El Principito se hace mayor

El-Principito.-Foto-Ros-Ribas

El Antoine de Saint-Exupéry que en el transcurso de un almuerzo celebrado un día de verano de 1942 escucha en el neoyorkino café Arnold cómo su editor americano, Eugene Reynal, le propone escribir un cuento para niños es un hombre de 42 años angustiado y deprimido que sobrelleva mal el exilio, se niega a aprender inglés y comparte su vida con numerosas amantes, además de con su mujer, y al que a cada día que pasa se le acentúa más el virulento deseo de partir hacia Francia y volver a pilotar un avión con el que luchar por la liberación de su país. Para Reynal y su socio Hitchcock, Saint-Exupéry es un autor que, con Tierra de hombres primero y con Piloto de guerra después, les ha proporcionado sendos éxitos editoriales y al que no conviene dejar escapar. Inmerso, como lo ven, en un estado de amargura, al que contribuye no poco su confrontación con la comunidad francesa exiliada que encabeza André Breton, que lo acusa de colaboracionista, los editores temen que caiga en la ciénaga de la noche y la melancolía y descuide la escritura. Para ayudarle a combatir ese tiempo de espera y evitar la inactividad, Reynal le propone escribir un relato para niños. ¿Un cuento infantil? El Saint-Exupéry que no mucho después será capaz de alternar en solo unas líneas la alegría por volver a pilotar y la desesperación y la soledad interior acoge de buen grado la propuesta. Sí, escribirá un cuento infantil. ¿Por qué no?

El relato, calculan sus editores, deberá estar en Navidad en las librerías. Saint-Exupéry acomete el encargo con brío. “Una vez empezado el libro, estoy como poseído”, le confesará a su secretaria. A partir de las once de la noche y con una bandeja a mano cargada con grandes vasos de café solo, Saint-Exupéry va adentrándose en el mundo de ese pequeño príncipe, habitante de un asteroide apenas más grande que una casa y necesitado de amistad. Otras veces coge unas acuarelas como las que le regaló el cineasta René Clair o como las que compra en alguna tienda de Manhattan y, aunque no se considera un buen dibujante, va perfilando el niño travieso que lleva años dibujando sobre cualquier soporte a su alcance. En La verdadera historia del Principito, su autor, Alain Vircondelet, que tuvo acceso al legado neoyorquino de Saint-Exupéry conservado por su esposa, la salvadoreña Consuelo Suncín, además de a las confidencias de alguna de las muchas amantes del escritor, concluye que El Principito no es solo un cuento o una fábula, sino, antes que nada, un relato autobiográfico en el que aparecen entrelazados todos los motivos esenciales de Saint-Exupéry, “un retrato apenas disimulado de quien nunca hubiese querido abandonar la edad de su personaje”.

Éxito internacional

Acabado a finales de octubre de 1942, retocado y corregido en los dos meses siguientes, El Principito no llega a tiempo para las fiestas navideñas, como tampoco puede publicarse de manera simultánea en Estados Unidos y en Francia, de acuerdo con la pretensión de sus editores. Saint-Exupéry, que se siente abatido por la suerte de su país, se esfuerza en esos días por lograr volver al servicio activo y poder participar en la guerra, pese a contar ya con una edad que la comandancia estadounidense considera demasiado elevada para tripular una aeronave. En marzo de 1943 logra por fin la autorización que le permitirá unirse el 20 de abril a las tropas americanas y trasladarse al norte de África, desde donde podrá volver a volar. Al tiempo que en Francia Piloto de guerra recibe ataques feroces por parte de la prensa colaboracionista y es finalmente prohibido, a las librerías de Estados Unidos empiezan a llegar ejemplares de un cuento para niños titulado El Principito. Desde el primer momento las buenas críticas van acompañadas de una espectacular acogida por parte del público. Ambas son el arranque de un éxito internacional que sesenta años después está lejos de haber remitido. El escritor ciclotímico que firma el libro es quien por esas mismas fechas, en una carta que no enviará, anota: “Me da igual que me maten en la guerra… ¿Qué va a quedar de lo que he querido?”. El 31 de julio de 1944 despegará de un aeródromo corso para cumplir una misión. Nunca retornará.

Algo de ese aviador francés que presiente, busca o sabe de una muerte inminente está también en ese extraño principito adulto caído sobre las tablas del Teatro de la Abadía. Esta versión que toma tanto del original como se aleja de él es obra del dramaturgo italo-alemán Roberto Ciulli. Al pequeño príncipe no le da vida aquí un niño ni un joven, sino un José Luis Gómez de 72 años, cuyo personaje, al tiempo que conserva la mágica lucidez de la infancia, vislumbra también una próxima desaparición. Al igual que en el relato de Saint-Exupéry, el principito se encuentra en su viaje estelar con una serie de personajes -interpretados por Inma Nieto- que lo acompañan en la búsqueda de lo valioso: el aviador accidentado en el desierto, la rosa delicada y presumida, el avaricioso contador de estrellas, el zorro que le enseña que domesticar es crear vínculos, el rey que pretende nombrarlo ministro de justicia… El pequeño príncipe sigue sin entender a esas personas grandes que aman las cifras pero nunca se interesan por lo verdaderamente importante, o que dicen ocuparse de cosas serias mientras lo confunden y lo mezclan todo. Pero es un ser que se siente extraño en su propio mundo, que asume que no hay nada que comprender, y que ese es el drama. Las bicicletas aladas sobre las que los dos personajes cierran esta metáfora sobre la búsqueda de lo que de verdad importa recuerdan a aquellas con las que el pequeño Saint-Exupéry creía volar en el jardín del castillo familiar; como la rosa remite a esa esposa salvadoreña rebelde, parlanchina, despilfarradora, volcánica y desdichada, y este melancólico principito habla de un Antoine de Saint-Exupéry que busca un poco de amor verdadero con el que calmar su soledad de espíritu. El montaje puesto en pie por Roberto Ciulli y el gran José Luis Gómez no deja de ser El Principito de Saint-Exupéry, pero entreverado con la vida de su autor, enriquecido por su experiencia, adornado con unas gotas de Casablanca y de Shakespeare y perfumado con la musiquilla de algún romance popular de amor y guerra. El pequeño príncipe se ha hecho mayor.

Publicado en Escuela, 15 noviembre 2012

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