Amistades y afectos

 

Un día indeterminado algunos responsables de la mercadotecnia editorial debieron reparar en que el tiempo es breve y el ser humano finito y consintieron que esos libros que volvían a recordarnos la escasez de nuestras lecturas y las dimensiones oceánicas de nuestra ignorancia llevasen en sus portadas alguna referencia explícita a la muerte. Tan raudos en otro tiempo a la hora de dictaminar lo que en un título era capaz de espantar la venta, dejaron que las mesas de las librerías se llenaran de gruesos volúmenes que invitaban a sumergirnos en los cincuenta, en los cien, en los quinientos, en los novecientos noventa y nueve y aun en los mil y un libros que deberíamos leer antes de dejar este mundo. Gruesos volúmenes bien empaquetados. El regalo perfecto que pronto encuentra acomodo eterno en la estantería, a la espera de acompañar a su propietario en su viaje de ultratumba, perdida ya para siempre la razón de ser que declaraba en su título.

Sugiriendo lo mismo que ese memento mori de plastificada cubierta, es preferible el rótulo que el escritor Adolfo García Ortega ha dispuesto en uno de los archivos de su web. Aunque sea con un quinquenio de retraso, se muestra uno dispuesto a seguirle y a acometer esas ‘45 relecturas recomendadas a partir de los 45 años recién cumplidos’. El listado empieza con El Quijote, La Celestina y el Guzmán de Alfarache, pero en seguida da paso a El Danubio, de Claudio Magris; los Diarios de Witold Gombrowicz, o el Ulises, de James Joyce. Clásicos de ayer y hoy que requerirían en más de un caso una lectura, antes que una relectura.

Con ocasión de la tercera salida de su Biblioteca Clásica, Francisco Rico definió a esos libros perennes como aquellos que nunca dejaban de estar en las librerías. Consciente de que se trataba de un dictamen veraz pero insuficiente, añadió otro: “Clásico es el libro que seguimos leyendo aunque no esté de actualidad”. Por más que sea certera, la frase se antoja por debajo del genio de Rico. Puede que no sea una tarea fácil. Italo Calvino necesitó catorce intentos. En el octavo, el autor de Las ciudades invisibles asegura que un clásico es ese libro que suscita un incesante polvillo de discursos críticos, que se sacude continuamente de encima. Los clásicos suelen suscitar un consenso amplio. Pero también dejar hueco a valoraciones personales. “Tu clásico es aquel que no puede serte indiferente y que te sirve para definirte a ti mismo en relación y quizás en contraste con él”, asegura asimismo en ese prontuario de definiciones que es el artículo Por qué leer los clásicos, con el que arranca el libro del mismo título en el que habla de la Odisea, Tirant lo blanc, Robinson Crusoe, Las mil y una noches y tantos otros.

Picaresca internacional

Petrarca, Jordi de Sant Jordi, Ausías March, el Guzmán de Alfarache, don Quijote, Góngora, Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez son algunos de los clásicos de José María Micó (Barcelona, 1961). Catedrático de Literatura en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, traductor y poeta, Micó reúne en Clásicos vividos (El Acantilado) una serie de ensayos, prólogos y artículos en torno a unos autores a los que ha leído, releído, estudiado, editado, comentado, anotado y traducido. Autores, escribe, “que me han distinguido con su amistad y que me gustaría corresponderles con mi afecto”. Así, de Ausías March enfatiza su condición de ‘poeta moderno’ y asegura que el lector que hoy busque la poesía más elevada y más profunda de las letras catalanas, pero quiera comprender también la esencia y las consecuencias de la creación literaria, “debe empezar simplemente por el principio: es decir, por Ausías March”. Más adelante, en otro capítulo, no dejará de subrayar en él su amor efervescente, su capacidad sentenciosa, su complejidad de pensamiento y su confesión angustiada. Sobre el Guzmán de Alfarache, anota algunas diferencias con el Lazarillo y aprecia que a su autor, Mateo Alemán, le interesan poco ciertas verosimilitudes del apócrifo. Tras constatar que con él la picaresca se hace internacional y delictiva, concluye: “A un hijo de la desdicha [Lázaro de Tormes] lo sucede un “hijo del ocio”; a un desarraigado, un desgarrado”.

De un clásico sin discusión como El Quijote, el autor de Clásicos vividos se detiene en los capítulos barceloneses de la obra, estudiados a su tiempo por Martín de Riquer. José María Micó recuerda cómo Cervantes había decidido llevar a su personaje a Zaragoza y cómo el hallazgo del falso Quijote de Avellaneda le movió a enmendar al oculto autor y a encaminar a su personaje hasta Barcelona. Para Micó, este era un destino ineludible, “una suerte de finisterre narrativo y simbólico al que don Quijote no acude solo por despecho, sino por necesidad y vocación”. A la hora de abordar a Juan Ramón Jiménez, admite Micó que si le obligasen a confesar el nombre de sus cinco o seis poetas predilectos antes saldrían de sus labios los de Dante, March, Darío, Neruda, Góngora o Borges. Sin embargo, si tuviese que decidirse por uno solo, entonces afloraría el del autor de La soledad sonora o Diario de un poeta recién casado, de quien recuerda sin detenerse en ello el caso de la carta a Georgina Hübner, la farsa de una supuesta admiradora peruana tras la que se ocultaban dos jóvenes poetas deseosos de conseguir algunos libros suyos inencontrables, y que hasta dar muerte a la falsa seguidora cruzaron con Juan Ramón apasionadas misivas.

En el escaso centenar de páginas, José María Micó habla también del poeta italiano Eugenio Montale -al que Calvino dedica varios textos en Por qué leer los clásicos- y del profesor e historiador de la literatura Vicente Llorens, en un texto que tiene mucho de homenaje. Alineado con los republicanos, Llorens se exilió de España al acabar la guerra civil y ejerció la docencia en universidades de Puerto Rico y Estados Unidos. Tras jubilarse retornó a una incipiente España democrática y se refugió hasta su muerte en 1979 en Jalance (Valencia), destino veraniego de José María Micó desde la niñez. Autor de Liberales y románticos o El exilio español de 1939, su figura implicaba una doble lección para Micó: la del magisterio filológico y la del ejemplo moral. Aunque de niño pasó muchas veces en bicicleta ante la casa de Llorens en Jalance, solo una vez lo vio; pero esa fecha iba a quedar grabada para siempre en la memoria del futuro catedrático. A veces la condición de clásico admite esos caprichos personales. Vicente Llorens, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Ausías March, Petrarca… “Se llama clásicos”, nos dejó dicho también Italo Calvino, “a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos”.

Publicado en Escuela nº 3985 (23 mayo 2013)

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