El humanista indignado

Si uno sabe vivirlos en plenitud, 96 años pueden dar para mucho: tanto como para contener tres o más vidas allí donde únicamente suele haber espacio reservado para una. En una larga existencia como la suya, llegada a término el pasado día 7, José Luis Sampedro logró desarrollar una fructífera carrera universitaria como catedrático de Estructura Económica, convertirse en novelista de éxito cuando ya había cumplido los sesenta, y en sus últimos años ser tomado como referente por una generación de jóvenes que ocuparon calles y plazas para impugnar las indignidades del poder. Esas tres vidas no fueron el fruto de un corte tajante, de una ruptura radical. Cada una fue anudándose a las otras y sucediéndose con naturalidad, con coherencia, manteniendo entre sí una ligazón que llevaba al viejo rebelde a seguir escribiendo sobre economía, al economista a perseverar en la invención de historias y al novelista a protestar contra los desmanes de la realidad.

Cuando en el otoño de 1981 su nombre asomó por aquellas severas portadas de Alfaguara diseñadas por Enric Satué, el autor de Octubre, octubre no era un desconocido para la intelligentzia de la época. Sampedro, que había cesado ya en su cargo como senador por designación real, era un personaje influyente, pero del que los lectores apenas sabían nada, pese a haber publicado ya tres novelas (Congreso en Estocolmo, El río que nos lleva y El caballo desnudo) y obtenido un premio nacional por una obra de teatro. Con la jubilación a las puertas, su nombre empezaba a dejar de ser patrimonio de los círculos económicos, para hacerse un hueco en las páginas dedicadas en los periódicos a la literatura. Durante los veinte años en los que se dilató la escritura de Octubre, octubre, Sampedro ocupó responsabilidades bancarias, protestó contra la expulsión de sus cátedras de los profesores Aranguren, Tierno Galván o García Calvo, dio clase en universidades extranjeras o colaboró en la creación del Centro de Estudios e Investigaciones (CEISA), un ámbito colectivo de enseñanza e investigación sociológica levantado bajo la apariencia de una sociedad mercantil, que al poco sería clausurado por las autoridades franquistas.

Un sistema anacrónico

El profesor universitario que escribía sesudos tratados de economía no se resistía a las veleidades de la novelística. Octubre, octubre le empezó a hacer un nombre en el panorama literario, pero el éxito le sobrevendría cuatro años después con la publicación de la que terminó por ser su obra más conocida, La sonrisa etrusca. La historia del viejo campesino calabrés que, frente al ambiente hostil de la gran urbe milanesa y la presencia de la enfermedad, encuentra en su pequeño nieto un regalo inesperado de la vida le deparó a Sampedro un gran éxito de público, que lo acompañaría por sus libros siguientes haciendo de él un escritor tremendamente popular. Por algún tiempo el novelista conseguiría arrinconar al profesor y al economista y lo llevaría a ser reconocido por los libreros o a ocupar una plaza en la Real Academia Española en reñida disputa con Francisco Umbral. Pero el literato no consiguió sofocar nunca al experto en asuntos económicos. Él no era un crítico sañudo del sistema capitalista. “El capitalismo no es malo en sí; pero es anacrónico”, decía mientras España se embarcaba en la furia desmedida del olimpismo barcelonés, el universalismo de las exposiciones sevillanas y la astronómica inversión en un tren de alta velocidad que sería víctima de su ojeriza. “Este sistema capitalista occidental ha sido excelente mucho tiempo, le debemos grandes avances técnicos, pero ya no tiene ideas. Ha creado unos problemas que ya no puede resolver, como la ecología o el medio ambiente”, afirmaba años después. No se oponía al mercado, pero sí rechazaba una sociedad mercantilizada como esta y se mostraba convencido de que estábamos adentrándonos en un periodo de barbarie cuya consecuencia es una sociedad impulsada por el miedo. “Vivimos en el centro de un gran chantaje”, concluía.

Durante años, cuando los periodistas orillaban las cuestiones literarias y le preguntaban por asuntos relacionados con la economía o la política, dejaba salir al contestatario que llevaba dentro, ese que no tenía reparos en certificar que un sistema como el español de listas cerradas y mayorías absolutas no era una verdadera democracia, y que respondía con propuestas como la de que el contribuyente pudiese decidir el destino del 40% de sus impuestos, algo que equivaldría a dar su parecer cada año y no solo cada cuatro ante las urnas. Sus opiniones podían ser la de cualquier ciudadano disconforme con la degradación democrática de su país. Por eso su pensamiento coincidía en tantas cosas con los postulados que un 15 de mayo llevó a muchos jóvenes -y después a otros que no lo eran tanto- a expresar en los espacios públicos su rabia y su indignación ante una realidad social en descomposición. Sampedro prologó el Indignáos escrito por alguien de su misma quinta, Stéphane Hessel. En ese texto reconocía que no es fácil saber hoy quién manda en realidad, ni cómo los ciudadanos pueden defenderse de los continuos atropellos. Inmersos en este sofisticado totalitarismo actual, decía, hay que tratar de no sucumbir bajo el huracán destructor del siempre más, del consumismo voraz, de la distracción mediática. Como Hessel, Sampedro invitaba a negarse, a indignarse, a actuar.

El prestigioso economista, el académico, el novelista famoso, el inconformista unía su voz a la de tantos que clamaban por un mejor uso de la justicia social y que demandaban cambios urgentes que devolvieran a la democracia su verdadera naturaleza, despojándola de políticos depredadores que tanto recuerdan a aquel viejo despotismo ilustrado que todo lo hacía por el pueblo, sin contar con él. Aunque de una forma cada vez más espaciada, José Luis Sampedro siguió dando trabajo a la imprenta hasta poco antes de su muerte. Los 96 años de vida habían apaciguado esa vitalidad que hasta no hace mucho le empujaba a levantarse a las cinco o las seis de la mañana, sentarse en su sillón de orejas y disponer sobre sus piernas esa fina tabla sobre la que apoyaba los folios en los que escribía a mano y en donde daba rienda suelta a su imaginación. Pero la elevada edad no había conseguido aplacar su viveza intelectual, la misma que en la hora de su muerte ha hecho a tantos recuperar para definirlo una palabra que pocas veces puede emplearse con rigor: humanista. Profesor, novelista, rebelde, Sampedro fue, antes que otra cosa, eso, un profundo conocedor de la naturaleza humana. Un humanista que vivió su vida con plenitud.

Publicado en Escuela 18 abril 2013

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s