Marsé habla de Marsé

Juan Marsé

Juan Marsé

De un escritor, lo único que de verdad importa son sus textos. Ese haz de palabras que germinan en la conciencia para ofrecer un mundo nuevo a sus lectores. Todo lo demás resulta accesorio. Si es memorioso u olvidadizo, simpático o desabrido, diligente o perezoso, facundo o renco en el habla, seductor o anodino, todo eso es, a la postre, secundario. Acaso sea relevante para su familia, sus amigos, el entorno de su trabajo, para los estudiosos y los doctorandos que mañana revolverán las gavetas de su vida y darán forma a su biografía. No para el lector despojado de prejuicios que se enfrenta a su obra sin otros medios que el gusto por los libros. Y, sin embargo, un escritor acostumbra a ser hoy también una imagen mental construida a partir de sus declaraciones, sus entrevistas, de todo ese cúmulo de gestos y adherencias alrededor de la escritura. Por lo mismo, acaba siendo probable que los más fervorosos de los muchos o pocos lectores que su obra haya ido tejiendo no se conformen solo con sus libros, sino que rastreen unas declaraciones fugaces, unas palabras desperdigadas en una conferencia, un artículo olvidado, una entrevista pasajera arrollada por el vendaval impetuoso de la televisión.

Algunas veces son esas migajas las que permiten el descubrimiento personal de un escritor del que no se tenía noticia. A alguien que tan importante sería en su trayectoria de escritor como Juan Carlos Onetti, lo descubrió en 1977 Antonio Muñoz Molina viendo en la televisión una entrevista con el autor uruguayo, al poco de exiliarse este en Madrid. Casi veinte años después, en el prólogo a los cuentos completos de Onetti, el autor de El jinete polaco recordó cómo aquella visión accidental fue el principio de una influencia decisiva en su vida y cómo se lanzó a buscar de inmediato algún título de aquel desconocido que hablaba de la literatura con una falta de énfasis y una mezcla de pasión pudorosa y desapego “no del todo ficticio”. Digitalizadas, aquellas viejas conversaciones en blanco y negro reaparecieron no hace tanto en los quioscos y las librerías para pasmo de letraheridos nostálgicos. En aquellos programas, Joaquín Soler Serrano había logrado reunir un asombroso plantel de literatos. Borges, Cortázar, Paz, Vargas Llosa, Rulfo, Mujica Laínez, Carpentier, Donoso o Sábato, por citar solo autores de la América latina, se sometían durante una hora a la bonhomía del entrevistador. Eran otros tiempos. Para encontrar en la televisión de hoy un diálogo de más de cinco minutos de duración con un escritor hay que desechar la televisión privada, hurgar en las profundidades de la pública y conformarse con un bienintencionado magacín de contenido fragmentario. Otras veces no queda más remedio que acudir al cine.

Octogenario

En alguna sala al alcance únicamente de iniciados, o en el refugio hospitalario de la Filmoteca, se proyecta estos días una película que no es otra cosa que una larga entrevista con un escritor. A lo largo de hora y media un Juan Marsé espléndidamente octogenario, parapetado tras la mesa de trabajo en la que escribe a mano y corrige en un Mac, repasa su vida, sus amigos, habla de literatura y de cine, de sus gustos y manías, de sus influencias, de lo divino y de lo humano. El logro es de Augusto M. Torres. A sus 70 años Martínez Torres no ha dejado nada por hacer en el mundo del cine. Ha trabajado como crítico y colaborado durante 25 años en las páginas culturales de El País, es autor de varias novelas, responsable de guiones en compañía de Rafael Azcona o Ricardo Franco, o productor de filmes míticos como el Arrebato de Iván Zulueta. También ha escrito libros como El cine norteamericano en 120 películas, Buñuel y sus discípulos o 720 directores de cine, y dirigido películas, como El pecado impecable o El sabor salado de las lagrimas (2012). Pese a todo ese trabajo ingente, Torres, que se permite el lujo de considerarse un fracasado, aún no había renunciado a una vieja idea: llevar al cine un género que, como el de la entrevista, tanto había practicado en otros soportes a lo largo de su carrera. Animado por el reto, formuló la propuesta a varios escritores. Solo Juan Marsé aceptó. Durante dos días, con un equipo humano reducido a su mínima expresión y en compañía de una pequeña cámara con voluntad de no hacerse notar, Augusto M. Torres registró ocho horas de conversación con el autor de Si te dicen que caí o Últimas tardes con Teresa. El resultado es Juan Marsé por Juan Marsé, una película grabada en un eterno plano fijo, sin otra concesión que la de un picado en el que de vez en cuando el narrador, con un ejemplar en sus manos, repasa detalles de cada una de sus novelas.

Marsé no se anda con enjuagues. Lo mismo recuerda su inserción en el mundillo cultural barcelonés de la mano de quienes se convertirían luego en sus amigos: Carlos Barral, Gil de Biedma, Gabriel Ferrater, Castellet o José Agustín Goytisolo, que echa pestes de las adaptaciones cinematográficas de sus novelas, o no tiene reparo en asegurar que el guion que Víctor Erice hizo para El embrujo de Shanghai –y que no pasó del papel por las desavenencias del director con el productor- está muy por encima de su propia novela. Al repasar sus relaciones con la censura del franquismo, Marsé muestra lo ridículo de un régimen que, encarnado en la figura de Carlos Robles Piquer, se desentendía de cualquier otro aspecto de la novela para centrarse en detalles como la sustitución de ‘pecho’ por ‘seno’ o inducir a la creación de neologismos con los que convertir el ‘muslo’ en ‘antepierna’. Marsé tampoco ha dejado en la sombra aquello que no le gusta, como los tejemanejes de un premio como el Planeta, que él conoce tanto en calidad de autor galardonado, como de miembro fugaz de su jurado. Como nunca ha rehuido las entrevistas, la película tampoco aporta grandes novedades. Juan Marsé por Juan Marsé se apoya en antecedentes como La silla de Fernando, donde David Trueba cedía la palabra al actor Fernando Fernán-Gómez, o Escuchando al juez Garzón, de Isabel Coixet, la conversación que el novelista Manuel Rivas mantuvo con el juez que la derecha española se había propuesto abatir. Y, sin embargo, constituye toda una novedad el que un escritor tenga hoy la oportunidad de hablar de sí mismo y por extenso ante una cámara. Es, qué duda cabe, algo secundario y circunstancial a la obra de un autor. Pero también una introducción a su mundo creativo, y quién sabe si el estímulo necesario para algún novelista todavía en ciernes.

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