Lo que es la vida

la vida es sueño

 

Verdaderamente, es una lástima que la última representación en Madrid, en el Teatro Pavón, sea el 16 de diciembre, porque desde hace muchas semanas pretender adquirir entradas para La vida es sueño resulta una tarea imposible, y porque asistir una sola vez a este espléndido montaje parece de todo punto insuficiente a la hora de apreciar por entero su valía. Como solo las que han conseguido traspasar los siglos, una pieza como esta de Calderón esconde en su interior una inagotable cantidad de estratos de significación que, o hay que ser un experto en el teatro del barroco para paladearla en todo su esplendor, o bien conformarse con una aproximación liviana a la espera de dedicarle una atención mayor. Como no está al alcance de todos ser lo primero, ha de conformarse uno con la dulce expectativa de lo segundo. Desde que Rosaura irrumpe en escena dispuesta a reparar su agravio y escucha en compañía de su escudero Clarín los terribles lamentos de Segismundo encerrado en la torre a la que su padre lo condenó apenas nacido, a fin de conjurar los amargos designios de los astros, el espectador queda envuelto en la poética majestuosidad de Calderón, pero también en las dificultades que el verso ofrece al oído de hoy, así como en el dilema de dejarse llevar por la acción dramática o de pararse a desentrañar saboreándolos cada uno de los parlamentos. La bondad de los actores, la sabia plasticidad de la puesta en escena y la eficacia de la escenografía disuelven cualquier disyuntiva y arrastran la atención hasta esas tablas en las que Segismundo duda si lo que vive es sombra o vida; adquiere conciencia de su condición de príncipe, y se rebela contra la tiránica autoridad de un padre ante cuyos pies después se postra para esperar la muerte y ser en cambio perdonado y encumbrado al poder. El ser animalizado que halla Rosaura se transforma en un Segismundo prudente, humanizado por la belleza y la consciencia de lo efímero de la vida.

Valentía

El teatro es, ante todo, un trabajo en equipo, y en esa nómina espléndida que da forma a La vida es sueño brilla con luz propia Blanca Portillo. Después de haber sido, en cine, el presidente del Santo Tribunal de la Inquisición y, en teatro, nada menos que Hamlet, Portillo ha vuelto a encarnar un personaje masculino: este Segismundo que, sin duda, ha terminado por darle hace pocos días un galardón largamente merecido, el Premio Nacional de Teatro. Con él, el jurado convocado por el Ministerio de Cultura ha reconocido su “valentía al asumir retos escénicos y su defensa del teatro como compromiso con la sociedad”. A sus casi 50 años, Blanca Portillo se ha convertido ya en una de las grandes de la escena española, sobre la que no ha parado desde que se subió, primero, en pequeñas producciones de aficionado y, una vez formada en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, en papeles de mayor proyección cada vez.

En el teatro parece darse un caso singular. Un actor o una actriz pueden dedicar su vida a las tablas, adquirir una gran experiencia y que ese reconocimiento quede circunscrito al limitado círculo de los teatreros. Sin embargo, basta con aparecer alguna vez en televisión o tener una presencia continuada en alguna serie de éxito para que la popularidad se extienda como una mancha de aceite y termine por advertir de la presencia más allá de la pequeña pantalla de un actor o una actriz de enorme calidad. Muchos pueden identificar aún a Blanca Portillo por su trabajo televisivo, pero su trayectoria teatral es pasmosa, y en esta carrera de fondo que es el teatro ella, además de actuar y dirigir, ha decidido poner su granito de arena a la hora de levantar obras con su propia productora. Por atreverse, hasta se ha atrevido con la codirección del Festival de Teatro de Mérida, aunque algunos políticos son adversarios correosos ante los que no es fácil ganar la batalla. En La vida es sueño está magnífica. Lo están también Joaquín Notario y el resto del elenco. Pero, ¿qué puede atreverse a decir uno cuando Marcos Ordóñez, que ha visto todo el teatro del mundo, asegura que resulta difícil encontrar palabras no gastadas para hablar del extraordinario trabajo de la actriz madrileña en esta obra? ¿Qué se puede añadir cuando alguien escribe algo como esto: “Yo creo que si te cortan un dedo mientras recita Blanca Portillo no sangras hasta que ella acaba”. Más bien nada.

Con esta interpretación en la que es la primera obra de Helena Pimenta al frente de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Blanca Portillo se ha llevado todos los parabienes imaginables. La taquilla hace mucho que cría telarañas, tras colgar el cartel de ‘agotadas todas las localidades’. Es una lástima que la función baje en breve el telón en Madrid, aunque uno sienta envidia por la felicidad de quien pueda acercarse a La vida es sueño en su gira por ciudades como Bilbao, Pamplona, Sevilla, Valladolid, Logroño, Barcelona, Almería o Buenos Aires, entre otras. Dan ganas de vigilar de cerca el itinerario de la compañía y programar una visita relámpago a alguno de estos lugares. O acercarse a la reventa y hacerse con una entrada en el mercado negro. Cualquier cosa antes de que llegue el fatídico 16 de diciembre sin haberse vuelto uno a sentar en una butaca del Teatro Pavón y dejarse atrapar por los personajes de esta comedia dramática que Calderón estrenó un día de 1635 para que los espectadores de hoy sigamos preguntándonos qué es la vida.

Publicado en Escuela, 29 noviembre 2012

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