Un país como este

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A espaldas del Centro de Arte Reina Sofía, en una calle de arracimadas galerías de arte y en medio de una blancura que solo rompen unos grandes lienzos negros, se expanden por el aire los compases de una melodía familiar y unos versos ininteligibles que en polaco o en ruso parecen advertir enfáticamente de la presencia de hostiles torbellinos, de esclavizantes fuerzas oscuras frente a las que ha de alzarse en batalla sangrienta la bandera heroica de los trabajadores en lucha por la libertad y un mundo mejor. La música de La Varsoviana, la canción más emblemática del movimiento anarquista internacional, adaptada aquí en 1933 como ¡A las barricadas!, envuelve una sucesión de enormes lienzos colocados boca abajo en los que sin tardanza se reconocen los rostros del monarca y de los seis presidentes del Gobierno habidos desde la restauración de la democracia. En esa desasosegante cámara de retratos en blanco y negro reposan los siete cuadros que debieron dejar estupefactos a los transeúntes que deambularan un día de mediados de agosto del año pasado por la Gran Vía de Madrid y asistieran incrédulos al paso de una extraña procesión de tintes fúnebres con esos enormes cuadros encaramados a unos coches de lujo que tanto recuerdan a los utilizados por los grandes mandatarios. El testimonio fotográfico de aquella extravagante hilera de vehículos asomando el morro por la Plaza de España y subiendo la Gran Vía conforma la segunda parte de esta acción artística que Santiago Sierra y Jorge Galindo han titulado Los encargados y que puede contemplarse en la Galería Helga de Alvear. Pero donde este irreverente cortejo adquiere toda su dimensión es en el vídeo del mismo título –está accesible en youtube-, en el que la desconcertante inversión del eje de las imágenes, la fragmentación de la pantalla y el envolvente sonido de La Varsoviana hacen grande a esta pieza de alto voltaje político que es también una enmienda a la totalidad de los últimos 38 años de la vida de España.

Santiago Sierra no es un artista al uso. Bajo el Gobierno de José María Aznar, convirtió el pabellón español en la Bienal de Venecia de 2003 en una reflexión sobre las fronteras y la nacionalidad. En aquella pieza los visitantes debían acudir a la parte trasera del pabellón y acreditar su nacionalidad española con el DNI o el pasaporte para entrar. Nadie que no fuera español podía acceder, para el enfado y la incomprensión de muchos. En 2010 el ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero le otorgó el Premio Nacional de las Artes Plásticas, y Sierra lo rechazó. El jurado del Ministerio de Cultura había valorado su obra crítica, su reflexión sobre la explotación y la exclusión de las personas, así como la generación de un debate sobre las estructuras de poder. Pero en una carta dirigida a la ministra el artista rehusaba el galardón alegando que los premios se conceden a quienes han realizado un servicio, “como por ejemplo, a un empleado del mes”. “El estado (sic) no somos todos. El estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto”, señalaba, “no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio”. En otra performance reciente 30 personas contratadas a cambio del salario mínimo interprofesional debían rellenar a mano los mil ejemplares de un libro copiando una y otra vez una única frase: “El trabajo es la Dictadura”.

Podredumbre

Al salir de la Galería Helga de Alvear, la amenaza insolente del penúltimo de los corruptos nos escupe en la cara y revela una vez más la podredumbre de las principales estructuras del país, esas sobre las que se ha construido nuestra historia más reciente. Todo suena a falso, a hueco, a esa mentira inconsistente que destilan los poderosos. Ante la sede del partido del gobierno, en una calle tomada por la policía para impedir que el malestar de la gente llegue a oídos del búnker, el dibujante Enrique Flores despliega su cuaderno de apuntes, dibuja las vallas que separan a las fuerzas de seguridad de los ciudadanos ofendidos y anota la irónica respuesta de quienes cada día que pasa se ven privados de cada vez más derechos, asisten al deterioro creciente en la educación de sus hijos, ven cómo su salud queda al albur de grupos oligárquicos que hoy privatizan para mañana repartirse los beneficios, observan atónitos cómo los bien recompensados consejeros de las arruinadas cajas de ahorros se desentienden de todo y contemplan cómo el dinero circula entre los mismos que, muy serios, aseguran que no hay dinero. “¿Dónde están nuestros sobres?”, anota Flores en su cuaderno de dibujo. “Sí hay dinero. Lo tiene el tesorero”, añaden a coro los cientos de ciudadanos que no encuentran remedio a su indignación.

Casi al comienzo de todo esto, el malogrado José Antonio Gabriel y Galán publicó un libro de poesía en la editorial Hiperión que tenía un título singular, Un país como éste no es el mío. Desde 1978 han cambiado sin duda unas cuantas cosas. Entre otras, las normas que regulan las tildes de los pronombres demostrativos. Sería un despropósito no constatar algunos avances significativos. Por ejemplo, el que un artista pueda exponer sin trabas una obra que es un bofetón a sus gobernantes y a las instituciones de un país que se dice democrático. (Aún no se ha conseguido una tolerancia parecida por parte de sectores confesionales, que no han perdido su gusto por la censura). El de hoy es un país desolado en el que una casta política se reparte sin sonrojo ni vergüenza el botín de guerra; se acumulan cargos y sueldos de fábula oriental mientras se cercenan los de los demás y se deja a seis millones de personas sin futuro; en el que un carné de partido  o un buen abogado son el salvoconducto necesario para no entrar o para salir de la cárcel antes que nadie; donde se priva a la gente de una vivienda que ha de seguir pagando; donde la codicia campa a sus anchas en tanto no mueran cinco chicas en un concierto; en el que los ricos hablan del suyo como el partido de los trabajadores; un país que expulsa a sus jóvenes; un país en el que alguien, al cabo de 30 años de vivir de la política, asegura no ser una política profesional y llevar tres décadas ansiando el abandono de la actividad pública, y en el que la justicia… Bueno, qué decir de la justicia que no haya dicho ya un tal Pacheco. Hoy más que nunca se hacen necesarios muchos otros Santiago Sierra que desbrocen la mentira y pongan ante nuestros ojos la otra realidad. No sé qué pensarán ustedes, pero un país como este tampoco es el mío.

Publicado en Escuela, 25 enero 2013

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