Poetas de la lluvia

Un poema no es una canción, como tampoco toda canción es un poema. Géneros emparentados por un aire de familia, permanecen sometidos a reglas propias, a exigencias y discurrires particulares. También a reputaciones dispares. Cualquier poema fugaz parece llevar en sus entrañas una huella romántica que perfuma de excelsitud y delicadeza a su autor. Una canción, por más que su presencia pueda extenderse a lo largo de décadas, se antojará casi siempre material de baja estofa, producto de consumo rápido. En la lectura de poemas que ofreció en la Residencia de Estudiantes en diciembre de 1988, apenas un año antes de su muerte, Jaime Gil de Biedma contaba un encuentro casual con Joan Manuel Serrat en una cafetería. En la despedida, el cantautor no dejó de decirle eso de ‘tendríamos que escribir algo juntos’. Socorridas palabras para proyectar el vínculo hacia un futuro que nunca ha de materializarse. Nada más quedarse solo, el autor de Moralidades y Compañeros de viaje cogió una servilleta y escribió una letra de canción. ¿Una letra de canción o un poema? A finales de aquel año el texto cuyo título modificaba el verso de un soneto de Mallarmé parecía que iba a convertirse por fin en canción. Lo cantaría María Dolores Pradera, anunció Gil de Biedma, antes de apostillar: “Que no sé si le va…” Una risita de superioridad se expandió entre el auditorio. ‘T´introduire dans mon histoire…’ es una excelente composición, recogida en el libro Poemas póstumos. En la espléndida voz de María Dolores Pradera, ‘La vida a veces’ resulta una canción magnífica. Poemas y canciones se funden y hermanan cuando la inteligencia y la sensibilidad anidan juntas.

Tampoco faltan la sensibilidad literaria y la inteligencia musical en las canciones de Amancio Prada. A lo largo de una trayectoria iniciada en el París de comienzos de los 70, el cantante berciano ha contado con la colaboración de letristas nada desdeñables, que van desde los anónimos autores del romancero hasta Agustín García Calvo y Chicho Sánchez Ferlosio, pasando por Jorge Manrique, San Juan de la Cruz y Manuel Vicent, por ejemplo, para llegar a Álvaro Cunqueiro, Carmen Martín Gaite, Federico García Lorca o Rosalía de Castro. Pero aun con eso, unos buenos textos no son garantía de nada cuando el poema inicia su metamorfosis para convertirse en música. Solo el talento puede obrar la transformación. Esa aptitud se advierte una vez más cuando Amancio Prada sube al escenario para anudar a Federico García Lorca con Rosalía de Castro, en un espectáculo programado días atrás en el Teatro Español de Madrid y que ahora recorrerá diversas ciudades. En A Rosalía de Federico, una idea nacida en la mente del director teatral José Luis Gómez, Prada entabla un diálogo imaginario entre ambos a partir de sus canciones. La fascinación de Amancio Prada por la poeta gallega viene de antiguo y se concreta en los diferentes discos en los que a lo largo del tiempo ha plasmado y reelaborado su visión de la autora de Follas novas y Cantares gallegos. En un espectáculo en el que todo el trabajo escenográfico se resume en el vaciado de la caja escénica, a cuya orfandad solo escapan una mesa, un jarrón con flores y dos pares de zapatos, y con no mucha más compañía que una guitarra y un acordeón, Amancio Prada pone en pie un recital que tiene como menor virtud la de renovar el interés por la obra de los dos poetas.

Plaquette

No coincidieron en el mundo de los vivos. Cuando Federico nació en 1898, hacía 13 años que Rosalía había muerto, con apenas 48, víctima de un cáncer. Pero la fascinación de García Lorca por la poetisa gallega se había despertado muy pronto. Con apenas 18 años, y a la vuelta de su primer viaje a Galicia, le dedicó en 1916 su ‘Salutación elegíaca a Rosalía de Castro’. Su admiración seguirá incólume cuando retorne en 1932. Lorca acude a Santiago de Compostela invitado por el Comité de Cooperación Intelectual. Tras la conferencia dictada en el Pazo de San Clemente, junto a la Alameda, en lo que es hoy el IES Rosalía de Castro, da un paseo nocturno en compañía de un grupo de intelectuales. Entre ellos están Luis Seoane, Carlos Maside, García-Sabell o su amigo gallego de Madrid Ernesto Guerra da Cal. Ese recorrido por las desiertas rúas compostelanas y por la fascinante Praza da Quintana le causa una profunda impresión. Antes de dejar la ciudad le regalará a Carlos Martínez Barbeito un poema autógrafo hoy extraviado en el que hablaba de la lluvia y del mar de Galicia. Ya en Madrid, recaba de Guerra da Cal ayuda para escribir un poema en gallego que tiene en mente. ‘Madrigal a la ciudad de Santiago’ se compone en 1932, y en él plasma su visión de un Santiago bajo la lluvia con un telón de fondo amoroso: “Chove en Santiago / meu doce amor. / Camelia branca do ar / brila entebrecida ô sol”. Cuando en el otoño de ese mismo año vuelva a Galicia con La Barraca lo recitará y lo entregará para su publicación en un periódico. Es la primera de las seis composiciones que elaborará sobre la tierra de Rosalía, a quien dedica uno de ellos, ‘Canzón de cuna pra Rosalía Castro, morta’. Los poemas en gallego están ya terminados en la primavera de 1935, cuando Eduardo Blanco Amor, el autor de A esmorga, se los pide para publicarlos en una plaquette que aparecerá bajo el sello de la editorial Nós.

Los Seis poemas galegos suenan ahora en la voz de Amancio Prada, luego de que hubieran corrido menor fortuna en manos de otros compositores, y de que él mismo hubiera musicalizado alguno años atrás. Los poetas que se ven traducidos a música suelen mostrar su complacencia. No sabemos si Jaime Gil de Biedma oyó cantar a María Dolores Pradera aquel poema sobre la dificultad de la convivencia. Al Juan de Mairena machadiano le incomodaba decir sus propios versos u oírlos declamados o cantados, a menos que los recitaran los niños de las escuelas populares. Lorca, en cambio, gustaba de sentarse al piano y cantar en veladas familiares o en improvisados conciertos junto a amigos temas populares o cantigas gallegas de Alfonso X El Sabio o Martín Codax. No resulta trabajoso adivinar qué pensaría el autor de Romancero gitano al oír en la voz de Amancio Prada esas viejas canciones del mar de Vigo, sus propios poemas sobre la pluviosa Compostela o los de Rosalía, su ‘hermana en tristeza’, poeta también de la lluvia, a la que emplaza a levantarse de su tumba en Santo Domingo de Bonaval porque cantan ya los gallos del día y porque el viento brama como un rumiante: “¡Érguete, miña amiga,/ que xa cantan os galos do día!/ ¡Érguete, miña amada,/ porque o vento muxe, coma unha vaca!”.

Publicado en Escuela  25 abril 2013

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