Anomalías literarias

Javier-Marías

Si hay un autor español contemporáneo que no ha dejado de recibir premios, ese es Javier Marías. Su obra ha merecido galardones como el Nonino, cuyo jurado excepcional estaba formado por V. S. Naipaul, Peter Brook, Claudio Magris, Norman Manea o Edgard Morin; el Premio Austriaco de Literatura Europea, que habían obtenido autores como Harold Pinter, W. H. Auden, Italo Calvino o Doris Lessing, o, entre otros muchos, los Premios Alessio, Alberto Moravia, José Donoso, el Grinzane Cavour, el Nelly Sachs o el Rómulo Gallegos. Todos ellos comparten una naturaleza extranjera: Italia, Austria, Chile, Alemania, Venezuela… Marías es, con toda probabilidad, el escritor español vivo más reconocido internacionalmente. De sus libros, traducidos a más de cuarenta lenguas y publicados en una cincuentena de países, se han vendido más de seis millones de ejemplares. En las apuestas y rumores que cada año rodean la concesión de ese acertijo imposible que es el Nobel de Literatura, su nombre no deja de figurar. Sin embargo, hasta ahora ninguna de las once novelas que ha publicado había obtenido entre nosotros el más mínimo reconocimiento oficial, más allá de que Todas las almas recibiera en 1989 el Premio Ciudad de Barcelona, otorgado por el Ayuntamiento barcelonés; que Corazón tan blanco obtuviera en 1992 el Premio de la Crítica, que concede la Asociación Española de Críticos Literarios, o que Mañana en la batalla piensa en mí fuera destacada en 1995 con el Premio Fastenrath de la Real Academia Española. ¿Ceguera? ¿Desdén? ¿Menosprecio? El escritor español más valorado fuera de nuestras fronteras parecía ninguneado en su propio país, y ello pese a no ser un autor marginal ni ir a contracorriente, sino, por el contrario, gozar de una alta consideración, ser académico de la Lengua, escribir en el periódico de mayor prestigio o publicar sus libros en una editorial reputada. Todo ello conformaba una extraordinaria anomalía a la que en un momento dado el propio autor quiso poner, a su manera, remedio.

En 1995 Javier Marías decidió rechazar la invitación oficial que le formuló el Ministerio de Cultura para participar en el Salon du Livre de París, en el que España figuraba como país invitado. Acudió, sin embargo, a petición del Ministerio francés, y a partir de entonces declinó cualquier propuesta que proviniera de organismos oficiales españoles o implicara una contrapartida económica nacida de los presupuestos públicos. Así, a su queja por lo que entendía como una postergación en el estamento literario patrio, le sucedía el recordatorio de esa renuncia a todo lo que llevara un marchamo institucional. En el transcurso de una conversación con el periodista francés Michel Braudeau, publicada en libro con el título A propósito de un tal Javier Marías, el autor de Corazón tan blanco se dolía una vez más de que en España no se le apreciara particularmente y se quejaba de que, pese a contar con no pocos lectores, sus méritos se hubieran rebajado siempre. “Ninguna de mis novelas ha recibido un solo premio nacional, oficial. También es cierto que, si me concedieran uno, me apresuraría a rechazarlo; lo decidí hace años. No quiero nada del Estado, con independencia del gobierno que haya”, señalaba. Esa actitud la había repetido en numerosas ocasiones, pero hasta el pasado 25 de octubre no había habido posibilidad de contrastarla con la realidad. Y el caso es que la realidad se encargó de ponérselo fácil.

Actitud consecuente

Convocado por el Ministerio de Cultura, un jurado amplio y renombrado consideró ese día que Los enamoramientos era la mejor novela que se publicó el año pasado en España y, por tanto, digna del Premio Nacional de Narrativa 2012. La cuenta que Javier Marías tenía pendiente con la cultura oficial española encontró por fin su momento, que tanto se había demorado. Con educación, agradeció al jurado el que hubiera apreciado su novela más reciente y con la misma renunció al premio con argumentos que no tuvo que improvisar. “Sería una sinvergonzonería por mi parte aceptar ahora un premio cuando he estado tantos años diciendo que no lo recibiría. Es una actitud consecuente”, señaló a los periodistas. Era la forma de resolver una anomalía que había empezado a gestarse hacía veinte años, cuando su prestigio internacional aumentaba a marchas forzadas, sin que aquí tuviese apenas otro reconocimiento que el de un número cada vez más elevado de lectores. Esa monstruosa dicotomía ha llegado a alcanzar tales dimensiones que, cuando Javier Marías empezaba a figurar como serio aspirante a uno de los grandes premios por toda una carrera literaria, el Ministerio ha querido distinguirlo por una buena novela que probablemente no esté entre las mejores suyas. Algo así como el Pequeño Premio Nacional, del que hablaba Thomas Bernhard, frente al Grande. Bernhard obtuvo en 1967 el Premio Nacional Austríaco de Literatura, el Pequeño Premio Nacional, por su novela Helada, que su hermano había tenido la osadía de presentar en secreto al concurso. Pero para entonces el novelista y dramaturgo creía estar ya en una edad propicia para recibir el Gran Premio Nacional a toda una obra. “En secreto yo pensaba que el jurado se había permitido una desfachatez conmigo al darme el Pequeño Premio Nacional, cuando, en todo caso (…) me sentía como es lógico sólo absolutamente preparado para el Gran Premio Nacional y no para el Pequeño, de forma”, apunta en Mis premios, “que para mis enemigos literarios de ese jurado era por consiguiente un placer diabólico derribarme de mi estrado con aquel Pequeño Premio que me lanzaban a la cabeza”.

Probablemente, Javier Marías no tenga la necesidad de hacer frente a unas deudas como las que acuciaban a Bernhard y que lo llevaron a aceptar ese pequeño premio que detestaba y que tanto lo humillaba. Probablemente, su educado rechazo haya hecho explotar de una manera inusitada una anomalía que nunca debió haber crecido tanto, y cerrado cualquier debate sobre la pequeñez o grandeza de un galardón institucional. ¿Se atreverá ahora algún jurado a proponer su nombre para uno de esos premios definitivos? ¿Será Javier Marías el primer escritor en renunciar a un Premio de las Letras Españolas o al mismísimo Cervantes?

Publicado en Escuela, 1 noviembre 2012

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