Un mundo viable

No sería difícil de adivinar cómo hubieran sido las necrológicas de Stéphane Hessel, fallecido el pasado 27 de febrero en París, de no haber salido de una imprenta en octubre de 2010 un opúsculo que con su firma en la portada habría de recorrer el mundo con la celeridad de un reguero de pólvora. Esas pocas notas hablarían de un desconocido anciano de 95 años nacido en Berlín cuando en Rusia se proclamaba la revolución, que durante su juventud perteneció a la Resistencia francesa y colaboró con el Gobierno en el exilio, y que a los 27 años logró sobrevivir a los campos de exterminio nazis por el procedimiento de cambiar su identidad por la de un preso fallecido. Eso, con probabilidad, hubiera sido materia suficiente para asegurarle un hueco en alguna sección mortuoria.

Ese artículo, en el que solo repararía algún curioso o uno de esos meritorios lectores que no dejan texto alguno del periódico sin escrutar, seguiría hablando de una carrera diplomática con las Naciones Unidas como primer destino y de un olvidado secretario general adjunto de la ONU que le habría propuesto ser su secretario de gabinete en el preciso momento en que una comisión asumía el histórico encargo de redactar la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Las gacetillas que hubieran logrado sortear la falta de espacio y el modesto interés del finado rememorarían también su paso por la Embajada de Francia en Saigón y, si acaso, su cargo como administrador adjunto del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, su puesto como embajador de Francia ante ese organismo internacional, su mediación en conflictos como los de los hutus y los tutsis en Burundi, o entre israelíes y palestinos. Quizá, igualmente, su responsabilidad en iniciativas singulares como la que en 2008 exigió al Gobierno francés habilitar los fondos necesarios para que los sin techo pudieran disponer de una vivienda. Todas esas cosas serían motivo suficiente para que algún periódico extranjero lo reconociera como merecedor de un pequeño obituario en ese momento último. Habríamos visto con prisas el luctuoso artículo, y olvidado a continuación el nombre del desconocido nonagenario.

Rabia

Si eso no ocurrió, y Hessel pudo ser despedido en todo el mundo con profusión de páginas dedicadas a su persona, fue porque una antigua corresponsal de Le Monde crecida entre maoríes e interesada por el arte indígena, Sylvie Crossman, acudió a escuchar en su despacho al viejo superviviente, dio forma a lo que este le había contado, se lo ofreció para leerlo y corregirlo y lo mandó imprimir en la editorial de su propiedad, Indigène Editions. Traducido de inmediato a todo tipo de lenguas, el librito de apenas treinta páginas e imperativo título, Indignez-vous!, convirtió pronto a Stéphane Hessel en una celebridad mundial. Esos siete breves textos en los que el autor emplazaba a los jóvenes franceses a buscar sus propios motivos de indignación, abandonar la indiferencia y comprometerse con las causas justas y la no violencia aparecieron en español en febrero de 2011. El preciso momento en el que diversos colectivos juveniles trasladaban a las calles su rabia por un presente que los ignoraba y les impedía el acceso a un puesto de trabajo o a una vivienda, y de lo que hacían responsable a una casta política ajena a las preocupaciones sociales y en la que no reconocían a sus representantes.

Ese malestar llevó a unos cuantos a participar el 15 de mayo de 2011 en una manifestación convocada a través de las redes sociales y a la que los medios convencionales no dieron entonces mayor importancia. Después de que la policía reprimiera un amago de asentamiento, la protesta desembocaría dos días más tarde en la masiva ocupación de la emblemática Puerta del Sol de Madrid, así como en otros céntricos lugares de otras ciudades españolas. Stéphane Hessel no fue el referente intelectual de esta protesta, ni su panfleto el detonante ideológico para que miles de jóvenes se movilizaran en toda España, como poco antes habían visto hacer en Túnez y Egipto. Pero el libro sí ayudó a codificar una inquietud que en cada país obedecía a circunstancias propias, así como a hacer visible un novedoso movimiento de disconformidad que entre nosotros clamaba por una democracia verdaderamente digna de ese nombre.

“Nos une una vocación de cambio. Estamos aquí porque queremos una sociedad nueva que dé prioridad a la vida por encima de los intereses económicos y políticos”. El primer manifiesto leído en la Puerta del Sol en la noche del mismo 15 de mayo decía esas y otras cosas, y ahora que la fuerza del movimiento parece haberse diluido hasta casi desaparecer nos lo recuerda Stéphane M. Grueso en uno de los documentales que, como el Libre te quiero de Basilio Martín Patino, han dejado memoria de aquellos días. Titulado con los adjetivos que la protesta de la primavera española le mereció a José Luis Sampedro, autor del prólogo a la edición castellana de ¡Indignaos!, en 15-M. Excelente. Revulsivo. Importante Grueso lleva a cabo un valiosísimo trabajo de arqueología visual de lo que se vivió en Sol esos días, que acompaña con los testimonios de algunos de los muchos que estuvieron allí. El 15-M y sus formas asamblearias llegarían luego a ser utilizadas en campañas publicitarias de multinacionales que pretendían aprovecharse de la onda de simpatía que generó aquel movimiento, pero esas mismas maneras que se negaban a reconocer jerarquías o representatividades fueron también las responsables de que aquella vigorosa corriente se desintegrara sin que los motivos que la habían dado forma desaparecieran con ella.

Los nueve mil primeros ejemplares de Indignez-vous! se convirtieron en no mucho tiempo en cuatro millones de ejemplares vendidos en casi cien países. Esas tiradas asombrosas convirtieron en alguien muy conocido a  Stéphane Hessel, quien había renunciado a los derechos de autor que le correspondieran. Hessel no era un peligroso izquierdista. No era un revolucionario. No exhortaba a los jóvenes a tomar el Palacio de Invierno. Era un socialdemócrata que los animaba a apoyar en las urnas a partidos capaces de cambiar las cosas y los incitaba a encontrar las pistas para que la ‘internacional ciudadana’ dotara de vida a este siglo. En el prólogo al posterior ¡Comprometeos!, asume que el objetivo no es ya la utopía de lograr el mejor de los mundos, sino tan solo uno viable. Hoy, cuando periódicos de todo el mundo se han ocupado de su figura, hasta eso nos parece ya inalcanzable, una quimera. Así están las cosas.

Publicado en Escuela nº (7 marzo 2013)

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