Hacer cine hoy

Pasado el tiempo, con la distancia de muchos años, los historiadores y los sociólogos de la cultura acostumbran a diseccionar una etapa concreta y a perfilar en la extensión de una frase lo que en su momento se antojaba un fenómeno complejo. Decir hoy que estamos inmersos en un cambio de época, de modelo, de paradigma, en un proceso de transición hacia no se sabe dónde, resulta ya un lugar común. Sin demasiada consciencia nos sabemos en el centro de un remolino contra el que luchamos, pero cuya fuerza de arrastre impide que seamos conscientes de sus verdaderas dimensiones. Su ruido nos ensordece, lo invade todo. Los efectos de la enésima crisis económica se ciernen a diario sobre todos nosotros. El empleo es un bien escaso. Los medios de comunicación se tambalean o desaparecen. Los cines echan el cierre. El paisaje urbano muta. ¿Qué dirán en un futuro los sociólogos, los historiadores de la cultura, de este tiempo que hoy es nuestro? ¿Con qué frase lapidaria sintetizarán las consecuencias que en la producción cultural está teniendo una crisis cuyo fin no se avizora? Es difícil adivinarlo. Pero tal vez en ese recuento para el que habrá que esperar todavía algunos años alguien deje caer el título de dos películas estrenadas hace poco, y que uno diría que pueden ser signo de algo.

Tras un largometraje, Todas las canciones hablan de mí, sujeto a los cánones convencionales, Jonás Trueba (Madrid, 1981) acomete su segunda obra. Sin dinero, con una arrumbada cámara de 16 milímetros, película caducada o procedente de las sobras de otra, un rodaje reducido a unos pocos días en el intervalo extenso de muchos meses y unos actores que no percibirán remuneración por su trabajo, pone en pie Los ilusos. La película, en blanco y negro, cuenta para su exhibición con una sola copia. Su estreno no se produce en una sala comercial. Ni siquiera en una de esas que parecen presumir de un gusto cinematográfico más refinado o de una concepción más arriesgada del cine, y que asoman en la misma película. Se exhibe por unos días en el Matadero de Madrid, uno de los últimos espacios culturales incorporados a la ciudad. Su Cineteca se llena hasta la última butaca. Viajante de sí mismo, el director acude con su película bajo el brazo a otras ciudades para proyectarla e intercambiar impresiones con el público. Nada frena sus ganas de hacer cine. La responsable de la otra película es una directora con una amplia trayectoria a sus espaldas. Una cineasta veterana, famosa, polémica y a menudo vilipendiada, Isabel Coixet. Ayer no termina nunca es su séptimo largometraje. Ella misma ha sido su productora: ha corrido con la financiación y ha asumido el riesgo económico de su filme. Es una película hecha con dos actores y un número mínimo de localizaciones. Una película que para ella es algo más que una película. Una cuestión personal. De algún modo una obligación moral. Pero también la voluntad de seguir haciendo cine, aun cuando las circunstancias sean adversas.

Dolor desgarrador

La temática de una y otra es muy distinta y, aunque distan de ser películas redondas, granadas, no por ello dejan de ser dos filmes más que interesantes. Cada uno a su modo. En Ayer no termina nunca Coixet aborda la manera de afrontar la vida tras un dolor desgarrador. El hombre vive en Alemania, en donde se ha casado de nuevo y ha rehecho su vida como profesor universitario. La mujer, traductora, pasa graves dificultades económicas y sufre la penuria de una España que no consigue superar una profundísima crisis económica. Él acude al reclamo de su exmujer, con la que se encuentra en un recinto inhóspito que el espectador tardará en identificar pero que evoca alguna de esas colosales construcciones abandonadas tan características de estos años últimos. En esa necrópolis diseñada por el fallecido arquitecto Enric Miralles el hombre y la mujer repasan la secuencia de su vida juntos, la muerte de su hijo y el modo distinto en que cada uno ha afrontado el duelo. Ambientada en un futuro próximo, 2017, en un país en el que los recortes económicos han desguazado los servicios sanitarios, una soberbia Candela Peña y un desigual Javier Cámara entablan su propio ajuste de cuentas en una cinta que podría sin dificultad pasar por una obra de teatro, pero que va más allá de la piel.

El registro de Los ilusos es otro. La de Jonás Trueba es una película rodada a tientas, sin la guía certera de un guion, pero también sin la rigidez de su corsé. Un filme que surgía de la nada a medida que se presentaba la posibilidad de rodar. A veces se antoja un documental sobre un grupo de jóvenes en los arrabales del cine: directores que se ganan la vida impartiendo clases mientras no pueden hacer una película sobre el suicidio, actrices que no encuentran trabajo y se debaten sobre si regresar a su país o no, estudiantes que ven frustrado su propósito de realizar una entrevista sobre una película. En otras, una suma de reflexiones desordenadas en torno al cine, a su contemplación y a su creación, entreveradas con algún interludio musical y planos de los que no se ha escamoteado el momento de la claqueta ni el cine sobre cine. En el diccionario particular de este tercer Trueba, los ilusos –homenaje a la novela que con el mismo título, y dibujos de Antonio Mingote, publicó Rafael Azcona en 1958- son los jóvenes artistas que quieren dedicarse al cine, al teatro, a la pintura, a la música, pero que no lo consiguen. “O tan solo en el ámbito doméstico, casero”, según especifica Jonás Trueba en Las ilusiones (Periférica). Por más que los paratextos lo presenten como una ‘novela sobre la vida misma’, el libro firmado por el cineasta y aparecido al mismo tiempo que la película no es sino un cuaderno de anotaciones, un diario, el relato fragmentario del deseo de poner en pie una película, el borrador para un guion que no se escribirá, las acotaciones que luego encontrarán o no acomodo en el celuloide. Como ese largo plano que tiene en el libro su versión escrita: “Atraviesan la Plaza Mayor al amanecer, vacía. Vista desde arriba, la plaza adquiere toda su dimensión majestuosa, y en esa escala ellos no son más que unas piezas de Lego, nuestros ilusos”.

“Creo que las películas deben hacerse, de una forma o de otra, y que renunciar a ellas es algo que no debe ocurrir nunca”, escribe Jonás Trueba en Las ilusiones. Autofinanciada, rodada con una cámara anticuada y celuloide caducado, su película, como la Isabel Coixet, de presupuesto reducido, elenco mínimo y escenografía minimalista, son dos muestras de cómo la voluntad de hacer cine termina por sobreponerse a todos los obstáculos posibles. En sus síntesis futuras sobre estos tiempos sombríos los historiadores cinematográficos tal vez encuentren en obras como estas algunos de los trazos definitorios de nuestra época. Esos rasgos distintivos que apenas alcanzamos a vislumbrar hoy, de tan próximos  como estamos.

Publicado en Escuela, 16 mayo 2013

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