La memoria y el olvido

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¿Otra maldita novela sobre la guerra civil, como diría Isaac Rosa? ¿Acaso no se han escrito ya todos los relatos posibles sobre el episodio más cruento del siglo XX español? ¿Queda algo nuevo por contar? Su impacto en la vida de nuestro país alcanzó dimensiones tan colosales y sus consecuencias son tan duraderas que no extraña que setenta y seis años después de la rebelión militar siga siendo motivo de enconadas polémicas, fuente de acusaciones, objeto de revisión y materia propicia para novelistas. Javier Cercas, Almudena Grandes, Antonio Muñoz Molina, Juan Eduardo Zúñiga, Julio Llamazares, Dulce Chacón, Alberto Méndez, Javier Marías, Isaac Rosa… En algún momento de su trayectoria literaria todos ellos han vuelto sus ojos sobre aquel tiempo atroz. En un artículo en el que celebraba la aparición de otra bendita novela sobre la guerra civilLa fiesta del oso, de Jordi Soler-, Cercas recordaba cómo en 1976 Juan Benet escribió que nada como la guerra civil había conformado de tal manera la vida de los españoles del siglo XX. “Y todavía está lejos el día”, agregaba en aquel librito aparecido en la editorial de Rosa Regás el autor de Volverás a Región, “en que los hombres de esta tierra se puedan sentir libres del peso y la sombra que arroja todavía aquel funesto conflicto”. Treinta y seis años después de que Benet publicara Qué fue la Guerra Civil y de que la democracia empezara a dar sus primeros pasos, aquel periodo trágico sigue ocupando los titulares de la actualidad, sea con ocasión de la muerte de uno de sus protagonistas destacados, con la apertura de alguna de las muchas fosas y cunetas en las que yacen todavía no pocas de las víctimas o con la aparición de una nueva novela que venga a echar algo de luz sobre aquella sangrienta contienda y sobre sus consecuencias.

Ahora es Andrés Trapiello el que, con Ayer no más, vuelve a asomarse a ese pozo sin fondo. ¿Otra novela sobre la guerra civil? Más bien, sobre la huella dejada en quienes la sufrieron y en sus descendientes, sobre la pervivencia de aquel desastre en nuestro presente, sobre cómo aquello sigue contaminando la vida de hoy. Trapiello no es un recién llegado a la materia. A él le debemos un colosal estudio sobre nuestros literatos en aquellos tres años feroces, y aun después, que lleva como título Las armas y las letras, felizmente reeditado, revisado y ampliado en 2010, y en donde no se arredró a la hora de descabalar prestigios hasta entonces intocables o de restablecer dignidades pisoteadas o echadas al olvido ante la indiferencia de unos y de otros. En el prólogo, el autor constataba que el interés por la guerra civil, lejos de difuminarse, había ido a más en los quince años que separaban la primera de la tercera edición del libro y aprovechaba para deshacerse de una acusación, la de mostrarse equidistante entre los dos bandos, culpables de desmanes semejantes. El autor de Las armas y las letras sostenía que los crímenes de unos y de otros fueron equiparables y que ni todos los que combatieron a favor de la República eran demócratas o herederos de los “irrenunciables principios de la Ilustración”, ni eran fascistas o dejaron de ser ilustrados todos los que se posicionaron junto a los sublevados y contra el Gobierno legítimo.

Novela coral

La necesidad de distinguir claramente entre ecuanimidad y equidistancia y de diferenciar entre víctimas y victimarios al margen de ideologías sobrevuela el duelo que mantienen en Ayer no más un padre y un hijo en el León de 2006. El padre es un nonagenario falangista que con diecisiete años tomó parte activa en la guerra. El hijo, un historiador progresista que ha superado la sesentena y que regresa a su ciudad natal. Este, Pepe Pestaña, es testigo del casual encuentro en el que un hombre, hijo de un campesino asesinado en su presencia hace setenta años, cuando solo era un niño de siete, reconoce al viejo falangista como integrante de la partida fascista que acabó con la vida de su padre. Ayer no más es una novela coral articulada en torno a las voces de la familia –el padre, la madre, el hijo, las hermanas-; las víctimas –el hijo privado desde su infancia de un padre cuyo cadáver busca para lograr morir en paz-; el entorno académico –los profesores universitarios que, desde una agrupación de la memoria histórica, más que la verdad persiguen su propio medro de la mano de una causa que les permita vengar la derrota-. Pestaña, que se debate entre la búsqueda de la verdad, su necesidad de honrar al padre y su deseo de ayudar al viejo campesino, se topará con el muro de silencio que su progenitor ha construido en torno a su pasado durante la guerra civil, con la incomprensión familiar y del entorno de las víctimas y con la rivalidad de sus compañeros de universidad que tratan de desenmascarar y llevar ante los tribunales a ese viejo falangista al que la guerra dejó un poso de amargura y un desasosiego perpetuos. El historiador, que llega a publicar una novela de rubeniano título, Ayer no más, termina por sentirse derrotado ante el clamor unánime suscitado en su contra: “He conseguido ponerlos de acuerdo: les haré felices cuando sepan que me han echado de aquí: mis hermanas, los parientes de Graciano, Mariví, José Antonio, mamá, mi padre…”; animado solo por la débil esperanza de que para poder vivir hay que tener la fuerza de destruir y liberarse del pasado.

Desde que el famoso parte dio el conflicto bélico por concluido han transcurrido setenta y tres años, y treinta y cuatro desde que la Constitución prometió construir un sistema democrático. Como pronosticaba Benet, los españoles seguimos arrostrando el peso y la sombra de aquel funesto conflicto. Mientras desaparecen poco a poco los testigos que lo alentaron y los que lo padecieron, el recuerdo de aquella guerra entre hermanos sigue vivo. “Los españoles acabarán olvidándose de la Guerra Civil por cansancio, no porque haya terminado”, vaticina en la interesante novela de Andrés Trapiello Pepe Pestaña. “Se olvidarán, pero mientras siga habiendo muertos en las cunetas, estos serán una semilla que el día menos pensado germinará con vigor inusitado reclamando justicia”. “O no”, se plantea el historiado,  antes de recordar que la memoria hay que cultivarla, porque el olvido crece solo.

Publicado en Escuela, 8 noviembre 2012

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