Memorias de un corresponsal

Nunca sabremos qué clase de veterinario hubiera sido Enric González. A cambio, tenemos la certeza de hallarnos ante un grandísimo periodista. Los que todavía cultivamos el malsano vicio de leer periódicos, pero somos incapaces de intuir la felicidad que depara un animal, tenemos motivos suficientes para agradecerle al escritor Francisco González Ledesma su intuición a la hora de ofrecerle a su hijo un trato malévolo. En el otoño de 1976 Enric tenía 17 años, y por delante, unos estudios que apenas acababan de alcanzar rango universitario bajo el enigmático nombre de Ciencias de la Información. El padre quería que el hijo fuera periodista. El hijo, dedicar el resto de su vida a ejercer como veterinario. No convencido del todo con que esa rutilante carrera fuera capaz de encauzarlo hacia el mundo de la prensa, el padre propuso un pacto. Le conseguiría una beca de seis meses en un periódico en el que probar su vocación. Si la realidad del oficio le decepcionaba, tendría carta blanca para estudiar Veterinaria. El padre jugaba con ventaja. Cuanto el periodismo puede tener de adictivo, ya lo había experimentado él mismo en carne propia. Sin sospecharlo el hijo, había caído en la trampa. Tan pronto como Enric González empezó a familiarizarse con la estructura de la noticia, la melodía de las linotipias y el perfume de las imprentas, el padre supo que había ganado la apuesta. Los lectores de periódico salimos ganando, aunque la universidad perdió un futuro licenciado, y los animales, alguien que velara por ellos. San Antón habrá sabido perdonar.

No tardó en saltar de un periódico a otro. De aquella iniciática Hoja del Lunes con la que la Asociación de la Prensa llenaba el vacío informativo que el primer día de la semana dejaban en los quioscos barceloneses las cabeceras de entonces, pasó a El Correo Catalán, y de este a El Periódico. Apenas diez años después de haberse asomado al oficio, Enric González aterrizaba en aquella redacción que durante muchos años tuvo El País justo donde Barcelona perdía su nombre y empezaba algo parecido al fin del mundo. Escribiendo para esa cabecera, ha pasado 26 años. 26 años en un periódico dan para mucho. Da tiempo a hacerse una idea aproximada sobre el periodismo, los periodistas, sus jefes y hasta sobre el mundo que queda al otro lado. A veces, también sirve para convertirse en un experto logista. Si alguien se ve obligado a cambiar de ciudad, de país, de continente y hasta de planeta, no debería desperdiciar la experiencia de quien ha trabajado como corresponsal en Nueva York, Washington, Londres, París, Jerusalén o Roma, y ha terminado por aprender que un sofá de una sola pieza que no quepa por la estrecha puerta del domicilio tal vez entre sin ayuda de grúa alguna si se lanza desde el tejado del edificio contiguo. Los detalles sobre esta y otras mudanzas aparecen en los tres libros en los que González ha dejado testimonio de su paso por Nueva York, Londres y Roma. En los tres el nombre de la ciudad va precedido de un idéntico Historias de. Que José María Izquierdo, aguerrido catavenenos, considere a su antiguo subordinado el titulador más vago del mundo no carece del todo de fundamento.

Asuntos marginales

Lejos de los rigores estrictamente informativos, González hace uso en esos libros de una escritura amena, divertida, ocurrente, paradójica, que entronca de lleno con aquellos añorados artículos dominicales aparecidos bajo el marbete ‘Un asunto marginal’ o con esos otros escritos después al abrigo de la actualidad televisiva. Hechos, como solemos estar, a una imagen del corresponsal que aúna el brillo, la admiración y la envidia, desconcierta cuando menos la definición de esa preciada figura periodística que González incluye en Historias de Roma. “Un corresponsal”, escribe, “es un tipo que se despierta por las mañanas con una náusea en el estómago y la convicción de que su despido es inminente”. No contento con ella, añade esta otra: “Un corresponsal es un tipo que chapotea perennemente, con el agua al cuello, en un mar desconocido”. Quien lo vivió lo sabe.

Enric González ya no trabaja en El País. La última crónica enviada desde su postrero destino, Jerusalén, data de julio del año pasado. Como para casi nada, tampoco para la prensa corren buenos tiempos. Muchas publicaciones de papel echan cada día el cierre o despiden a buena parte de su plantilla. A Enric González se le ocurrió un día hablar en clave de la ludopatía bursátil de algunos. Era un miércoles. Había tenido una charla con alumnos de un máster de periodismo y el ánimo no era el mejor. Los ludópatas bursátiles debieron de sentirse aludidos. Su columna fue censurada y levantada, y hubo un notable revuelo. Fue un síntoma. Poco después le propusieron la corresponsalía de Berlín. Prefirió Jerusalén. Al cabo de tres años le ofrecieron la que tanto había perseguido, Buenos Aires. La salud del padre, el mismo Francisco González Ledesma que le había planteado aquel trato tan desigual, estaba muy quebrantada. Y Buenos Aires, muy lejos. No pudo aceptarla. Volvió al tiempo que las perspectivas se ennegrecían aún más. El día en que se planteó en el periódico una masiva regulación de empleo, se acogió voluntariamente a ella. Todo esto lo cuenta Enric González mucho mejor en Memorias líquidas, una suerte de prematuras memorias periodísticas maceradas en algún destilado y publicadas en su estreno editorial por la revista híbrida Jot Down. Galardonado con premios como el Francisco Cerecedo y adornado con un prestigio merecido, González ha publicado estos últimos meses entrevistas digitales con gente como Javier Marías, Rosa María Calaf, Joan de Sagarra o Juan Marsé. También ha empezado a escribir en El Mundo. Se trata sin duda de una buena noticia para sus lectores, aunque no deje de inquietar verlo rodeado de según qué compañía. En las últimas líneas de Memorias líquidas, y recordando una frase nacida de los labios de un mítico periodista barcelonés ya desaparecido, Josep María Huertas Clavería, afirma González: “Mientras me dedique a esto, no me fiaré del que manda. Y mi mesa será un Vietnam”. Loable propósito del que, por más que sepamos cómo acabó Vietnam, solo cabe esperar una victoria. Pedro J. está avisado. Pero quien paga, manda.

Publicado en Escuela nº (14 febrero 2013)

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