Un rito de paso

Para reivindicar, frente a la novela, el estatuto específico del relato corto el escritor José María Merino acostumbra a decir que el cuento procede de una iluminación, mientras que el género novelesco constituye un viaje exploratorio. Pero, sobre todo, asegura que nunca el cuento ha de concebirse como un taller, como una escuela de aprendizaje para la novela. Puede que sea así, aunque quizá no sea sencillo encontrar a quien tempranamente atraído por la magia seductora de la narrativa se haya embarcado en las procelosas aguas de lo novelístico sin antes probar sus dotes en mares menos profundos. Un escritor apenas necesita nada más que una hoja de papel o un teclado para empezar a edificar un mundo que se quiere propio. Un cineasta no. El cine es un entramado complejo y caro que requiere de la intervención de mucha gente. En la soledad de su habitación un escritor puede desdeñar la concisión de un cuento y aventurarse en una enfebrecida redacción sin tregua que culmine en una novela de dimensiones heroicas. No arriesgará mucho más que su tiempo y su esfuerzo. Un aprendiz de cineasta que quiera acometer un largometraje sin otras cartas de presentación que un guion tardará bien poco en ser tildado de ingenuo, de iluso, de lunático. En cine el formato breve, el corto, supone la vía imprescindible para el aprendizaje. El rito de paso. La ceremonia de iniciación.

Los directores que hoy se sitúan bajo la pantalla del Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes, y a los que a veces los nervios fragmentan su discurso y embarullan las ideas, no parecen impetuosos jovencitos sin anclaje en la realidad. Se diría más bien que es gente un punto experimentada, que ama el cine y que aspira a ganarse la vida filmando las historias que bullen en su imaginación. Probablemente más de uno trabaje ideando imágenes para banales mensajes publicitarios. O haciendo televisión. O en oficios alejados de todo ello. Pero ahora están en una sala de cine, ante un público que dentro de unos pocos minutos se convertirá en juez de sus obras. Ante él improvisan el relato de cómo un día vislumbraron algo que podía ser una buena idea y que, al cabo del tiempo y de mucho esfuerzo, se ha transfigurado en las pequeñas piezas que el proyector no tardará en convertir en imágenes en movimiento. Hablan de su cortometraje, de las dificultades superadas, de la ayuda recibida por amigos que esa tarde los acompañan en la presentación o que se entremezclan con el público y rugen cuando los títulos de crédito concluyen. En ocasiones es la primera vez que su obra puede verse fuera del ordenador en el que ha ido cobrando forma, y sucede que algunos actores no hayan podido ver aún el resultado de su trabajo. Pero en todas las intervenciones hay una palabra que se repite y que en un tiempo como el de ahora empieza a resultar extraña. En un momento en el que el apoyo de las instituciones a cualquier iniciativa cultural no solo flaquea sino que tiende a la extinción los responsables de estos cinco cortometrajes no han dejado de mostrar su agradecimiento hacia una Comunidad de Madrid que les ha proporcionado un apoyo económico sin el cual las dificultades para poder llegar a un estreno como el de hoy hubieran sido mucho mayores. Tal vez insalvables.

Internet

Cuando cesan los aplausos y se hace el silencio la pantalla se deja ocupar por una imaginación que dispara en todas las direcciones. El terror que espera en el retorno a casa. Un hombre de otro continente cuyo placer nostálgico se esconde en el interior de la rueda de un automóvil llegado desde muy lejos. Un novelista expuesto a sus lectores a través de una webcam. La metáfora de un virus que desde una isla se extendió y contagió al resto del mundo. El ardid de un niño de siete años enamorado de la socorrista. Cinco historias tan solo de la treintena que ha conformado la XV Semana del Cortometraje de la Comunidad de Madrid y que ha extendido su radio de acción a universidades, centros culturales, bibliotecas públicas y hasta a superficies comerciales más allá de la región. Lo más probable es que algunas de estas ficciones que acaban de nacer en la pantalla de un cine emprendan un largo periplo por los muchos festivales que en los más insospechados rincones del mundo todavía se interesan por esta forma breve de cine. Algunas acarrearán premios y más premios, y antes o después casi todas terminarán en el ciberespacio, colgadas para una exhibición ajena a los límites y a las fronteras. “Lo mejor que le puede pasar a un cortometraje es que llegue al mayor número de personas posible, esa debería ser una de las máximas de todo cineasta. Hoy en día la mejor ventana para un corto es Internet”, afirma en una entrevista Daniel Romero, el director de No mires ahí, una de esas treinta obras seleccionadas.

Acaso José María Merino tenga razón, y el cuento no tenga por qué ser la antesala de la novela. Pero pocas dudas caben de que el corto –una chispa, una iluminación, también- no es sino el rito iniciático hacia el largometraje. ‘Pasarse al largo’, abandonar la corta distancia para probarse en la complejidad narrativa del recorrido extenso, es una expresión común a todo cortometrajista y que no deja de oírse esta tarde en el cine del Círculo de Bellas Artes. Por más que la tecnología haya abaratado los costes, el cine sigue siendo un arte complejo y gravoso. Con sus cortos como currículum vitae y tarjeta de presentación algunos lograrán debilitar la resistencia de cualquier productor y acometer su primera película. Si eso ocurre y las velas se inflan de aire y una primera cinta da lugar a otra, el cineasta se olvidará de los cortometrajes o los verá con la nostalgia de los primeros pasos en una ardua andadura en la que nada le será dado y cada película tendrá que ganarse el favor del público. Solo entonces empezará a hacerse un nombre en la industria del cine. Por si ese momento llega, convendrá retener estos: Diego Modino, José Esteban y César Esteban Alenda, Coke Riobóo, Daniel Gil Suárez, Adrián Orr, Álvaro Giménez Sarmiento, Fernando Franco, Jorge Dorado. Ellos son los ganadores de los premios Madrid en corto concedidos en esta XV Semana, y constituyen la semilla del cine futuro.

Publicado en Escuela nº 3.986 (30 mayo 2013)

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