Dos infancias (a propósito de Tomas Tranströmer y José Carlos Llop)

Mallorca

En el fondo de la memoria, alojada en neblinosos receptáculos y necesitada en ocasiones de la probadora confirmación de algún testigo, está la infancia. Puede haber vidas comunes, banales, intercambiables, pero la infancia es única. Ese tiempo inicial ofrece a menudo la huella de impresiones que terminaron por resultar indelebles. Si se fuerza la memoria, creemos haber dado con uno al que convertimos en el recuerdo más antiguo. La remembranza de lo primigenio. Cuando vuelve la vista atrás, Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931) ancla su memoria en el niño de tres años al que alguien le asegura lo importante que es esa edad, porque es a la que uno se hace grande. Eso suscita en él un sentimiento de orgullo que lo convertirá en alguien conscientemente distinto cuando poco después se levante de la cama y camine por la luminosa habitación de aquella casa que abandonará una vez que sus padres se divorcien y se vaya a vivir con su madre.

Tranströmer redacta esas notas cuando ya ha cumplido los sesenta. Con ellas inicia un breve libro de recuerdos que se extenderá hasta los 17 años y que publicará en 1993, cuando ya la afasia resultante del ictus que ha paralizado la mitad derecha del cuerpo le ha privado del habla, aunque no de la capacidad de escribir. El poeta que trabajaría como psicólogo en una cárcel para jóvenes y que en 2011 sería galardonado con el Premio Nobel de Literatura habla en Visión de la memoria (Nórdica) de un abuelo 71 años mayor que él al que siente como su amigo cercano y de una madre maestra de escuela que ama su trabajo, pero a la que la llegada de la jubilación constituye un momento liberatorio. También, de un padre al que ve poco tras la separación, pero que alguna vez lo lleva a almuerzos con compañeros periodistas o le envía divertidas cartas que al pequeño le hubiera gustado leerles a unos compañeros de escuela que, aleccionados por su profesora, evitan recordarle la ausencia paterna.

En la memoria del hombre maduro que escribe, el tiempo no ha hecho desaparecer el recuerdo del día en que se extravió a la salida de un concierto escolar al que había acudido en compañía de su madre. Soltado de la mano protectora, perdido entre la muchedumbre que no repara en su anómala presencia solitaria, el adulto no olvida el pánico del niño –“fue mi primera vivencia de la muerte”- y su decisión de volver solo a casa, en donde con naturalidad y sin dramatismo lo recibiría su abuelo, en ausencia de una madre desesperada que en ese momento pregunta por él en la comisaría. La rememoración tampoco arrincona su interés por los animales disecados del Museo de Historia Natural, ni su afición por el coleccionismo entomológico. De la escuela queda el rastro de una maestra que combina la recompensa de un caramelo con la severidad y los golpes que dirige a todos los alumnos excepto a él, hijo al fin y al cabo de una compañera de gremio. Al niño que en 1940 tiene nueve años Tranströmer lo ve inclinado sobre los mapas de guerra que ofrecen los periódicos y, firme partidario de los aliados, deseoso de que su madre haga ostentación en el tranvía del diario propagandístico que da cuenta de las novedades británicas. Tampoco el tiempo ha logrado borrar la biblioteca en cuyas secciones de Geografía e Historia se adentra con pasión, la prueba de ingreso en la Escuela Secundaria en la que escribe erróneamente una palabra que nunca olvidará, la angustia sobrevenida a los quince años o las primeras tentativas de un joven que, a ojos de su maestro,  compone ininteligibles poemas faltos de minúsculas y de signos de puntuación.

Un verano en Mallorca

La de Tomas Tranströmer es una memoria septentrional, escandinava. La de José Carlos Llop, mediterránea, solar. Llop (Palma, 1956), que cultiva la poesía, el diario, la novela y el artículo de prensa, reincide en el relato memorialístico que supuso En la ciudad sumergida. Con mayor concisión, Solsticio (RBA) se ciñe a un lugar y a una época concreta del año, encarnación del paraíso privado. Cada primero de agosto un Simca de color cereza asomaba por el cuartel de Palma de Mallorca en el que vivían Llop y su familia para trasladarlos hasta la batería militar de Betlem, junto a la bahía de Alcudia. Allí transcurrirían unas vacaciones que en la edad adulta no podían ser recordadas sino como una estancia en la Arcadia. Instalado al final de la cincuentena el autor vuelve sus ojos hacia una niñez en la que, en la España franquista de los años sesenta, se entremezclan los días de playa, una naturaleza primitiva de pitas y algarrobos, una casa sin luz eléctrica, las novelas de Karl May leídas a la hora de la siesta, la compañía cercana del ocioso destacamento militar o las visitas a los mismos lugares de todos los años. La rutina de la felicidad veraniega. “Todos los veranos eran el mismo verano. Todos los mares eran el mismo mar. Nuestra vida era idéntica agosto tras agosto”, apunta. Y, junto a todo ello, el retrato del padre, de la madre, de los amigos de la familia.

Pero los verdaderos paraísos son los paraísos perdidos. La privación del goce resalta su valor. Aquellos veranos de 1961 a 1968 se funden, se condensan en una continuidad que parecía eterna. “Todos se unen en uno solo y es su pérdida y el efecto de repentina congelación del tiempo lo que los distingue de los demás veranos de la vida”, anota José Carlos Llop. Ni él ni sus hermanos tuvieron nunca conciencia de que habría un último verano en el paraíso, en ese “fragmento africano en el Mediterráneo”. Nadie se lo advirtió. El ascenso del padre puso término a esa felicidad. Solsticio es, así, la reconstrucción de una parte de la infancia, la recuperación literaria de un paisaje, de un tiempo clausurado. “Las vivencias más tempranas son en su mayor parte inalcanzables”, sostiene Tomas Tranströmer. La escritura, no obstante, tiene el poder de evocarlas, la capacidad de salir en su búsqueda por lejanas y extraviadas que estén. Aunque esas vivencias nunca regresen como una vez fueron, las palabras nos consuelan de su pérdida.

Publicado en Escuela

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