De Adelaida a Brooklyn

Auster-Coetzee

Dos amigos que viven separados por miles de kilómetros se escriben. El mayor de los dos, nacido en 1940 en Ciudad del Cabo (Sudáfrica) en el seno de una familia afrikáner de clase media que se hablaba en inglés, vivió en Londres tres años a comienzos de los sesenta, hasta que sus iniciales expectativas sucumbieron a la desilusión. Decidió probar suerte entonces en Estados Unidos, donde se doctoró con una tesis en la que ponía sus conocimientos de literatura e informática al servicio de las novelas de Samuel Beckett. En 1972, cuando las autoridades norteamericanas vetaron la renovación de su permiso de trabajo por haber participado en las protestas contra la guerra de Vietnam, regresó a Sudáfrica y durante los veinte años siguientes ejerció allí la docencia universitaria como catedrático de Literatura, para, una vez jubilado, volver a cambiar de continente y fijar su residencia en Adelaida, Australia. El otro amigo es siete años más joven. Nació en Newark, Nueva Jersey (Estados Unidos), en una familia judía de clase media. A comienzos de los 70 pasó cuatro años en París y tradujo a autores franceses. Desde su regreso vive en Nueva York, en Brooklyn. Los dos son escritores. El mayor, autor de novelas como Infancia, Juventud o Verano. El más joven, de títulos como Trilogía de Nueva York, El país de las últimas cosas o La invención de la soledad.  Ambos cuentan con una extensa obra publicada y gozan de una enorme reputación internacional. En 2003, el mayor de los dos obtuvo el que se tiene por el más alto reconocimiento al que puede aspirar un escritor, el Premio Nobel de Literatura. Uno y otro llevaban años leyéndose, pero solo llegaron a verse en persona cuando el amigo americano viajó en 2008 a Australia para participar en un festival literario. Poco después, el mayor de los dos, , le envió una carta al más joven, Paul Auster, proponiéndole establecer una relación epistolar en la que pudieran ‘sacarse chispas el uno al otro’. Aquí y ahora. Cartas 2008-2011 es el resultado de esa empresa común.

En el libro, el autor de la idea toma la iniciativa para reflexionar antes que nada sobre la amistad y llegar a la conclusión de que, frente al amor o a la política, que nunca son lo que parecen, la amistad resulta algo transparente, pero también un enigma, porque nadie sabe por qué la gente traba amistad y la conserva. “Las mejores amistades, las más duraderas, se basan en la admiración”, replica Auster. Pero, de la amistad, los corresponsales pasan pronto a un sinfín de temas: el deporte, la actualidad del mito platónico de la caverna, la crisis económica, la presencia del azar austeriano en forma de repetido encuentro con Charlton Heston, el ajedrez o las afecciones que empañan la vida cotidiana. Todo ello en medio de un trasiego de viajes que llevan a uno y a otro a diversas partes del mundo, reclamados por la faceta pública de su oficio solitario, y que sirven también para el feliz reencuentro mutuo.

La única esperanza

La conversación se adentra luego en asuntos como las relaciones entre Israel y Palestina, las revueltas de la primavera egipcia, la aparente incapacidad de Coetzee para extraer conclusiones sobre los países que visita –“da la sensación de que sufro un tipo peculiar de ceguera”-, la versión cinematográfica de una novela del autor sudafricano, el comentario de un artículo de Jonathan Franzen sobre el consumo de novelas, las ventajas o inconvenientes de crear personajes literarios desde la nada, la presencia de artilugios de la sociedad contemporánea como los teléfonos móviles en la narrativa de hoy o la relación entre autor, lector y crítica. También hay sitio para que Auster aborde la crisis del sistema educativo (americano): “Todo el mundo reconoce el problema, todos sabemos que la mayoría de nuestros estudiantes fracasa, todo el mundo entiende que una población culta es la única esperanza para el futuro de la democracia (aunque no seamos estrictamente hablando una democracia), y sin embargo cada reforma solo sirve para empeorar las cosas”. ¿Les suena? La solución del escritor neoyorkino es un mejor profesorado. ¿Cómo conseguirlo?, se pregunta. “Pagándoles el mismo sueldo que a los abogados, médicos y directivos de bancos de inversiones, y en seguida los escolares más brillantes optarán por una carrera en la enseñanza”.

La relación epistolar de Coetzee y Auster es cordial, poco dada a la discrepancia. Sus misivas comienzan ajustándose a los cánones tradicionales de las cartas escritas sobre papel y confiadas al correo transoceánico –del que nunca está ausente el riesgo de extravío-, pero pronto adoptan una morfología mixta, con la entrada en juego del fax, algo que celebra el autor de Brooklyn follies: “Me parece que por fin hemos dado con un sistema viable. Una carta lenta a través de los mares desde América a Australia y luego una rápida transmisión electrónica de papel desde una habitación en Adelaida a una estancia de una casa en Brooklyn”. A veces el fax juega alguna mala pasada, y entonces Auster, un acérrimo partidario de la máquina de escribir y alguien a quien le gusta añadir al sobre su pequeña contribución de papel para una ‘colección de objetos sin importancia’, ha de recurrir a su mujer, la novelista y ensayista Siri Hustvedt, para que la instantaneidad del correo electrónico resuelva el problema.

Al cabo de tres años de cruzar cartas, Auster repara en el efecto que ha causado en él esa correspondencia agradable y continuada con Coetzee. Para Auster, Coetzee se ha convertido en una especie de “primo adulto de los amigos imaginarios que los niños se inventan”, hasta el punto de descubrirse muchas veces “que voy por ahí hablando contigo en mi cabeza”. El 29 de agosto de 2011 J. M. Coetzee, John, como firma, escribe la última carta recogida en el libro, un apunte sobre la insurrección libia: “Qué reconfortante resulta para la noción que tiene uno de las cosas el contemplar cómo es barrido uno de los peores dictadores del mundo”. Pero a esa sensación le sucede otra no muy esperanzadora que habla de cómo la euforia que esos días recorre las calles de Trípoli cesará apenas la gente se tope con la realidad y vea que los gobernantes que sustituyan a Gadafi serán igual de venales y corruptos. “¡Días de gloria! Tal vez ese sea el sentido de las revoluciones, tal vez eso sea lo único que hay que esperar de ellas: un par de semanas de libertad, de regocijarse en la propia fuerza y belleza (…) antes de que los viejos canosos reafirmen su control y la vida regrese a la normalidad”. La correspondencia se detiene ahí. No resulta difícil intuir que continuará a espaldas ahora de los lectores.

Publicado en Escuela, 13 diciembre 2012

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