El perturbador cine de Hanecke

A veces sucede. Un premio en un prestigioso festival de cine genera una crítica entusiasta que inclina al lector hacia una película que terminará por abrirle las puertas de un mundo inédito. Pese a ser el autor de casi una docena de filmes y de haber sido recompensado con importantes galardones, hasta hace unas pocas semanas el de Michael Haneke (Múnich, 1942) no era para quien esto escribe sino el nombre de un desconocido. Su presencia habrá menudeado en los últimos años por las páginas de los periódicos, pero sin duda algo debió faltar para que anclara de manera definitiva en la memoria personal. Ese algo, que ha tomado forma estos días en una lúcida y nada complaciente reflexión sobre la lealtad en los días postreros de la vida, lleva por título Amor y ha merecido el Premio de la Crítica en la pasada edición del Festival de San Sebastián, cuatro galardones en la 25ª edición de los premios de la Academia del cine europeo, la Palma de Oro de Cannes y cinco nominaciones a los Oscar de este año. En ella dos grandes actores, Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, dan vida a dos octogenarios profesores de música ya jubilados que viven rodeados de libros, discos y recuerdos, celebran los éxitos de algún antiguo alumno, asisten a la desaparición de amigos de su edad y sobrellevan las tiranteces de la relación con una hija dedicada también a la música y que vive lejos, en otro país. La súbita enfermedad de uno de ellos romperá su apacible cotidianidad, y por esa grieta empezará a asomarse la degradación y el dolor que tantas veces acompaña el final de la existencia. Al cineasta austríaco-alemán no le gusta mucho hablar de sus películas, pero con Amor, según ha contado, buscaba reflexionar sobre el modo “en que se reacciona ante el sufrimiento unido a la pérdida de una persona amada”. Una reacción, la de Georges ante la enfermedad de Anne, que, antes que la hija de ambos, solo saben valorar en su justa medida los humildes porteros de la casa.

En Amor no es difícil que muchos espectadores reconozcan dolorosas situaciones domésticas. Al fin y al cabo nadie escapa al temor de la vejez y a la evidencia de la muerte, la propia y la ajena. Las de Haneke no son cintas banales, aptas para todos los paladares. Más bien son severas incitaciones a la reflexión, al pensamiento, obras que conciernen al espectador y lo enfrentan a sus demonios más personales. “El arte debe hacer preguntas y no avanzar respuestas”, ha señalado en alguna ocasión. Sus obras reposan en la memoria, dejan una huella profunda y persistente. Michael Haneke repudia la violencia y el uso que nuestra sociedad hace de ella como objeto de consumo, y sus trabajos parecen girar en torno a la meditación sobre las distintas formas que adopta la crueldad. En Cache/Escondido (2005) la vida de un crítico literario de televisión empieza a tambalearse el día que recibe una cinta de vídeo en la que alguien registra sus pasos y le obliga a enfrentarse con algo que sucedió en su infancia y sobre cuyas consecuencias nunca se había detenido a pensar. En Funny games (1997; versión americana 2007) una joven pareja se dispone a pasar con su pequeño hijo unos días de descanso en su casa de campo cuando irrumpen en sus vidas dos educados jóvenes que los agreden y someten a todo tipo de vejaciones. Y, por no agotar las referencias, en 71 fragmentos de una cronología del azar los movimientos vitales de los personajes se ordenan sincopadamente hacia un dramático desenlace anticipado en el primer segundo y en el que la violencia se fundirá con lo fortuito y lo inexplicable en el relato informativo de la televisión.

La larva del mal

En sus últimas entregas se diría que Haneke recurre a maneras menos explícitas para seguir hablando de aquello que vulnera la dignidad del ser humano. En Amor (2012) la aflicción adopta las formas del desamparo de la edad o del trato inconsiderado con la vejez por quienes carecen de vínculos o sentimientos hacia el que sufre. En La cinta blanca (2009) la asfixiante comunidad de un pequeño pueblo alemán se desentiende y encubre los violentos actos que en las vísperas de la Gran Guerra empiezan a producirse en un entorno protestante en el que el poder político, el religioso y el social imponen una férrea rectitud en la que anida como una larva el mal que conducirá al país al precipicio nazi de los años treinta y cuarenta. “¿Alguna vez te preguntaste quién torturó a Karli?”, plantea un personaje. “¿Y a Sigi? ¿Quién ató el alambre con el que tropezó el doctor? ¿Quién prendió fuego al granero? ¿No?”. La comadrona que toma prestada la bicicleta en la que huirá a la ciudad después de que su hijo, síndrome de Down, sea agredido y luego desaparezca, se dispone a abandonar el pueblo enfilando un pasadizo que a lo lejos no dejará de recordar a la tristemente célebre puerta de Auswitch.

Hasta hace poco no saber quién es Michael Haneke podía resultar algo difícil de entender. A partir de ahora será inexcusable. En las últimas semanas ha sido una presencia constante en los periódicos: ha recibido en Madrid la medalla de oro que concede el Círculo de Bellas Artes, se ha programado una retrospectiva de su obra cinematográfica que se prolongará hasta la segunda semana de marzo, el Teatro Real ha llevado a escena en medio de un secretismo solo desvelado el día del estreno su versión del Cosi fan tutte de Mozart y Hollywood ha reconocido Amor con el Óscar a la mejor película de habla no inglesa. Ya no hay disculpas para seguir ignorando a ese personaje de cabellera y barba blancas que siempre viste de negro y es autor de un puñado de películas tan sombrías como profundamente perturbadoras.

Publicado en Escuela 28 febrero 2013

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