Los años del delirio

Atrapados en el marasmo de una enorme recesión de consecuencias imprevisibles, cada trimestre se retrasa un poco más el vislumbre de algo parecido a la salida de la crisis. Con la conmiseración indulgente de un médico ante un enfermo desahuciado, nuestros gobernantes nos perjuran que la recuperación está cada vez más cercana, que este año será el último y que el próximo comenzaremos a sostenernos en esta agua fangosa porque ciertas cifras macroeconómicas son ya portadoras de buenas nuevas. Cada vez que un alto cargo se ve en la penosa obligación de comparecer ante la ciudadanía para insuflarle otra dosis leve de optimismo, el documento de alguno de esos organismos que en los momentos decisivos miraron para otro lado lo rebate con una advertencia parecida a la del canto tercero de La divina comedia: aquella en la que, ante las puertas del infierno, se emplazaba al abandono de toda esperanza. Tras cinco años de depresión, el Banco de España vaticina para el presente ejercicio una contracción de la economía española del 1,5%. Como al palo nunca le ha de faltar la compañía de una seductora zanahoria, los expertos del organismo regulador auguran para el próximo, 2014, un confianzudo crecimiento del 0,6% del PIB. Es bien poco, pero podría empezar ya a ser algo. Lástima que la economía no sea una ciencia exacta y que el supervisor del sistema bancario ya vaticinara el año pasado un crecimiento del 0,2% para 2013. Pese a Dante, todavía debemos albergar alguna confianza. El mismo gobierno pillado en el renuncio de intentar engañar a un tiempo a la Comisión Europea y a los ciudadanos españoles al difundir una cifra de déficit por debajo de la real considera que la previsión del Banco de España para este año es “algo pesimista”. Respiremos aliviados.

¿Cómo hemos llegado a una diabólica situación como esta, que se solapa además con una profunda crisis de confianza en las principales instituciones del país? Nos lo pueden intentar explicar los economistas, que, antes que los oráculos del porvenir que eran en nuestro imaginario, se han revelado como notables historiadores de lo pasado. Nos lo pueden aclarar nuestros gobernantes, aquellos que para no anticipar sus efectos no veían la crisis que acampaba ante sus puertas, y todavía mejor quienes pretendían reducir el precio de las viviendas por el método de liberalizar el suelo, los que aseguraban que si se vendía una multitud ingente de pisos cada año era porque había dinero o que negaron la existencia de la burbuja inmobiliaria hasta un segundo antes de que hiciera plop. Nos lo pueden esclarecer los arquitectos, por ejemplo, pero también los periodistas, que vieron cómo los promotores compraban los medios para decidir lo que era noticiable, después de haber convencido a los alcaldes en los palcos del fútbol sobre lo que debía ser construible. En esa tesitura quizá sea un escritor el que pueda acometer del mejor modo posible la tarea de recontar esos años disparatados. Rafael Chirbes lo ha intentado en Crematorio y en la más reciente  En la orilla, pero Antonio Muñoz Molina ha preferido no el género novelesco sino el ensayo para recordarnos un tiempo que estando tan cerca se nos antoja ya tan lejano.

Un país en ebullición

Hacia la mitad de Todo lo que era sólido, el autor de El jinete polaco cuenta cómo un caluroso día de verano se refugia en un despacho de la redacción de El País para revisar los ejemplares del año 2007. Demorándose en la relectura de los periódicos, apenas tiene la sensación de avanzar en la tarea que se ha impuesto. No importa. Una pequeña muestra es suficiente. A lo largo de una quincena de páginas el lector apenas tiene ante sus ojos otra cosa que una relación de titulares con la evidencia de un país en ebullición, un país hiperactivo que acapara el 26% de los billetes de 500 euros que circulan por Europa y parece dominado por una imparable fiebre constructiva y una recién descubierta pasión por el golf. Lo que podía resultar tedioso, se vuelve apasionante. Por esos encabezamientos aparecidos en el lapso increíble de apenas dos meses desfila concentrado el espíritu de esos años. Mezclando la reflexión con sus propias vivencias, Muñoz Molina nos recuerda también el despilfarro en el que las Administraciones públicas se desenvolvieron cuando el dinero parecía un recurso inagotable, la acumulación de riqueza podía ser inmediata, la política hacía tiempo ya que se concebía como un oficio para el medro personal, se destruían privilegiados parajes naturales y el virus de la corrupción se infiltraba en el cuerpo entero de una sociedad.

Esas informaciones que con docilidad hablaban de construcciones faraónicas, recalificaciones con beneficios millonarios, porcentajes inauditos de crecimiento, expectativas grandilocuentes, no tardarían luego en encontrar su reverso en esos mismos periódicos. Si alguien hiciese otra cala semejante en el devenir más reciente, no le sería difícil ver reconvertidas esas refulgentes piezas periodísticas en una mortuoria sucesión de empresas desprendiéndose de sus trabajadores antes de afrontar su propio cierre. Pero también de una interminable serie de presidentes regionales, diputados, alcaldes, duques, concejales, tesoreros, constructores y conseguidores compareciendo ante los tribunales de justicia por la azarosa fatalidad de haber recaído la sombra de la sospecha sobre ellos. El dinero dejó de manar un día, y hoy, en medio de una crisis económica que puede llevarse por delante un país entero, recogemos los restos putrefactos de aquella euforia que asombró al mundo.

“Todo lo que era sólido se desvanece en el aire”, escribieron Marx y Engels en El manifiesto comunista, una cita que Muñoz Molina nunca identifica, a diferencia del artículo de 2010 en el que anticipaba ya este libro de ahora. ¿Qué hacer para conservar aquello que consideramos todavía irrenunciable, para favorecer que el país salga de este atascadero en el que está sumido? Que nada es para siempre, que no hay que dar las cosas por descontado y que el punto en el que no hay ya vuelta atrás llega sin avisar, son ideas que recorren muchas de estas páginas. Su propuesta consiste en una rebelión cívica que “utilice con inteligencia y astucia todos los recursos de las leyes y toda la fuerza de la movilización para rescatar los territorios de soberanía usurpados por la clase política”. Cosas sensatas que nos ayudaran a dejar atrás estos años de delirio, como la necesidad de discutir con rigor y sin miedo, apostar por la mezcla antes que por el monolitismo de la identidad, prestar más atención a las personas que actúan que a las que hablan o someter la actividad política al control de la legalidad y de la crítica. También la limitación de mandatos, las listas electorales abiertas, la profesionalidad y la independencia de la Administración o la defensa del valor de lo público frente a su interesado descrédito. Son propuestas que rezuman cordura. Que acaso pequen de timoratas. Pero que, más que necesarias, resultan imprescindibles.

 

Publicado en Escuela Nº 3.978 (4 abril 2013)

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