Josep Pla en Madrid

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Ya fuera profunda o ligera la relación mantenida con la ciudad, no han sido pocos los escritores que en algún momento han plasmado en su obra el Madrid que conocieron. En algunos casos sus nombres han alcanzado el privilegio de fundirse con épocas concretas de la vida de la capital. Hablamos del Madrid de Galdós, o del de Baroja o Valle-Inclán, como otras veces nos referimos al de Ramón, al de Cela o al de Luis Martín Santos. Josep Pla escribió dos libros sobre Madrid. ¿Existe un Madrid planiano? El Pla que el 14 de abril de 1931 llega a Madrid con el objetivo de escribir sobre el agitado momento político que vive el país es un hombre de 34 años que ha vivido en París y viajado por Italia, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Alemania, y que ha publicado varios libros en catalán que le han reportado fama y lectores. Madrid no es una ciudad desconocida para él.

Tras concluir en 1919 una carrera de Derecho que había tenido la virtud de sofocar el más mínimo interés por el mundo de las togas, las sentencias y las leyes, Pla entra de lleno de una manera impensada en el mundo del periodismo barcelonés. Al poco, está en la capital francesa ejerciendo como corresponsal de La Publicidad, y al cabo de tres o cuatro meses es reclamado para trasladarse una temporada a Madrid y escribir sobre lo que le plazca. Tiene 22 años. Se encuentra con una ciudad de la que ha oído hablar mucho a su padre, estudiante en su tiempo de la Escuela de Agricultura de La Moncloa. El joven periodista inicia un dietario en el que registra sus impresiones sobre la capital. Tiempo después, en 1928, y en el otoño lejano de Estocolmo, aquellos apuntes adquirirán su forma definitiva antes de convertirse en libro. En Madrid, 1921. Un dietario, traducción rescatada ahora por Libros del K.O., Pla deambula por la ciudad y extrae de cada situación una anécdota jovial. En su recorrido lo mismo recrea el llamativo submundo de las pensiones y el cambio de la guardia ante el Palacio Real, que se deleita en el Museo del Prado ante El tránsito de la Virgen, de Mantegna -“uno de los cuadros de más mérito que hay en Madrid”-; busca la respuesta al porqué de tantos restaurantes vascos, o sostiene que para vivir a gusto aquí hay que compenetrarse con el localismo frenético de la ciudad y estar convencido de que no hay nada como Madrid. Visita a Unamuno en Salamanca, asiste en la Universidad de la calle San Bernardo a una conferencia de Ortega y Gasset y se topa con la incertidumbre callejera que suscita el magnicidio de Eduardo Dato. Pero ni el asesinato del presidente del Gobierno escapa a su escritura bienhumorada. Después de correrse la voz de que los asesinos son catalanes, circula la sospecha de que la policía detiene a todo aquel que habla con ese deje. “Estos días, en efecto, tener acento catalán ha sido tan peligroso como estar fichado como militante anarquista”, escribe, antes de hacerle decir a su amigo Julio Camba que lo único que le salvará es que, “si bien tengo un acento verdaderamente raspado, en cambio construyo discretamente. La fonética me perderá, pero me salvará la sintaxis”. A lo que el gallego responde: “No se fíe de los conocimientos gramaticales de la policía. Se dan muchas sorpresas”.

“Misantropía flotante”

Urgido por la situación política, Pla vuelve a Madrid en 1931 y emprende otro dietario en el que consignará cuanto escape a la urgencia informativa. Las anotaciones se convertirán pronto en un libro, que cuando se traduzca al castellano llevará por título Madrid. El advenimiento de la República. De la capital de España dice ahora no interesarle nada, más allá del clima y del Museo del Prado. Desde las primeras líneas carga las tintas todo lo que puede. Ve una ciudad en la que se come muy mal, en la que el teatro es tan malo como la literatura que hacen las promociones más jóvenes, con una vida intelectual vacua e hiperbólica y un pobrísimo interés por los libros. Apenas salva la vida periodística, “infinitamente más intensa que en Barcelona”. El Madrid de los años treinta es para Pla una ciudad moderna en la que todo su confort es aparente y falso, y en donde apenas se puede hacer otra cosa para sobrellevar una “misantropía flotante” y una supuesta “soledad casi completa” que llevar un dietario. El humor queda diluido en la despiadada crítica.

Diez años después del costumbrismo festivo de 1921, el tono es otro. Recién llegado, Pla ve ascender la bandera tricolor por el mástil del Palacio de Comunicaciones, en Cibeles. La gente sale de los cafés para contemplarla y los comerciantes retiran de los escaparates cualquier referencia a una monarquía a punto de dar paso al régimen republicano. La década transcurrida ha hecho de la capital una ciudad desconocida, transformada. “Como la mayoría de las poblaciones del país, Madrid ha dado un salto considerable –hay quien dice que exagerado-”, puntualiza. Pla indaga en esa transformación producida al abrigo de la dictadura de Primo de Rivera, da cuenta de la envidia que Eugenio d´Ors siente hacia Ortega y Gasset, habla del papel del Ateneo en la configuración del nuevo sistema, consigna la muerte de Santiago Rusiñol en Aranjuez o reitera su aprecio por la pinacoteca del Prado, por más que la rebaje a ser el recurso más noble y agradable cuando uno no sabe qué otra cosa hacer. El libro recoge los movimientos políticos y lo convulso de esos días: el ataque al Círculo Monárquico de la calle de Alcalá, la destrucción de un quiosco de El Debate, la quema del convento de los jesuitas de la calle de La Flor, pero también la pesadumbre de un Unamuno víctima en el tranvía del robo de las trescientas pesetas que llevaba en el chaleco. El periodista catalán le hace ver que eso le puede pasar a cualquiera. “No, no, querido Pla”, le replica el rector salmantino, “esto de la República va mal, muy mal…”

Fuera de los nombres de tantos cafés que, antes de desaparecer, han pasado a la letra pequeña de la literatura, en esas páginas sí hay un Madrid reconocible. Pero no un Madrid que solo pertenezca a Pla. Políticamente, Josep Pla fue toda su vida un conservador. Estuvo vinculado a la Lliga Regionalista de Francesc Cambó en los años 20 y 30, fue muy crítico con la República y colaboró con el espionaje de Franco durante la guerra civil. Fue también el modernizador del catalán literario y, cosmopolita al tiempo que localista, el autor de una extensa obra escrita que suma 46 gruesos volúmenes. Decía liar el tabaco de picadura que fumaba solo para darse tiempo a encontrar el adjetivo exacto y tenía una letra que Montserrat Roig definió una vez como menuda, uniforme, limpia, sin apenas correcciones y dificilísima de transcribir. Su obra magna, El quadern gris, un falso dietario de juventud, ha vuelto hace unos meses a las librerías tras serles subsanados los cerca de cinco mil errores detectados desde que viera la luz en 1966. Si El quadern ha recibido tantas correcciones, no es difícil pensar que el resto de su obra necesite también de una revisión. Pese a esas impurezas, la prosa clara y límpida de Pla luce como el primer día.

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