El caso Azúa

¿Qué clase de autobiografía es esa en la que el autor se permite escamotear las referencias a su propia vida: a su infancia, juventud o madurez, o a su entorno familiar; que no incluye anécdotas personales que nos lo hagan sentir próximo o ajeno; que rehúye, en suma, la evocación de las vivencias que han dado forma a su existencia? ¿Qué autobiografía digna de tal nombre es aquella de la que, desde el mismo título, está ausente la vida? ¿Quién puede escribir una autobiografía sin vida? Tan solo alguien sobrado de ironía, mordacidad, sarcasmo y grandes dosis de cultura como Félix de Azúa.
En el año 2010 Azúa (Barcelona, 1944) publicó un libro que llevaba por título Autobiografía sin vida. ¿Era un relato autobiográfico? ¿A qué se refería esa vida ausente proclamada desde la cubierta? Partiendo de las pinturas rupestres de la cueva francesa de Chauvet, repasaba los momentos más relevantes de la historia del arte y hablaba a un tiempo de la importancia de las imágenes en su vida. No, no había en él lo que suele entenderse comúnmente como autobiografía. Ahora publica un nuevo volumen en el que reincide en el juego paradójico de aquel título. Si antes fue una inmersión en el mundo plástico que va de las primeras muestras de lo que consideramos arte hasta las prácticas tras las cuales se puede hablar de su acabamiento, Autobiografía de papel es una reflexión sobre el mundo de la cultura impresa más reciente, a partir de su propia experiencia como escritor.
Doctor en Filosofía, hasta su jubilación catedrático de Estética en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Barcelona, director reciente del seminario ‘El ojo que piensa’ del Museo del Prado, Azúa es poeta, ensayista, novelista y acerado escritor en prensa. Desde las primeras líneas del libro el lector queda advertido de que las páginas que siguen no son el discurso de un yo, sino el relato de un caso. Una, asegura, entre las muchas experiencias de quienes comenzaron a escribir “con intenciones artísticas” entre 1960 y 1980. Su primer libro de poemas publicado fue Cepo para nutria y apareció en 1968, pero no sería hasta su inclusión en la antología de los Nueve novísimos poetas españoles de Castellet, fechada en 1970, cuando su nombre empezaría a darse a conocer. En la poética que precedía a aquellos poemas titulados ‘Antes morir que pecar’, ‘Taparrabos’, ‘Romance tecnócrata’ o ‘Memento en la Feria de San Isidro’, se percibe ya el tono característico del Azúa novelista, ensayista o articulista. Baste un ejemplo: “Toda una parte de nuestra poesía actual está convencida de que un poema es un objeto arrojadizo y cuanto más arrojadizo más poético; por el contrario yo creo que lo único arrojadizo son esos poetas”. Por entonces la poesía todavía gozaba de la consideración de arte supremo del lenguaje que le habían otorgado los románticos alemanes. En la definición de Mallarmé el poeta era el que hacía más puras las palabras de la tribu. La novela, nos recuerda Azúa, no tenía una consideración parecida, y las que pudieran aspirar a ello –como las de Joyce, Proust o Kafka-, intentaban alcanzar al género poético desde la prosa. En aquella poesía española que oscilaba entre el fúnebre oficialismo del régimen y el resistencialismo que hacía del género un arma de rechazo al régimen funesto, la súbita aparición de autores como Vázquez Montalbán, Martínez Sarrión, Pere Gimferrer, Vicente Molina Foix, Leopoldo María Panero o el propio Azúa supuso algo parecido a la piedra que no deja de producir ondas al ser lanzada con fuerza y tino a un estanque.
Trayecto intelectual
Autobiografía de papel es el relato de ese trayecto intelectual protagonizado por Félix de Azúa en el campo de la escritura. Vendrían luego nuevos libros de versos, pero en un momento dado le alcanzaría la certeza de que la poesía había dejado de ser ese arte supremo, el género trascendental. La novela tomaría el relevo de la poesía, hasta que también a la narración le llegara el tiempo de dejar de ser un arte mayor. En cada uno de los apartados dedicado a los géneros que ha cultivado, Azúa traza un marco general antes de abordar su propia experiencia. Al hablar de sus novelas surgen referencias que sitúan esos textos en la época concreta y que pueden ayudar al lector que acometa su lectura. Pero no dejan de aparecer nombres capitales en la biografía personal e intelectual de su autor, como el de Rafael Sánchez Ferlosio, pero sobre todo el de Juan Benet. Desde su chalecito de la madrileña calle Pisuerga Benet fue para gente como Azúa, Javier Marías o Vicente Molina algo más que un amigo: una referencia, un auténtico faro. Al igual que había sucedido con la poesía, la decepción se cernió también sobre su idea del género novelístico, lo que le decantó hacia un ensayismo en el que, como en la novela y la poesía, el desencanto tenía sitio preferente. “La decepción y el desencanto”, anota, “se producen cuando las soluciones que nos han servido para sobrevivir en tiempos revueltos se demuestran como la principal causa de que estos tiempos fueran revueltos. O lo que es igual, cuando las esperanzas son nuestro peor enemigo”.
Así pues, según el diagnóstico de Azúa, la poesía ha dejado de tener presencia social, la novela se ha convertido en un negocio mercantil, el ensayo le disputa el espacio a la novela y las nuevas tecnologías han originado tal eclosión del periodismo que lo han convertido en la cultura literaria central de hoy. Internet ha puesto a disposición de todos la posibilidad de difundir ideas o noticias desde cualquier lugar y en cualquier momento. De ese modo el periodismo se habría convertido en el “género ideal de la democracia total y de la cultura de masas”. Bajo su punto de vista, los nuevos medios técnicos no son únicamente un cambio de soporte o una nueva superficie de inscripción. Tras ellos empezaría ya a vislumbrarse la configuración de esa ‘democracia total’ en cuyo inicio estaríamos.
En las últimas líneas queda la promesa de una continuidad. En las primeras, ya había deslizado un origen para el texto que hemos leído, en el metro, como le gustaría que pudiera leerse el libro, o en un cómodo sillón de orejas. Autobiografía de papel es la síntesis escrita –fruto de una “severa intervención quirúrgica”- de un curso impartido en 2009 en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo. Los medios técnicos de esa democracia total nos permiten recuperar a cualquier hora y en cualquier lugar aquellos momentos reservados a unos privilegiados. Si el libro le sabe a poco, puede acudir a YouTube y buscar aquellas charlas. Como el papel tiene sus limitaciones, esos vídeos recuperan al Félix de Azúa en estado más puro. El intelectual que impregna de ironía y humor su vasta cultura y que, por atreverse, hasta se atreve con la imitación de un famoso ministro franquista devenido en demócrata de toda la vida.

Publicado en Escuela nº3.989 (20 junio 2013)

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