra democracia no ha sido capaz de articular mecanismos de aproximación eficaces entre las distintas lenguas y culturas del Estado, de modo que cada una no resulte una extraña para la otra. En gran medida, la literatura que se produce en cada una de estas comunidades autónomas, regiones, nacionalidades o naciones a la espera de una declaración de independencia, sigue siendo una gran desconocida para el resto, más allá de algunos nombres capaces de traspasar unas fronteras que hoy por hoy solo existen en la imaginación: Manuel Rivas, Suso de Toro, Bernardo Atxaga, Quim Monzó, Carme Riera… Solo unos pocos más logran ser traducidos al castellano y, cuando lo consiguen, son tratados con un cierto desdén que los estigmatiza y los sitúa al margen de la tradición española.

Encontrar esos libros fuera de su ámbito idiomático y en la lengua en que se han escrito no resulta a veces una tarea sencilla. Aunque Internet facilite las cosas y Amazon prometa entregarnos en unos días el ejemplar deseado, pocas satisfacciones proporciona una librería como la de rebuscar entre sus fondos, hallar un título que desconocíamos o no buscábamos, hojearlo y decidir que no podemos regresar a casa sin él. En eso Internet todavía tiene que aprender. Sin demasiada dificultad se puede encontrar un libro escrito en catalán en una ciudad como Madrid, pero solo porque la propia Generalitat hace años que abrió un establecimiento desde el que difundir la cultura catalana. Sin embargo, si se pretendía comprar un libro en gallego el objetivo podía resultar algo más arduo. Aturuxo, que es un grito de júbilo que los mozos lanzaban en las fiestas populares, es también el nombre elegido para una pequeña librería que hace menos de un año abrió sus puertas con la intención de llevar el libro gallego hasta la capital de España. Aturuxo no cuenta con un apoyo institucional como el de Blanquerna, ni está en el cogollo donde se sitúan las grandes librerías. Se trata de una iniciativa modesta, sin un fondo demasiado nutrido y en donde los libros conviven con piezas de artesanía y algo de música. Pero ha sido allí, en medio de la conversación sobre la aventura de abrir una librería en tiempos convulsos, donde uno ha sabido de algo que ha tardado treinta años en ponerse en pie, siendo su existencia tan razonable como necesaria.

Promovido por el Instituto Cervantes y la Universidad de Alcalá de Henares, el Espacio de las Lenguas Ibéricas imparte cursos de lengua catalana, gallega, vasca y portuguesa, organizados con la colaboración de la Generalitat de Cataluña, la Xunta de Galicia, el Instituto Vasco Etxepare, el Instituto Navarro del Vascuence y el Instituto Camões, así como actividades culturales en torno al estudio de las mismas. No sabe uno bien el por qué, pero tiende a pensar que un centro de estudios como este, que debía ocupar un lugar central en la vida cultural de una ciudad y aun de un país, está forzado a llevar una existencia clandestina, de la que estos tiempos oscuros no la van a rescatar. Es una lástima. Si su labor se difundiera mejor y su trabajo se extendiera convenientemente, este país daría un paso enorme en la comprensión y el entendimiento entre unas y otras comunidades autónomas. Pero ese sería tal vez otro país. Un país ideal en el que, para dar una respuesta digna a cuestiones cruciales, no hubiera que dejar pasar treinta y cinco años, o más, ni fuese inevitable arrojarse en brazos de la melancolía.

Publicado en Escuela, 25 octubre 2012

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