El Machado de Collioure

Solo hay una manera cierta de saber hasta qué punto habrá cambiado al cabo de treinta años aquel pequeño pueblo costero del sureste francés; pero ese viaje de retorno no tiene fecha todavía. En las imágenes que surgen en la pantalla del ordenador aparecen lugares, edificios y paisajes que la memoria aún registra, y a la que no le cuesta mucho evocar a unos jóvenes estudiantes sin hospedaje que se guarecen de la lluvia invernal bajo la protectora escalinata exterior de un antiguo hotelito, alumbran aforismos a la sombra nocturna de un castillo templario, recorren la playa al amanecer o reconocen en una taberna a algún escritor cuya obra a duras penas perduraba ya. La estampa de hace tres décadas estará con seguridad más próxima a cualquiera de las de hoy que a esta otra que asoma en una vieja fotografía de los años treinta del siglo pasado: las barcas de pesca varadas en la playa y pocos edificios más que los que se asoman al mar. Pero ese es el Collioure que debió de conocer Antonio Machado en sus días finales, y esas entonces humildes casas las mismas que suscitaron en él aquel comentario que luego su hermano José trasladaría en una carta al filólogo Tomás Navarro Tomás: “Quién pudiera quedarse aquí en la casita de algún pescador y ver desde una ventana el mar, ya sin más preocupaciones que trabajar en el arte”.

En Collioure encontró Machado amparo para los que serían sus últimos veintiséis días de vida. Desde aquel 22 de febrero de 1939 en que murió, el nombre de ese pequeño pueblo francés quedaría vinculado para siempre al del autor de Campos de Castilla o Juan de Mairena, y se convertiría en lugar de peregrinación poética para una legión de lectores. A diferencia de quienes no habían dudado en abandonar el país en cuanto las balas empezaron a silbar tras la sublevación militar contra la II República, Antonio Machado, que entonces superaba ya la sesentena, se resistió a dejar Madrid cuando en noviembre de 1936 León Felipe y Rafael Alberti, en nombre de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, se presentaron en su casa de la calle General Arrando, en Madrid, para rogarle que aceptara ser evacuado hacia Valencia. Machado rehusó la propuesta, y solo tras una segunda visita daría su consentimiento.

Recuerdos

Aquella trágica peripecia que arrancó el 24 de noviembre de 1936 la han relatado diversos autores. Desde su exilio chileno y en un temprano 1940 su hermano José, testigo privilegiado de sus últimos padecimientos, escribió un conjunto de recuerdos que solo verían la luz en forma de libro cuando Últimas soledades del poeta Antonio Machado salió en 1971 de la Imprenta provincial de Soria. Rafael Alberti nos dejaría su propio testimonio en Primera imagen de…, el volumen en el que evoca a Federico García Lorca, Juan Ramón Jiménez o Valle-Inclán, entre otros. En esa magna biografía que es Ligero de equipaje lo ha abordado Ian Gibson. El último en aproximarse a esa estela ha sido Xavier Febrés (Barcelona, 1949), un periodista y escritor de trayectoria tan dilatada como su propia curiosidad. Febrés lo mismo ha ahondado en las biografías de Josep Pla, del escultor Aristide Maillol o del Tío Alberto de la canción serratiana, que ha practicado el reportaje largo, la narración viajera o el dietario, además de ser responsable de Diàlegs a Barcelona, una extensa colección que recoge conversaciones entre dos destacadas personalidades de algún ámbito y que constituye un interesantísimo formato que no se sabe por qué no se ha exportado fuera de Cataluña. Ahora en Els últims dies de Machado (La Mansarda) hace recuento de todo lo que se sabe sobre la etapa final del poeta sevillano y lo pone en relación con el patético discurrir del país en ese tiempo de guerra. Febrés sigue a Machado en la retirada del gobierno republicano hacia Valencia, primero, y Barcelona después, y, tras la caída de la capital catalana, da cuenta del trágico éxodo hacia la frontera francesa. Sobre un territorio que conoce bien, el autor rastrea de manera pormenorizada el viaje que conduciría a Machado al exilio. Formando parte de una comitiva de intelectuales integrada entre otros por Corpus Barga, Tomás Navarro Tomás o Carles Riba, en un momento dado un Machado ya muy debilitado tiene, como el resto, que abandonar el coche y recorrer a pie y bajo la lluvia el medio kilómetro que los separa de la frontera. Al dejar atrás el vehículo, el maletín en el que el poeta guarda algunos de sus libros y papeles se extravía para siempre. Después, cuando se presenta la posibilidad de continuar en tren el viaje, Machado y su familia, en vez de dirigirse hacia Toulouse o incluso París, deciden apearse en Collioure, uno de los primeros pueblos tras la frontera francesa.

Este momento tan amargo lo pone Xavier Febrés en paralelo con los todavía más trágicos vividos por tantos miles de refugiados que, víctimas de una huída caótica y dolorosa, no solo no recibieron un trato deferente por parte de un país democrático como el francés, sino que fueron conducidos a terribles campos de concentración. Argelers, Sant Cebrià y el Barcarés son todavía hoy sinónimos de la ignominia, como nos recuerdan los testimonios fotográficos que han quedado, entre ellos alguno de Robert Capa. Febrés hace un relato pormenorizado de esos días, que todavía deben de pesar sobre la conciencia de un país que poco después iba a ser perseguido y humillado por las tropas de Hitler.

Algunos de esos documentos gráficos recogen también esa patética riada de refugiados por las calles del Collioure de 1939, en cuyo castillo templario estaban encarcelados los soldados uniformados de la segunda Brigada de Caballería ‘Andalucía’ a los que se autorizó a portar en hombros el féretro de Machado hasta el cementerio. Ese viejo camposanto, que en otros tiempos sirvió de proyección para nacientes grupos literarios, sigue siendo lugar de destino para muchos de los que sienten como propios los poemas de Machado. Debe de ser la suya la única tumba en el mundo que cuenta con un buzón de correo. Desde cualquier rincón, las cartas siguen llegando. En ese extraño buzón alguno de aquellos jóvenes que una vez se guarecieron de la lluvia bajo las escaleras del antiguo hotel Bougnol-Quintana y que pergeñaron aforismos al abrigo del castillo templario quizá depositara un papel con el mismo verso luminoso y prometedor que José Machado encontró en el gabán del poeta a la muerte de este: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Habrá que ir pensando en volver. Aunque solo sea para saber cómo hemos cambiado.

Publicado en Escuela 2 mayo 2013

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