Camba: ni en serio ni en broma

Julio CambaLas hemerotecas constituyen una fosa común extraordinariamente fértil. Los espeleólogos que se animan a adentrarse en ese osario en el que reposan para toda la eternidad las palabras más volanderas rara vez suelen abandonar ese mundo enrarecido sin el material suficiente como para alumbrar un nuevo libro. En esa necrópolis de papel en la que los sucesos truculentos, los devaneos políticos y las vanidades mundanas siguen disputándose una fama póstuma reposan algunas alhajas literarias, bastante bisutería y no poca quincalla, a la espera de un investigador sagaz que sepa hallar una gema. Francisco Fuster, un joven doctor en Historia Contemporánea que ha estudiado a Baroja y a Azorín, ha dejado por un rato  las profundidades del viejo periodismo para ofrecernos un libro que hasta ahora no se le había ocurrido ni a su autor, Julio Camba (1884-1962), ni a ninguno de sus editores anteriores. En Caricaturas y retratos (Fórcola ediciones) Fuster ha recopilado un conjunto de textos que el articulista gallego fue escribiendo a lo largo de los años sobre escritores y pensadores y que, en la mayor parte de los casos, permanecían sepultados bajo grandes capas de polvo.

La trayectoria vital de Camba osciló entre un prematuro anarquismo juvenil, que le valió ser expulsado de Argentina poco después de haber llegado con 16 años como polizón, y un conservadurismo que no necesitó alcanzar su madurez para ofrecerse como fruto granado. La mayoría de estos retratos ahora rescatados los escribió en la primera o en la segunda década del siglo XX, y por ellos desfilan nombres como Gorki, Rostand, d´Annunzio, Balzac, Nietzsche, Bergson o Marx, además de compatriotas de lengua como Amado Nervo, Carolina Coronado, Rubén Darío o Baroja, entre otros. En esta treintena de semblanzas hay piezas curiosas, como el retrato que hace de Anatole France. Instalado en París como corresponsal, Camba recibe el encargo de entrevistar a literatos franceses. Un día se dirige a casa del novelista, ensayista y futuro premio Nobel, ignorante de que este se encuentra fuera del país, en Argelia. Camba ve frustrada su intención de recoger la visión que del mundo tiene France, pero eso no es óbice para trabar una suculenta crónica del escritor visto a través de su criada.

Hay en este volumen muchas observaciones de interés. Pero donde probablemente estén las más notables quizá sea en los retratos más cercanos. De Alejandro Sawa, de quien si todavía se tiene memoria es por el Valle-Inclán de Luces de bohemia, asegura: “Pudo ser un gran escritor y un gran orador, y, al final de sus días, en esa Puerta del Sol, de la que nunca lograremos evadirnos completamente, no era más que un hombre que había vivido en París”. La lectura de unos poemas de otro bohemio, Emilio Carrere, le lleva a pensar que se trata de un libro un poco anarquista, un poco místico, un poco inmoral y muy triste. Sin embargo, dice no atreverse a sugerirle lo que Barbey d´Aurevilly le aconsejó a Baudelaire tras Las flores del mal: dilucidar entre hacerse cristiano o saltarse la tapa de los sesos. “Ni lo uno ni lo otro”, replica Camba, “porque yo creo que todas estas cosas pueden arreglarse con un poco de dinero”, y, si no fuera suficiente, añade, acaso bastaría con la búsqueda de un ideal, un ideal, eso sí, al alcance de solitarios e inadaptados.

Una habitación en el Palace

En Madrid, 1921. Un dietario Josep Pla lo describe de esta manera: “Bajito, regordete, con una barriguita llevada con mucho garbo, los ojos pequeños y vivos un poco abotargados, un fino bastón en la mano, un clavel en el ojal”. Trabajó como corresponsal de prensa en Constantinopla, París, Londres, Berlín, Nueva York y Lisboa, aunque en alguna de esas ciudades no encontró por parte de sus autoridades un sentido del humor que se correspondiera con el que él empleaba en sus artículos. Al dejar en 1949 la capital portuguesa regresó a Madrid y se instaló hasta el final de sus días en la habitación 393 del Hotel Palace. Sus biógrafos barajan diversas teorías sobre quién costeó esa estancia de trece años. Una de ellas sugiere incluso que fuera Juan March, el financiero que se enriqueció con el contrabando de tabaco y que financió a Franco. Desde el primer momento de la sublevación de 1936 Camba no dudó en alinearse con los golpistas. De la experiencia republicana había dejado escritas palabras muy duras. En Haciendo de República, donde en 1934 recopiló artículos aparecidos durante el primer bienio, afirmaba que era el fenómeno más desmoralizador que se había producido en España en muchísimo tiempo. “Mientras no la teníamos, confiábamos en ella, aunque solo fuese como en una salida para casos de incendio (…), pero ahora que la tenemos no nos queda salida ninguna. (…) La República nos quitó la ilusión de la República, y lo grave es que, a cambio de esta ilusión, no nos ha dado ni la menor partícula de realidad”.

Además de a una escritura (casi siempre) bienhumorada, durante muchos años el nombre de Camba quedó asociado a las puntillistas portadas de la colección Austral. En su catálogo aparecían títulos como La ciudad automática, Aventuras de una peseta, La rana viajera, Un año en el otro mundo, Millones al horno o tantos otros. Hoy, su obra –incluido Haciendo de República, cuya última edición databa de 1968- está repartida por una multitud de jóvenes editoriales que han vuelto sus ojos hacia este articulista viajero y apasionado del buen comer. Ver ahora todos esos títulos sobre las mesas de novedades evidencia que Camba escribió mucho, aunque se tomara largos descansos y cultivara una cierta fama de perezoso. En el prólogo reciente a Mis páginas mejores, un digno heredero, Manuel Jabois, recuerda una nota para el director con la que acompañó un artículo escrito en su primer destino como corresponsal: “Perdóneme que esta crónica haya salido algo más extensa, pero la premura de tiempo para mandársela no me ha permitido escribir algo más corto”. Cuando en 1913 pasó a  las páginas de Abc envió un texto en el que se presentaba ante sus lectores y reclamaba de ellos indulgencia en tanto se familiarizaban con él. En vez de enfadarse por alguna paradoja, debían sonreírse afectuosamente ante sus pequeñas tonterías. “Necesito que ustedes me conozcan antes de entrar en tarea para que no me tomen nunca completamente en serio”. A lo que apostillaba: “Ni completamente en serio, ni completamente en broma”. A estas alturas Julio Camba ya no necesita más presentación. A por sus libros…

Publicado en Escuela 9 mayo 2013

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