Zorros en la Feria del Libro

Sin aguardar ni un segundo más, algunos sectores que viven a expensas de la letra impresa han emprendido ya su reconversión. Los quiosqueros son uno de ellos. Donde antaño exhibían revistas, ahora ofrecen botellas de agua, refrescos de sabores y bufandas con nombres de héroes del balompié. Donde antes había coleccionables que encadenaban a los incautos hasta la víspera de la eternidad, hay ahora paraguas para los días de lluvia y gorros para los de sol. Algunos todavía venden periódicos. Al sol de la tarde esos ejemplares semejan lagartos prehistóricos de piel apergaminada. Es posible que los quiosqueros que no han cerrado todavía puedan seguir vendiendo diarios algún tiempo más. Al menos, mientras quede alguna generación educada en el culto a ese frágil soporte que se resiste a darse por vencido. Pero la ley de la vida está en su contra. ¿Alguien conoce a algún menor de 25 o 30 años que en los últimos tiempos se haya acercado hasta un quiosco con la intención de adquirir un periódico? Yo tampoco.
Hay otros sectores que aunque se nutran igualmente de letras de imprenta contarán todavía con una larga temporada por delante para aprovisionarse de género con el que afrontar los nuevos tiempos. Los libreros de viejo, por ejemplo, han de ver con ojos golosos la mercadería que ofrece la Feria del Libro. Tarde o temprano sus establecimientos serán el destino inexorable de todos estos volúmenes que ahora refulgen en las mesas de novedades y en las casetas que estos días se instalan por doquier. Un extraterrestre que estos días aparcase su nave espacial en el Retiro madrileño urgido por la secreta misión de auditar el nivel cultural de los terrícolas constataría una enorme devoción por el papel impreso. El ancho paseo en el que se ubica la Feria del Libro de Madrid se convierte los fines de semana en una riada de gente ávida de libros que no duda en formar largas colas durante horas si se trata de obtener la firma de su escritor favorito. Sucede que a veces ese escritor puede llamarse Antonio Muñoz Molina y haber sido galardonado días atrás con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras; otras, Javier Sierra o María Teresa Campos, y algunas más esconderse bajo un pseudónimo, como Blue Jeans, el autor preferido de muchas niñas de hoy y por el que la reina no dejó de interesarse en su visita anual. La naturaleza de la Feria es esencialmente económica. Su efecto nivelador se comprueba en la caja registradora. Todos los libros son aquí iguales. Suman lo mismo. Antes que otra cosa, importan las ventas. Cualquier autor que despache mucho merece el respeto de libreros y editores.
Confabulación
En ese vendaval de compradores desenfrenados nuestro alienígena vería la confirmación de los resultados perseguidos durante décadas por eximios gobernantes en sucesivas campañas de fomento de la lectura. La confabulación de ministros de cultura, editores, ilustradores y generadores de eslóganes parecería haber dado por fin fruto. Una exposición de carteles recuerda ese ímprobo esfuerzo por hacernos leer. Dada su ubicación extraterritorial, nadie repara en ella. Pero ahí está para hacernos saber que se agotarán antes los libros que la elástica creatividad con la que nos incitan a acercarnos a ellos. La muestra se remonta a 1925, cuando el editor y periodista valenciano Vicente Clavel Andrés propuso al ministro de turno instituir un día dedicado a celebrar la Fiesta del Libro. Desde entonces no han dejado de sucederse las iniciativas para promover la lectura. Una de mis preferidas es la de 1990. La referencia visual era un mono con un libro por montera. La consigna publicitaria, ‘Tú que puedes no te lo pierdas’. La campaña se presentó por todo lo alto –eran otros los tiempos- en uno de los sitios de más alcurnia de Madrid, el lujoso Casino de la calle Alcalá, en donde también se puso en escena el kafkiano monólogo del simio convertido en humano. En uno de los salones de entrada se concibió algo así como una alegoría. Subida a un pedestal una actriz posaba a favor de la literatura con no más indumentaria que la del preciso momento de su venida al mundo. Un novelista que no tardaría en merecer el renombre que todavía lo acompaña no conseguía dar crédito a lo que veía. En el panel de la exposición que corresponde a aquella empresa singular, la presencia del mono se ha minimizado todo lo posible. Parece molestar. A cambio, una ilustración convencional ocupa un espacio a todas luces desmesurado.
Como otras del mismo estilo, la Feria del Libro de Madrid ha sido hasta ahora el paraíso del papel impreso. Una espesura de recuerdos vegetales. El libro electrónico parecía tener vedado el acceso. Su presencia es habitual en el transporte público, principal sala de lectura de muchos, pero no había la sensación de que fuera demasiado querido en esta celebración primaveral. Mientras patrocinadores de épocas más boyantes se quitaban de en medio, la empresa coreana del momento ha tomado el relevo para desplegar su tentadora oferta de tabletas digitales. El negocio editorial se sustenta todavía sobre el papel. Según las encuestas, un 63% de los españoles se confiesa lector de libros. Del porcentaje total el 42,5% afirma haber comprado el último ejemplar leído y otro 21,1% ser el destinatario de un regalo. Un 6,7% lo descargó de Internet, pero solo un 1,6% pagó por él. Junto a la carpa coreana nuestro alienígena también piensa que el zorro ha acampado entre las gallinas y que la escabechina a manos del astuto mamífero cánido es solo cuestión de tiempo. Como algunos quiosqueros ya han hecho, no es descartable que muchos escritores tengan entonces que reconvertirse y buscar nuevas líneas de negocio. Algunos podrán seguir estampando su firma en los libros electrónicos que les acerquen sus lectores. Hay ya aplicaciones que lo permiten. Los libreros de viejo no darán abasto con tanto libro de papel publicado en las últimas décadas. Quizá tampoco le hagan ascos a los que empiecen a llegarles en edición digital. Al fin y al cabo se trata de vender, y en esas circunstancias todo suma.

Publicado en Escuela nº 3.988 (13 junio 2013)

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