El provocador inagotable

De pronto, el nombre de Marcel Duchamp parece brotar por todas partes. Surge en la despedida a un octogenario Stéphane Hessel, a quien enseñó a jugar al ajedrez cuando este era apenas un crío y el artista francés una presencia habitual en su entorno familiar. También  cuando el nombre del autor de ¡Indignaos! y Mi baile con el siglo devuelve el de Henri-Pierre Roché, el escritor de Jules y Jim, la novela inspirada en el triángulo amoroso que mantuvieron Roché y los padres de Hessel, y que François Truffaut trasladaría al cine. Marchante, coleccionista, animador de revistas de arte, novelista tardío y autor de un caudaloso diario, Roché dejaría a su muerte un relato inconcluso, Victor, ambientado en la Nueva York de 1917 y cuyo protagonista es un trasunto de su viejo amigo Duchamp.

Una fotografía tomada en Nueva York en 1960 y en la que aparecen el pintor francés y Eugenio Fernández Granell presidía la exposición que el Centro Gallego de Arte Contemporáneo (cGac) dedicó hace poco al experimentalismo cinematográfico del surrealista gallego. Duchamp y Granell se conocieron en la ciudad de los rascacielos en 1952 y estrecharían su amistad una vez que el artista español se instaló allí en 1957. La muestra Eugenio Granell y el cine: una película de veinte minutos, con la que culminaban los actos de homenaje en el centenario de su nacimiento, exhibía entre otros objetos los famosos rotorelieves concebidos por el francés, unos discos que al girar producían curiosos efectos ópticos.

El nombre de Duchamp asoma de manera inevitable en la larga entrevista recogida por Alberto Anaut en vídeo y en libro y titulada Exposición individual. 24 horas con Eduardo Arroyo. En 1965 Arroyo, Gilles Aillaud y Antonio Recalcati pintaron un polémico cuadro que tenía como protagonista al viejo subversivo. Entreverada con la copia de tres de las más célebres obras del artista normando, que parecen actuar como pretexto, la secuencia narraba la subida del anciano pintor por las escaleras de su casa, su encuentro con los tres jóvenes artistas convertidos en gánsteres terribles que agreden, torturan y arrojan desnudo peldaños abajo al autor de Nu descendant un escalier, antes de que un grupo de marines entre los que figuran Warhol, Rauschenberg y Oldenburg porten su féretro cubierto con la bandera norteamericana. Según Arroyo, el cuadro pretendía pedirle cuentas, responsabilizarle de lo que había hecho en el arte. El pintor y escritor madrileño rememora el notable escándalo que se produjo, aguzado por el hecho de que Duchamp todavía vivía. En el manifiesto que hicieron público lo condenaban a muerte por carecer de espíritu aventurero, libertad de invención, sentido de la anticipación y poder de superación. Pero de lo que Arroyo, Aillaud y Recalcati acusaban al pintor francés era de haber cambiado el rumbo del arte al elevar a la categoría de piezas artísticas simples objetos industriales extraídos de su contexto, así como de ser el ideólogo de una propuesta que estaba echándose ya encima y que a ellos no les interesaba, pero tampoco les convenía.

La biblia de Vila-Matas

Cuando en 1966, un año después de exponerse el cuadro y con la polémica aún no sofocada, Pierre Cabanne se acerca a Neuilly a entrevistar a Duchamp, el anciano memorioso asegura que tras la acción de esos tres pintores veinteañeros no veía otra cosa que una voluntad publicitaria, ante la cual la indiferencia debía ser la mejor respuesta. Conversaciones con Marcel Duchamp, el libro que recoge esa charla, apareció en castellano en 1972 en la editorial Anagrama, y desde ese preciso momento sería para algún escritor en ciernes como Enrique Vila-Matas algo fundamental. “Se convirtió en mi biblia”, escribiría en 2009 en un artículo, “pero no porque me fascinara ese hombre que todo el tiempo estaba a punto de dejar de ser un artista, sino por algo más sencillo e interesante: a sus setenta y nueve años, decía que había tenido ‘una vida absolutamente maravillosa’ y parecía proponer un estilo ágil de conducta y de relaciones con el arte y con el mundo para quien quisiera sacar provecho de su involuntaria lección”. Agotado desde hace mucho, el libro tienta de nuevo al lector desde los anaqueles de novedades. La Fundación Helga de Alvear y la editorial This Side Up acaban de reeditar el volumen, al que han añadido un apéndice que contiene los tres prólogos que Pierre Cabanne escribió para las ediciones en francés y los textos de Robert Motherwell y Salvador Salí aparecidos en Norteamérica. Además, están todavía frescos los Escritos que, en versión de José Jiménez, ha publicado Galaxia Gutenberg. Ahí puede leerse que el urinario invertido con el que revolucionó el arte, la pala, el secador de botellas, el peine de metal para perros, la rueda de bicicleta montada sobre un taburete de cocina o la lámina de la Gioconda con bigote y perilla, sus célebres ready-made, se basaban en una reacción de “indiferencia visual, adecuada simultáneamente a una ausencia total de buen o mal gusto…”.

El que en cualquier momento pueda verse uno asaltado por la figura de Marcel Duchamp, habla mucho de su vigencia. En una revista de decoración puede advertirse cómo cuelga de una pared una fotografía con la cartela y la pequeña ampolla de Aire de París, otra de sus obras. La primera exposición que se realiza tras la muerte de Sigfrido Martín Begué, y que puede verse estos días en Valencia, en el Palau dels Valeriola, recuerda que el pintor de la movida madrileña llevó las referencias de Duchamp y Mondrian a un ámbito como el de las Fallas. En una librería de ocasión un sesudo estudio nos informa, antes de entrar en materia, sobre la personalidad de un artista que nunca solicitaba nada, vivió siempre con un presupuesto limitado, carecía de propiedades, nunca poseyó una biblioteca personal ni formó una familia en sentido estricto, y que viajó mucho y a veces con no más que lo puesto. Cada poco tiempo, en algún lugar del mundo se inaugura una exposición que actualiza su figura, da a conocer su obra y convoca a especialistas que abren nuevos caminos en su interpretación. El último centro de arte en hacerle hueco ha sido el Barbican de Londres, que en The Bride and the Bachelors (La novia y los pretendientes) aborda su influencia en artistas norteamericanos, como el compositor John Cage, el coreógrafo Merce Cunningham o los pintores Robert Rauschenberg y Jasper Johns. El espíritu provocador de Duchamp, lejos de agotarse, asoma por cualquier lado.

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