De conferencias y maratones

festival eñe

Nadie ha sido capaz de acreditar el origen de aquella frase cansinamente atribuida a d´Ors que asegura que en Madrid y a las siete de la tarde o das una conferencia o te la dan. Pero lo cierto es que el advenimiento de tiempos algo más presurosos y cibernéticos que los que vivió don Eugenio no ha logrado erradicar del paisaje vespertino de la ciudad esos encuentros públicos en torno a un sabio. Sí es probable que la conferencia dictada por una eminencia sobre la tarima del conocimiento haya caído algo en desuso, fagocitada por fórmulas más ágiles a la hora de combatir el bostezo al final de la jornada. Pero los nuevos formatos, los coloquios, las mesas redondas, los debates, las entrevistas, no son sino nombres distintos de lo mismo: unos pocos elegidos que hablan y una multitud anónima y más o menos extensa que acude a escucharlos.

Tampoco la Gran Recesión en la que moramos sin que se vislumbre un mejor horizonte vital ha conseguido vaciar del todo ese ingente número de centros culturales, ateneos, salones de actos, museos, auditorios y casas en honor de todos los continentes conocidos y aun por descubrir. Vestigios, sin duda, de cuando el oro manaba a chorros y todos vivíamos felices y despreocupados en los fértiles valles de Jauja. Ni siquiera la sierra mecánica que cada día emplean con ahínco y creciente satisfacción nuestros capataces ultraliberales ha conseguido acabar por completo con la generosa oferta cultural. Nada ha podido con ella, para gozo de los náufragos urbanos que a la caída de la tarde deambulan por la ciudad al encuentro desesperado de quienes están en posesión del elixir de la sabiduría. En Madrid, sean las siete, las siete y media o las ocho de la tarde, y esté o no Eugenio d´Ors para dar la conferencia, la dosis diaria está asegurada. Por eso no deja de extrañar que a alguien se le haya ocurrido agrupar todos los actos, coloquios, debates, conferencias, entrevistas y presentaciones de libros con los que llenar la programación de un mes entero, y concentrarlos en apenas día y medio en un único recinto y previo pase por taquilla. Con todo, no es lo más extraño que alguien haya ideado algo así. Lo insólito es que sea un éxito. El invento, que ha cumplido su cuarta edición, lleva por nombre Festival Eñe. Una denominación que parece hoy un desafío a los bárbaros del norte, que no hace tanto quisieron desposeernos de esa vírgula ondulante tan singularmente hispana, pero que hoy prefieren contentarse con la más simple tarea de devorarnos las entrañas. De aquella salimos con la ñ en los ordenadores, pero nadie nos garantiza que salgamos de esta.

Color berenjena

La programación del festival es una multitud de nombres, horarios y espacios que se despliegan por un periódico color berenjena, que resulta ser una brújula indispensable para moverse por el dédalo del Círculo de Bellas Artes. Por momentos, sus pasillos tienen el aire inconfundible de un cambio de clase universitaria o de uno de esos congresos de jóvenes creadores, escritores o filósofos, en los que una avanzada edad no es impedimento de nada.  Entre quienes esperan a que una sala se vacíe para poder acceder, tal vez haya quien reclame para sí un puesto en el Parnaso y quien no se negaría a desalojar, incluso sin violencia, a los tribunos cuya fama hoy los convoca. Acaso también haya falsos doctorandos que esperarán a la salida para intercambiar con los ponentes algo más que unas palabras o miembros de clubes de lectura que por unos días habrán dejado atrás la provincia para desembarcar en Madrid con sus maletas y vivir la aventura de la gran ciudad. Por haber, seguro que tampoco faltaría algún periodista simulando tomar notas con las que redactar una crónica de este maratón literario que nadie leerá.

Aquí cada cual construye su programación con los materiales que prefiere y va seleccionando. De ese modo comparece un antiguo cantautor antifranquista, ayer y hoy independentista, abstemio fabricante de vino y novato novelista de amores clandestinos en tiempos convulsos. Un diseñador capaz todavía de extasiarse ante un libro bien editado, con la caja precisa, el interlineado idóneo y la tipografía adecuada. Un narrador en cuyos apellidos se suceden el arte y la literatura y que abre su conferencia exprés asegurando que el oyente deberá poner sentido a un chorreo de palabras que carece de él. Un novelista que escribe en los periódicos, asombrado de que su interlocutora fotografíe al público y suba la imagen a Twitter un segundo antes de empezar a hacerle preguntas. Una profesora universitaria y académica electa cuya conferencia lleva por título ‘Adiós, literatura’. O una experiodista que escribe novelas y que se reencuentra con el niño entrañable que dejó atrás hace diez años. Como las variaciones podían ser múltiples y cada uno componer a su modo su programación, una de ellas combinó la humildad de Lluís Llach en su incursión por el desconocido territorio de la novela, con la sensibilidad y el amor por el libro de Alberto Corazón; la seriedad de Marcos Giralt Torrente y la búsqueda apresurada de las razones de la literatura del yo, con la astucia del Juan José Millás que sabe mirar las cosas del revés y descubrir lo que nadie más ve; la sabiduría literaria de Carme Riera y el desenvuelto encanto de Elvira Lindo. Todo ello cubierto en la poética clarividencia de Luis García Montero recordando a sus amigos Ángel González o Rafael Alberti.

En su intervención, Carme Riera recordó que fue el Romanticismo el que despertó el interés por la literatura nacional, habló de cómo esta tuvo importancia mientras se la relacionó con la nación y no ocultó que ese papel han pasado a desempeñarlo ahora el fútbol y sus selecciones. Los autores del 98 consideraban fundamental la historia de la literatura española, y Cervantes y El Quijote eran entonces argumentos de uso cotidiano. Hoy, dijo, cuando en Bachillerato ya se ha convertido en una asignatura residual, la literatura ha pasado no a un segundo, sino a un décimo plano en el interés de la sociedad. Puede que todo ello sea cierto. Pero también lo es que, al caer el día, a mucha gente le gusta seguir hablando de libros, escuchar a sus autores o reunirse para aprender de alguien que sabe. Y lo más probable es que, en Madrid o en cualquier otro sitio, y sea Eugenio d´Ors o no el autor de aquella celebérrima frase, en torno a las siete de la tarde alguien se disponga a pronunciar una conferencia y muchos otros a escucharlo con atención.

Publicado en Escuela, 22 noviembre 2012

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