El arte de mirar

genoves

De golpe le asalta a uno la certeza de que, entre el montón de textos que cada semana se quedan sin leer, terminan por figurar siempre ajenos a toda premeditación las críticas de arte que el suplemento de los sábados trae de una forma cada vez más clandestina. Treinta años atrás esas crónicas daban sentido cada siete días a un cuadernillo con naturaleza propia al que uno se abalanzaba con una mezcla de voracidad adolescente y descubrimiento perpetuo. Apenas habíamos logrado ver al natural algún cuadro de Saura, de Millares, de Sempere, de Zobel, de Tàpies, pero en esas páginas encontrábamos la alineación del arte español contemporáneo que avivaba nuestra imaginación plástica: Gordillo, Chillida, Valdés, Canogar, Amat, Barceló, Genovés… Esos nombres que empezaban a dejar de sernos extraños comparecían luego en museos provinciales asomados a barrancos o en centros de arte que requerían el suplemento de un viaje hasta el extrarradio universitario. Durante años seguimos leyendo con un fervor inquebrantable aquellas páginas que a veces nos resultaban impenetrables, escritas en un argot de género no siempre accesible, con una retórica misteriosa reservada a iniciados. Sin saber cómo, agobiados por la falta de tiempo y el creciente número de publicaciones impresas o de internet que reclaman cada día nuestra atención, fuimos orillando esas informaciones, algo de lo que solo ahora somos conscientes. Quizá lo haya favorecido el contraste entre aquel vocabulario de imaginativos miembros de sociedad secreta y el lenguaje fresco y seductor que Antonio Muñoz Molina despliega en El atrevimiento de mirar (Galaxia Gutenberg).

En su trayectoria literaria Muñoz Molina ha cultivado con éxito la novela, el relato corto, el ensayo y el artículo periodístico. Pero, antes que al notable autor de ficción que aún nos debe su gran novela, aprecia uno más al ensayista que cada semana publica en el periódico un artículo sobre literatura, sobre arte, sobre música o sobre el mundo mismo, que pocas veces deja de ser modélico. Sería un error entender tal afirmación como un reproche o un demérito. El propio Muñoz Molina nos ha recordado cómo escritores de periódico como Pla o Chaves Nogales están hoy literariamente más vivos que la mayor parte de los novelistas de su tiempo. En gente como Josep Pla o Julio Camba aprendió él mismo a cultivar una prosa admirable que, además de en las nóminas generacionales de novelistas españoles a caballo entre dos siglos, lo ha llevado a figurar entre los más notables ensayistas contemporáneos. No es solo una opinión personal. El volumen de las Páginas de Biblioteca Clásica dedicado al ensayo español, por ejemplo, así lo constata.

Pasiones

En sus artículos semanales en Babelia, el suplemento cultural de El País, Muñoz Molina despliega un vasto repertorio de asuntos que lo mismo incluyen la literatura que el cine, la música clásica o el jazz, la divulgación científica o el arte. Entre esas pasiones ocupa un lugar especial la pintura, y en torno a ella ha escrito muchas páginas que nos han acercado a exposiciones y museos que no podríamos contemplar sin viajar a otros países, o a pintores y a cuadros que obligan al lector atento a detenerse en una contemplación rigurosa, cuando podía caer en el error de darlos por ya vistos. Muestras de esa producción en torno a la pintura se desperdigan por algunos de los libros en los que ha recopilado una pequeña parte de sus artículos, como La vida por delante o ese volumen aparecido en México y aún no publicado en España que es Travesías, y en el que, para desesperación de sus seguidores, el último texto está fechado en un lejanísimo octubre de 1997. Mientras se decide a sacar en forma de libro los textos aparecidos desde entonces, puede uno conformarse momentáneamente con estas conferencias y ensayos aparecidos en esos catálogos de exposiciones habitualmente tan hermosos y deseables, como fuera del alcance de los presupuestos modestos.

En El atrevimiento de mirar el autor enfrenta al lector con las pinturas de Georges de Latour, de Francisco de Goya, de Edward Hopper o de Christian Schad, pero también ante el Pablo Picasso que en el verano de 1923 en Cap d´Antibes alquila villas suntuosas y pinta Arlequín con espejo o La flauta de Pan. De igual modo, nos traslada su visión de la fascinante serie fotográfica que Nicholas Nixon ha ido construyendo pacientemente en torno a las cuatro hermanas Brown y en donde el paso del tiempo desvela su fuerza devastadora. O rinde homenaje a ese pintor de abrazos y multitudes que es el octogenario Juan Genovés. En un texto que ha permanecido inédito hasta ahora, escribe sobre Miguel Macaya, y solo cuando la curiosidad le devuelve a uno a un viejo reportaje en una revista para contemplar cómo luce en la casa de Muñoz Molina un cuadro de ese inmenso pintor que es Mon Montoya encuentra el retrato circular de un perro, y al pie de la fotografía el nombre de Macaya.

“El arte nos obliga a fijarnos, nos quita de los ojos la miopía y las legañas de la costumbre”, anota el autor de El jinete polaco y La noche de los tiempos, quien nos recuerda que cuando un artista es grande de verdad “no solo nos entusiasma con sus obras, también modifica insidiosamente nuestra manera de mirar”. Es cierto. Tras la lectura de estos ensayos no volveremos a ver de igual modo los cuadros de Hopper, ni el Retrato del doctor Haustein de Christian Schad, ni las pinturas de Goya, ni las multitudes de Juan Genovés. Con su prosa excepcional Muñoz Molina nos ayuda a desprendernos por igual de la miopía y de la fuerza de la costumbre y nos alienta a mirar de verdad el mundo.

Publicado en Escuela, 31 enero 2013

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